El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 63

EL COSTE DEL SINCERAMIENTO

HANNAH

El puente cerebro-boca se me trancó en la garganta durante un microsegundo pero mis dedos no dejaron de deslizarse por la tableta, estabilizando los nodos financieros del Sur de Boston con una precisión robótica. Escuchar a Franco D'Santoro soltar ese análisis pseudoantropológico sobre por qué yo había decidido firmar su contrato fue como leer un informe de auditoría mal enfocado tenía buenos datos, pero las conclusiones eran una soberana estupidez corporativa.

¿Que yo estaba aquí porque necesitaba un ecosistema salvaje? ¿Porque su jaula de oro era el único lugar que no rompía mi honestidad brutal? Menuda forma de maquillar la realidad con filosofía de lobo alfa de Wall Street.

Me acomodé la blusa con un movimiento brusco, hundiéndome deliberadamente en el sillón de cuero permitiendo que mi hombro izquierdo chocara contra el suyo con una rigidez que pretendía marcar una distancia que la física de la habitación ya había destruido. Le di un vistazo de reojo a la fijeza dorada de sus pupilas oscuras y decidí que la mejor manera de responder a su momento de profundidad mística era vaciarle un balde de mi sarcasmo más destructivo directo en su ego multimillonario.

  • ¡Vaya, pero qué epifanía tan conmovedora, señor D'Santoro! - solté, arrastrando las palabras con una ironía tan afilada que casi corta la interfaz holográfica que flotaba entre nosotros - De verdad, deje que me seque las lágrimas de la emoción ante su perfil psicológico. Qué nivel de introspección lupina, me tiene completamente conmovida.

Hice una pausa dramática, dándole un golpecito con el dedo al aluminio de la tableta antes de volver a mirarlo con una insolencia que carecía de cualquier aduana de recursos humanos.

  • Mire, genio de las finanzas y la poesía salvaje, vamos a bajar sus teorías de National Geographic a la cruda realidad del mercado. Yo no firmé su contrato porque estuviera buscando un "alfa depredador" que tolerara mi falta de filtros o que me salvara de ser empastillada en mi provincia. Firmé ese maldito papel porque mi saldo bancario era de trescientos dólares netos, mi tarjeta de crédito estaba al límite por el depósito de un departamento de treinta metros cuadrados en Boston y su suero térmico volcánico me provocó una crisis de hipotermia que mi economía no habría podido financiar en la sala de urgencias. Trabajo para usted por la misma variable aburrida y pedestre por la que trabaja el noventa y nueve por ciento de los humanos de este país, señor D'Santoro, por dinero. Por un bono de manejo de crisis que pague mi renta y porque su coche era la única opción que me quedaba para no terminar durmiendo en un banco del metro bajo la llovizna. Así que guarde su discurso sobre mi mente letal y su territorio sagrado en su suite presidencial, porque a mí las letras pequeñas me gustan sin empaques de oro místico. Estoy aquí por las matemáticas de mi cuenta corriente, no por el tamaño de sus colmillos. ¿Le quedó claro el balance neto o prefiere que le haga una gráfica de barras sobre mi necesidad de pagar la luz?

FRANCO

El aroma de la oficina colapsó en un microsegundo y el sutil ronroneo de mi lobo se apagó de golpe, sustituido por una ráfaga de estática puramente agresiva que me recorrió la columna vertebral.

La fragancia dulce a lluvia limpia y agitación biológica que Hannah había estado desprendiendo en el sillón fue sepultada instantáneamente por el olor agrio, cortante y abrasador de su insolencia. El camión sin frenos acababa de embestir mi pregunta sincera con un inventario insultante de tecnicismos financieros, reduciendo el reclamo biológico de mi naturaleza y el santuario de mi cama a una simple transacción de cuenta corriente para pagar la renta de un departamento de los suburbios. Me llamó poeta salvaje. Redujo mi imperativo genético a una oferta de empleo por necesidad y me arrojó su maldito saldo de trescientos dólares a la cara como si yo fuera un simple contratista del ayuntamiento.

La paciencia ejecutiva que había estado manteniendo durante todo el martes se pulverizó por completo. Mi lobo dio una violenta dentellada en el fondo de mi consciencia, perdiendo el control.

Con un movimiento fluido, masivo y depredador que ignoró cualquier rastro de decoro de oficina, le arranqué la tableta de aluminio de las manos de un solo manotazo, enviando el dispositivo a volar por el aire hasta que se estrelló contra el escritorio de caoba con un golpe seco. No le di tiempo de reaccionar, atrapé sus dos muñecas con mis dedos en una prensa de acero, inmovilizándola contra el respaldo de piel del sillón y me incliné sobre ella hasta que mi pecho aplastó por completo su blusa.

La distancia mínima desapareció. Mis labios terminaron a un milímetro de los suyos, exhalando un aire caliente, espeso y cargado de una furia de alfa tan barométrica que el cristal esmerilado de la puerta emitió un crujido violento. El fuego dorado de mis pupilas se encendió en un oro absoluto, líquido y salvaje que no disimulaba el menor rastro de civilización.

  • Se te terminaron las matemáticas de la cuenta corriente, Hannah Abigail - le gruñí, y mi voz bajó a un barítono tan áspero, rudo y denso que su carótida dio un vuelco desbocado, golpeando mis oídos con una frecuencia frenética que delató su pánico biológico inmediato - Vuelve a usar esa lengua letal tuya para reducir lo que pasó en mi cama a una maldita factura de la luz y te juro que la próxima aduana que vas a tener que pagar no va a ser con la junta directiva de esta firma. Estoy harto de tus manuales de etiqueta humana y tus trincheras de ironía contable.

Apreté el agarre en sus muñecas, fijando su estructura menuda contra el cuero, sintiendo el calor abrasador que su propio bochorno y su pulso acelerado estaban liberando en mi pecho.

  • No estás aquí por trescientos dólares y lo sabes perfectamente - sentencié, enseñando los colmillos en una mueca salvaje que rozó la comisura de su boca con la fuerza de una amenaza irrevocable - Estás aquí porque tu sangre reconoció la mía en mitad de la tormenta, porque tu cuerpo no miente aunque tu boca sin filtros intente maquillar la ecuación con gráficas de barras y porque eres mía de forma biológica desde el segundo en que pisaste mi alfombra. No me vuelvas a hablar de transacciones aburridas en mi territorio. El cronómetro se rompió ahora, mírame a los ojos sin tus malditas aduanas de oficina y dime otra vez que solo te importan los millones de mi contrato antes de que mi lobo decida liquidar tu orgullo de forma física en este sillón.




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