CAPITULO 61
ADUANAS DE ALTA FRECUENCIA
HANNAH
El siseo neumático de la puerta de cristal no alcanzó a sellarse, una mano masiva, de dedos largos y puño impecable detuvo la hoja de vidrio en el último milímetro de su recorrido.
Franco D'Santoro entró en mi oficina antes de que yo pudiera dar tres pasos hacia mi trinchera de caoba. Su zancada fluida y depredadora pulverizó el espacio en un pestañeo, obligándome a retroceder de forma involuntaria hasta que la madera maciza del escritorio me golpeó la parte posterior de los muslos. Dejé caer la tableta de aluminio sobre la superficie con un golpe seco.
- Señor D'Santoro, su alarmante incapacidad para respetar el concepto de perímetro privado ya cruzó la línea de la auditoría y entró en el terreno del hostigamiento ejecutivo - solté, con el puente cerebro-boca operando a máxima velocidad de fábrica para ocultar que mi carótida estaba latiendo a un ritmo que rozaba la taquicardia - Marcus y Cristhian ya despejaron el pasillo, su búnker de pantallas inteligentes está a salvo del Sur de Boston y mi madre ya fue dada de baja de su red de fibra óptica. Suélteme el aire, regrese a su suite presidencial a gobernar su imperio feudal y déjeme...
La réplica se me ahogó en la laringe, Franco no usó la diplomacia de Wall Street. Apoyó ambas manos sobre la caoba, a los costados de mis caderas, inclinando su imponente estructura hacia adelante hasta que su pecho rozó mi blusa. El espacio entre los dos colapsó de golpe. Mi rostro terminó suspendido, otra vez, a escasos dos centímetros de su boca.
El ambiente regulado a veintidós grados fue incinerado instantáneamente por una ráfaga de ozono, cedro y ese calor animal denso, posesivo y sofocante que me licuaba las conexiones lógicas. Sus ojos oscuros ya no titilaban, ardían en un oro líquido absoluto que me fijó las pupilas avellana contra las suyas, devorándome los filtros con una parsimonia aterradora.
- Ayer me ordenaste que te hablara de frente SanMiguel - susurró él. Su voz barítona bajó a un registro tan áspero, rudo y denso que los clips metálicos del escritorio emitieron un leve tintineo contra el portalápices - Hace cinco minutos me tomaste de la solapa frente a mi manada para exigirme que guardara los colmillos y me mantuviera al margen de tu liquidación. Tienes una audacia que roza el suicidio corporativo, Hannah me pones límites detrás de esta puerta pero tu cuerpo sigue temblando bajo mis términos cada vez que recorto la distancia mínima. No vas a usar tus manuales de etiqueta para reclamar el control de este espacio ahora que estamos solos. Mi lobo sigue escuchando el galope desbocado de tu corazón y dudo mucho que tus matemáticas tengan una variable para explicar por qué no te estás alejando de mí en este preciso segundo.
La presión barométrica de su naturaleza me estaba apretando las costillas pero la mención de mi supuesta sumisión biológica fue el detonante que mi orgullo necesitaba para reventar los fusibles. El sarcasmo acumulado del martes explotó de golpe, libre de cualquier aduana o control de calidad de recursos humanos.
- ¡Oh, disculpe, su alteza real de los sectores oscuros, lamento muchísimo haberle arruinado su despliegue de testosterona feudal frente al personal de limpieza! - le grité en un susurro furioso, recortando el último milímetro de espacio, plantando mis manos directamente sobre la tela negra de su camisa para empujarlo con una rigidez que no disimulaba el temblor de mis dedos - Le tengo una maldita noticia de mercado que su ego de alfa parece ser incapaz de procesar: ¡Yo solo trabajo para usted, señor D'Santoro! ¡Eso es lo que dice el contrato laboral! ¡Eso es lo que cubre mi bono por manejo de crisis biológicas! A mí me pagan por leer las letras pequeñas de la páginas no por ser la variable mística de su animal interno, ni el satélite de su Luna y mucho menos el trofeo de su santuario de millones de dólares.
Apreté los puños contra su pecho, sintiendo el latido poderoso y acelerado de su propio corazón golpeando contra mis palmas con la misma urgencia salvaje que el mío.
- Mi boca carece de aduanas porque mi cerebro funciona con matemáticas reales, no con imperativos genéticos de National Geographic - continué, derrochando una ironía letal a un centímetro de sus labios - Si usted cree que porque me compró un pantalón de sastre y me defendió de un contador mediocre en un restaurante tiene el derecho de propiedad intelectual sobre mi respiración y de arrastrarme por el piso veinticinco cada vez que sus celos corporativos sufren un cortocircuito, le sugiero que busque a otra analista que sea lo suficientemente dócil como para dejarse empastillar por su arrogancia. Yo soy La tormenta SanMiguel, Franco. Así que vaya retirando este círculo de acero de mis caderas, regrese a su suite a contar sus acciones y déjeme revisar los pasivos de Arthur Pendelton antes de que decida que su proximidad física es una soberana estupidez corporativa para mi balance de rentabilidad del martes. ¡Suélteme ya!
FRANCO
Un rugido sordo, una vibración de pura, indómita y posesiva victoria territorial explotó desde lo más profundo de mi garganta, haciendo que el cristal de la puerta emitiera un zumbido violento que sacudió la estática de la oficina. Mi lobo dio un vuelco de absoluta demencia dentro de mi consciencia, enseñando los colmillos en el umbral de mi mente, completamente desbocado por el impacto de su embestida.
El aroma de Hannah no desprendía miedo, ni sumisión, ni el rastro rancio de la sumisión forzada que las lobas puras mostraban ante el alfa, el habitáculo estaba inundado por una fragancia ardiente, letal y concentrada a puro orgullo, fuego y a una falta patológica de filtros que me resultó insultantemente atractiva. La humana me estaba gritando mi propio nombre de pila a un centímetro de mis colmillos, empujando mi pecho con sus manos delgadas mientras usaba su ironía para levantar una trinchera contra la física biológica que nos estaba consumiendo las solapas.