LA PROXIMIDAD DEL RIESGO
HANNAH
El puente cerebro-boca todavía estaba calculando la trayectoria de mi último exabrupto cuando Franco D’Santoro decidió que las aduanas de mi oficina no se cerraban con un beso, sino con una demostración absoluta de control de procesos.
No me empujó contra el cristal, ni intentó demoler la barricada que mis manos formaban sobre su camisa negra. En su lugar, aflojó la presión sobre mis muñecas con una parsimonia insultante, deslizó su mano masiva hacia mi cintura y de un solo movimiento fluido que ignoró olímpicamente mis leyes de la gravedad humana, me apartó del escritorio de caoba.
Franco no se limitó a indicarme el asiento. Se sentó primero, acomodando su imponente estructura en el centro del cuero con una calma gélida y luego, con un sutil tirón que me licuó los filtros de la prudencia, me obligó a sentarme exactamente a su lado.
Y cuando digo a su lado, me refiero a que los estrictos términos de proximidad del alfa implicaban que mi hombro izquierdo quedó firmemente presionado contra el suyo y que mi blusa absorbía el calor y el olor a ozono que su cuerpo desprendía con la fuerza de un radiador industrial. Abrió su tableta corporativa, proyectando el entramado de activos de Arthur Pendelton en el aire frente a nosotros a través de la interfaz holográfica, y la colocó sobre mis rodillas, obligándome a sostener el aluminio.
FRANCO
El despacho se llenó instantáneamente con el torrente de su indignación pero mi lobo, lejos de encenderse en una furia soltó un ronroneo sordo, profundo y dominante que me sacudió las costillas bajo el traje gris. El aroma de Hannah era un laberinto adictivo, la fragancia dulce a lluvia limpia y el orgullo ardiente de su victoria en la Bolsa seguían allí, pero ahora venían acompañados por el calor abrasador de su turbación, un pulso frenético que delataba la traición de su cuerpo a escasos milímetros de mi mandíbula.
Escuché cada una de sus quejas. Criticó mi proximidad, catalogó mi presencia como un secuestro laboral y amenazó mis fondos de reserva con un inventario completo de mis faltas de diplomacia humana. Su boca seguía disparando ráfagas de ironía letal mientras sus dedos delgados, rígidos por la agitación, se movían con una precisión matemática impecable sobre los gráficos holográficos, estabilizando las cuentas de Arthur Pendelton a una velocidad que mis analistas de Harvard jamás habrían logrado en una semana de conferencias.
Apoyé el brazo sobre el respaldo del sillón de cuero, justo detrás de sus hombros arruinados, acorralándola sutilmente contra mi costado sin llegar a romper el sello de nuestra piel. Me tomé mi tiempo para observarla de reojo, saboreando el perfil de su rostro empapado de terquedad avellana.
Y por primera vez en toda la jornada, una pregunta genuina, silenciosa y extrañamente humana cruzó la superficie de mi consciencia, haciendo que mi lobo detuviera su reclamo territorial un segundo.
¿Por qué trabaja para mí?
A ver. Esta mujer había pasado los últimos años dinamitando su propia estabilidad económica, empapelando pasillos universitarios, hackeando sistemas municipales y dejándose escoltar por guardias de seguridad con tal de no venderle humo al sistema. Odiaba el control corporativo. Detestaba a los tiranos de Wall Street. Y su madre le había ofrecido un escape dócil y seguro en una provincia donde sus matemáticas habrían pasado desapercibidas para el resto de los sectores oscuros. Sin embargo, aquí estaba. Sentada en mi suite, vistiendo mi ropa, desafiando mi comando de alfa a un centímetro de mis colmillos y salvando mi imperio de una estafa de cuarenta millones de dólares mientras se quejaba de mis métodos de National Geographic.
No estaba aquí por los millones, ni por el sastre gris que Marcus le había conseguido. Estaba aquí porque su mente letal y su camión sin frenos necesitaban un ecosistema que fuera lo suficientemente grande, peligroso y salvaje como para no romperse con el primer impacto de su honestidad brutal. Necesitaba al depredador, de la misma forma en que mi animal la necesitaba a ella para no aburrirse en la cúspide de la Costa Este.
#2333 en Novela romántica
#423 en Fantasía
#255 en Personajes sobrenaturales
jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 18.09.2026