EL COSTE DEL SINCERAMIENTO
HANNAH
El puente cerebro-boca se me trancó en la garganta durante un microsegundo pero mis dedos no dejaron de deslizarse por la tableta, estabilizando los nodos financieros del Sur de Boston con una precisión robótica. Escuchar a Franco D'Santoro soltar ese análisis pseudoantropológico sobre por qué yo había decidido firmar su contrato fue como leer un informe de auditoría mal enfocado tenía buenos datos, pero las conclusiones eran una soberana estupidez corporativa.
¿Que yo estaba aquí porque necesitaba un ecosistema salvaje? ¿Porque su jaula de oro era el único lugar que no rompía mi honestidad brutal? Menuda forma de maquillar la realidad con filosofía de lobo alfa de Wall Street.
Me acomodé la blusa con un movimiento brusco, hundiéndome deliberadamente en el sillón de cuero permitiendo que mi hombro izquierdo chocara contra el suyo con una rigidez que pretendía marcar una distancia que la física de la habitación ya había destruido. Le di un vistazo de reojo a la fijeza dorada de sus pupilas oscuras y decidí que la mejor manera de responder a su momento de profundidad mística era vaciarle un balde de mi sarcasmo más destructivo directo en su ego multimillonario.
Hice una pausa dramática, dándole un golpecito con el dedo al aluminio de la tableta antes de volver a mirarlo con una insolencia que carecía de cualquier aduana de recursos humanos.
FRANCO
El aroma de la oficina colapsó en un microsegundo y el sutil ronroneo de mi lobo se apagó de golpe, sustituido por una ráfaga de estática puramente agresiva que me recorrió la columna vertebral.
La fragancia dulce a lluvia limpia y agitación biológica que Hannah había estado desprendiendo en el sillón fue sepultada instantáneamente por el olor agrio, cortante y abrasador de su insolencia. El camión sin frenos acababa de embestir mi pregunta sincera con un inventario insultante de tecnicismos financieros, reduciendo el reclamo biológico de mi naturaleza y el santuario de mi cama a una simple transacción de cuenta corriente para pagar la renta de un departamento de los suburbios. Me llamó poeta salvaje. Redujo mi imperativo genético a una oferta de empleo por necesidad y me arrojó su maldito saldo de trescientos dólares a la cara como si yo fuera un simple contratista del ayuntamiento.
La paciencia ejecutiva que había estado manteniendo durante todo el martes se pulverizó por completo. Mi lobo dio una violenta dentellada en el fondo de mi consciencia, perdiendo el control.
Con un movimiento fluido, masivo y depredador que ignoró cualquier rastro de decoro de oficina, le arranqué la tableta de aluminio de las manos de un solo manotazo, enviando el dispositivo a volar por el aire hasta que se estrelló contra el escritorio de caoba con un golpe seco. No le di tiempo de reaccionar, atrapé sus dos muñecas con mis dedos en una prensa de acero, inmovilizándola contra el respaldo de piel del sillón y me incliné sobre ella hasta que mi pecho aplastó por completo su blusa.
La distancia mínima desapareció. Mis labios terminaron a un milímetro de los suyos, exhalando un aire caliente, espeso y cargado de una furia de alfa tan barométrica que el cristal esmerilado de la puerta emitió un crujido violento. El fuego dorado de mis pupilas se encendió en un oro absoluto, líquido y salvaje que no disimulaba el menor rastro de civilización.
Apreté el agarre en sus muñecas, fijando su estructura menuda contra el cuero, sintiendo el calor abrasador que su propio bochorno y su pulso acelerado estaban liberando en mi pecho.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 18.09.2026