El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 62

LA PROXIMIDAD DEL RIESGO

HANNAH

El puente cerebro-boca todavía estaba calculando la trayectoria de mi último exabrupto cuando Franco D’Santoro decidió que las aduanas de mi oficina no se cerraban con un beso, sino con una demostración absoluta de control de procesos.

No me empujó contra el cristal, ni intentó demoler la barricada que mis manos formaban sobre su camisa negra. En su lugar, aflojó la presión sobre mis muñecas con una parsimonia insultante, deslizó su mano masiva hacia mi cintura y de un solo movimiento fluido que ignoró olímpicamente mis leyes de la gravedad humana, me apartó del escritorio de caoba.

  • Tu tiempo de insurgencia verbal por hoy se ha agotado, SanMiguel - sentenció él y su barítono pausado cayó sobre el ambiente como una losa de concreto - Muévete al sillón.
  • ¿Cómo dice? Mire, señor D'Santoro, mi contrato especifica que soy la Directora de Riesgo Global, no su pasante de asistencia personal para que me ande moviendo por el mobiliario según le dicte su radar territorial - solté, intentando clavar los tacones en la alfombra pero la tracción de su brazo me arrastró directo hacia el sofá de cuero negro que ocupaba el lateral de la oficina.

Franco no se limitó a indicarme el asiento. Se sentó primero, acomodando su imponente estructura en el centro del cuero con una calma gélida y luego, con un sutil tirón que me licuó los filtros de la prudencia, me obligó a sentarme exactamente a su lado.

Y cuando digo a su lado, me refiero a que los estrictos términos de proximidad del alfa implicaban que mi hombro izquierdo quedó firmemente presionado contra el suyo y que mi blusa absorbía el calor y el olor a ozono que su cuerpo desprendía con la fuerza de un radiador industrial. Abrió su tableta corporativa, proyectando el entramado de activos de Arthur Pendelton en el aire frente a nosotros a través de la interfaz holográfica, y la colocó sobre mis rodillas, obligándome a sostener el aluminio.

  • Sostén el dispositivo, Hannah - ordenó, inclinándose sutilmente sobre mi hombro para apuntar a la primera columna de números, reduciendo la distancia entre nuestras bocas a un centímetro de estática peligrosa - Revisa las cuentas de compensación del Sur de Boston. Tienes dos horas antes de que el comité de auditoría exija el cierre del balance del trimestre. Y guarda el sarcasmo, tu productividad ya está bajo observación.
  • ¡Esto es una soberana estupidez corporativa y un secuestro laboral con agravante de asfixia biológica! - exclamé en un susurro histérico, acomodándome la tableta con un golpe seco de mis dedos torpes, negándome a mirar la fijeza dorada de sus pupilas oscuras - ¿Cómo se supone que voy a concentrarme en las fluctuaciones de Wall Street si tengo a un depredador de seis toneladas pegado a mi sistema nervioso como si fuera mi sombra fiscal? Sus métodos de gestión de personal rozan el feudalismo interbancario. En cualquier empresa normal, el director ejecutivo mantiene una distancia de seguridad regulada por el sentido común, no se sienta a respirarle en la oreja a sus auditores para comprobar si sus neurotransmisores están dóciles. Si un solo clip se cae de este escritorio por culpa de su estática territorial, le juro que voy a cobrarle un bono por manejo de crisis biológicas que le va a desangrar el fondo de reserva de la firma. ¡Es que no tiene filtros, de verdad! ¡Es biológicamente incapaz de entender lo que significa el espacio personal!

FRANCO

El despacho se llenó instantáneamente con el torrente de su indignación pero mi lobo, lejos de encenderse en una furia soltó un ronroneo sordo, profundo y dominante que me sacudió las costillas bajo el traje gris. El aroma de Hannah era un laberinto adictivo, la fragancia dulce a lluvia limpia y el orgullo ardiente de su victoria en la Bolsa seguían allí, pero ahora venían acompañados por el calor abrasador de su turbación, un pulso frenético que delataba la traición de su cuerpo a escasos milímetros de mi mandíbula.

Escuché cada una de sus quejas. Criticó mi proximidad, catalogó mi presencia como un secuestro laboral y amenazó mis fondos de reserva con un inventario completo de mis faltas de diplomacia humana. Su boca seguía disparando ráfagas de ironía letal mientras sus dedos delgados, rígidos por la agitación, se movían con una precisión matemática impecable sobre los gráficos holográficos, estabilizando las cuentas de Arthur Pendelton a una velocidad que mis analistas de Harvard jamás habrían logrado en una semana de conferencias.

Apoyé el brazo sobre el respaldo del sillón de cuero, justo detrás de sus hombros arruinados, acorralándola sutilmente contra mi costado sin llegar a romper el sello de nuestra piel. Me tomé mi tiempo para observarla de reojo, saboreando el perfil de su rostro empapado de terquedad avellana.

Y por primera vez en toda la jornada, una pregunta genuina, silenciosa y extrañamente humana cruzó la superficie de mi consciencia, haciendo que mi lobo detuviera su reclamo territorial un segundo.

¿Por qué trabaja para mí?

A ver. Esta mujer había pasado los últimos años dinamitando su propia estabilidad económica, empapelando pasillos universitarios, hackeando sistemas municipales y dejándose escoltar por guardias de seguridad con tal de no venderle humo al sistema. Odiaba el control corporativo. Detestaba a los tiranos de Wall Street. Y su madre le había ofrecido un escape dócil y seguro en una provincia donde sus matemáticas habrían pasado desapercibidas para el resto de los sectores oscuros. Sin embargo, aquí estaba. Sentada en mi suite, vistiendo mi ropa, desafiando mi comando de alfa a un centímetro de mis colmillos y salvando mi imperio de una estafa de cuarenta millones de dólares mientras se quejaba de mis métodos de National Geographic.

No estaba aquí por los millones, ni por el sastre gris que Marcus le había conseguido. Estaba aquí porque su mente letal y su camión sin frenos necesitaban un ecosistema que fuera lo suficientemente grande, peligroso y salvaje como para no romperse con el primer impacto de su honestidad brutal. Necesitaba al depredador, de la misma forma en que mi animal la necesitaba a ella para no aburrirse en la cúspide de la Costa Este.

  • Tus matemáticas siguen siendo perfectas a pesar de tus quejas sobre mi feudalismo, SanMiguel - le dije, bajando la voz a un susurro denso, áspero, que hizo que el cuero del sillón emitiera un leve crujido bajo nuestro peso combinado - Deberías dejar de calcular el riesgo de mi proximidad y empezar a asimilar la realidad de la ecuación. Te quejas de mis métodos, me llamas monstruo y amenazas mi control de impulsos en cada párrafo, pero sigues tecleando en mi terminal alfa y sigues blindando mis activos con tu propio orgullo. Admítelo de una vez, camión sin frenos: trabajas para mí porque este es el único territorio de la ciudad donde tu boca sin aduanas no es un pasivo que deba ser empastillado, sino la única ley de riesgo que mi imperio está dispuesto a ejecutar. Ahora, mueve el cursor hacia el nodo secundario y déjame ver el balance neto de tu rentabilidad antes de que decida que tu parloteo necesita otra tregua de cinco minutos en mi cama esta noche




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