El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 65

EL CONTRAGOLPE INDEPENDIENTE

HANNAH

El siseo de la puerta de cristal al cerrarse detrás de Franco sonó a libertad provisional pero el aire de mi oficina seguía cargado de un ozono espeso que me hacía arder la garganta. Me quedé inmóvil en el sillón de cuero durante exactamente quince segundos, escuchando el eco de mi propio corazón desbocado y procesando su última y arrogante sentencia, "Voy a regresar a esta oficina a cerrar el balance de tu orgullo".

  • ¿Ah, sí? Pues vas a tener que auditar un espacio vacío, vaquero de Wall Street - susurré, enderezándome de un solo impulso.

El puente cerebro-boca se reinició con una inyección de pura testarudez humana. "¿Esperar en el sillón?" "¿No moverme?" Franco D'Santoro pensaba que por tener pupilas doradas y un blindado de seis toneladas podía dictar mis leyes de la física y confinarme en su oficina como si fuera un activo en cuarentena. Se había olvidado de un detalle matemático crucial, yo era la Directora de Riesgo Global, no su Luna dócil y el camión sin frenos no se quedaba estacionado esperando la ejecución.

Caminé hacia el escritorio, recogí la tableta de aluminio del suelo que milagrosamente había sobrevivido al impacto de su rabieta de alfa y me senté frente a la pantalla inteligente de la pared. Si el consorcio europeo creía que podía retener las cuentas de fideicomiso en Nueva York para vengarse de mi auditoría de la mañana, les iba a demostrar que las aduanas de la Tormenta SanMiguel no se cerraban con un arbitraje restringido.

Mis dedos se convirtieron en un borrón de alta frecuencia sobre el teclado digital. No usé el protocolo restringido de la firma de Franco, entré por la puerta trasera del sistema usando el mismo software de infiltración con el que había saboteado el aire acondicionado del ayuntamiento a los dieciséis años.

En menos de diez minutos, me colé en los servidores centrales del consorcio en Fráncfort. Crucé sus cortafuegos sin dejar rastro, localicé la orden de retención de fondos y apliqué un algoritmo de contrapartida cruzada. No solo liberé la cuenta de fideicomiso de D'Santoro Enterprises, utilicé las mismas lagunas legales de su contrato modificado para indexar un recargo del cinco por ciento por mora y riesgo de liquidez internacional sobre los activos que los europeos tenían depositados en Boston.

La pantalla emitió un destello verde. Fondos liberados. Penalización ejecutada. Capital de trabajo restablecido. Los socios extranjeros acababan de perder otros dos millones de dólares por intentar jugar a las vencidas con mis números en la suite principal.

Cerré la terminal de nivel alfa de un solo golpe, guardé mi tableta en el bolso y me acomodé el cachemira de la blusa. El martes laboral había terminado para mí.

FRANCO

La reunión de arbitraje en la suite presidencial había sido un ejercicio aburrido de sumisión forzada. Los socios europeos habían intentado usar sus tecnicismos legales para dilatar el proceso pero la presión barométrica de mi naturaleza y los colmillos que Marcus desplegó en la mesa los obligaron a capitular antes de que el mercado de Londres cerrara sus operaciones nocturnos.

Sin embargo, el aroma a victoria corporativa en mi pasillo se agrió en un par de segundos cuando mi lóbulo olfativo registró una alteración drástica proveniente de la oficina de Hannah. No era miedo, ni agitación biológica, era esa fragancia ardiente a fuego, orgullo y a una autosuficiencia absoluta que me crispó los nervios.

Empujé las puertas de cristal esmerilado de par en par, entrando al despacho con una zancada rápida y depredadora, con Marcus pisándome los talones.

  • Jefe, el sistema de fideicomiso acaba... - Cristhian se detuvo en seco, con la boca a medio abrir, mirando la pantalla inteligente de la pared que mostraba las cuentas en un verde impecable y una penalización del cinco por ciento ejecutada contra Fráncfort.

Hannah estaba de pie junto al escritorio con el bolso colgado al hombro y sosteniendo su taza de cerámica negra con la frase en letras neón. No tenía un sastre arruinado ni mechones húmedos en la cara. Se veía impecable con el mentón en alto y una insolencia que desafió el oro absoluto que volvió a encenderse en mis pupilas oscuras ante su flagrante desacato a mi orden de no moverse.

  • De nada, señor D’Santoro - soltó Hannah, arrastrando las palabras con una altanería letal que carecía de cualquier aduana de recursos humanos.

Esbozó una sonrisa torcida, amarga y cargada de una autosuficiencia insultante que hizo que mi lobo diera un vuelco salvaje, furioso y desbocado dentro de mi pecho.

  • Liberé su fideicomiso, ejecuté una penalización por mora internacional contra sus socios de la vieja Europa y restablecí el capital operativo de sus subsidiarias - continuó, acomodándose los tacones profesionales con una parsimonia que me tensó los músculos del estómago - Considero que con eso mi balance de productividad del día cubre con creces el bono de manejo de crisis biológicas y el coste del sastre gris.

Dio un paso al frente, recortando la distancia con una fluidez que me obligó a endurecer la postura bajo el traje gris, pasando por mi costado hacia el umbral de la puerta donde Brandon seguía congelado por el shock contable.

  • Ahora, si me disculpan, el camión sin frenos va a regresar a su departamento de treinta metros cuadrados - añadió, lanzándome una última mirada de reojo cargada de una ironía destructiva a escasos centímetros de mi boca - Muchas gracias por su hospitalidad térmica, su cama de seda y su suero volcánico, señor D'Santoro, pero prefiero pagar la luz de mi trinchera humana antes de quedarme a cerrar balances físicos en su sillón de cuero. Su aduana financiera se queda sin saldo por el resto del trimestre. Marcus, abre el ascensor privado. Me largo.




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