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La pequeña casa de la Sacerdotisa Principal quedó sumida en un silencio sepulcral, el aire aún vibraba con la furia de la Reina Viviana. Su vestido de seda ondeaba como alas de furia, y sus manos, apoyadas en la mesa, temblaban ligeramente. Thalía y los gemelos ya se habían ido, pero su sombra aún mordía el aire.
—¡Es inaceptable! —sibiló Viviana, su voz como un látigo, al General Valerius, su sombra de piedra en el umbral—. ¿Cómo se atreven a desafiarme de esta manera?
Valerius se acercó, su rostro una máscara de serenidad, pero sus ojos brillaban con un destello de malicia. —El poder de la Sacerdotisa Principal es un fuego, Majestad. Su mandato es la ley del Templo.
—¡No por mucho tiempo! —rugió la Reina, golpeando la mesa con un golpe seco que hizo temblar los objetos—. Esos híbridos son una amenaza. Samanta casi destruyó el orden del reino en tiempos de mis ancestros, al desafiar las normas y leyes de mis padres. Se alió con los Lobos, seres que casi caen en manos de los humanos. Ahora sus nietos están aquí, reclamando un linaje de Sacerdotes.
Valerius asintió con una sonrisa afilada, su voz llena de desprecio. —Su sangre es poderosa, Majestad. El ritual los aprobó. Si se entrenan, serán imparables.
—Por eso deben ser detenidos antes de que su poder crezca —declaró Viviana, sus ojos ardiendo con un fuego letal—. La gente de Aetherium tiembla ante los lobos. Usaremos ese miedo. La Sacerdotisa Thalía los ha escudado en el Templo… No podemos atacarlos abiertamente, pero podemos persuadir a Thalía hasta que los exponga ante todos los ciudadanos.
La Reina se reclinó, acariciando el borde de la mesa con un dedo anillado, la calma envolviendo su voz como un manto de veneno. —Mañana celebramos las pruebas de disciplina en el Coliseo. Haz correr la voz, Valerius. Invita a más de tres voluntarios de cada pueblo: vampiros, elfos, hadas… todas las criaturas con magia deben venir.
—Sí, mi señora —Valerius inclinó la cabeza, una sombra aprobadora cruzando su rostro—. ¿Y qué hay de los jóvenes intrusos?
La Reina sonrió, una sonrisa cruel. —Debes inventar una historia creíble, Valerius: los jóvenes intrusos también deben asistir y demostrar su lealtad ante Aetherium. Con magia y disciplina pura, no deben dejar salir al monstruo… al lobo. Si lo hacen, perderán.
Valerius asintió, anotando todo en un pergamino. —Ya entendí, mi Reina. Usted necesita una prueba que exija control total. Ambos jóvenes son lobos… si pierden el control, se convertirán en un horrible animal ante la ciudadela. El miedo hará el resto: fuera de la isla, para siempre.
La Reina se levantó de la silla, su voz cortante. —Correcto, mi querido Valerius. Vamos a mi oficina. Prepara todo. Esta misma noche, cada pueblo recibirá la invitación para la competencia de mañana.
Mientras la conspiración se tejía, Albeiro y Andreina eran escoltados a los aposentos del Templo, un ala privada y suntuosa con ventanales altos que se derramaban sobre jardines colgantes, como un oasis en medio de la ciudad.
La habitación era una sinfonía de colores y texturas, con telas ricas y tapices bordados que les envolvían en calidez. Sobre una mesa, túnicas de lino fino los esperaban junto a una fuente de frutas y pan, un festín sencillo que les hizo sentir como si hubieran llegado a casa.
Por primera vez desde el naufragio, se sintieron seguros, como si hubieran encontrado un refugio en medio de la tormenta.
Se abrazaron con fuerza, sin palabras, el silencio hablando por ellos. —Estamos aquí, Albeiro —susurró Andreina, con la voz aún ronca, su voz llena de emoción—. ¿Qué diría Mamá y papá si supieran que por fin hemos encontrado nuestro hogar?
Albeiro se apartó un poco, mirándola a los ojos. —Estarían orgullosos de nosotros, Andreina. Siempre nos dijeron que teníamos un destino, y creo que es aquí.
Andreina sonrió, y Albeiro vio la esperanza en sus ojos. —Sí, creo que tienes razón. Pero estamos rodeados de enemigos —añadió, su voz bajando a un susurro—. Esa Reina... nos odia. Y nos considera espías.
Andreina se acercó a un jarrón de flores y, al tocar la tierra de estas, sintió la vibración de la isla: la magia pura del mineral que inundaba la Ciudadela. Era una energía que la llamaba, que la urgía a transformarse, aunque sabía que no podía hacerlo.
—Tendremos que domar a nuestros lobos, rápido —susurró Andreina, voz tensa—. Viste lo que pasó. Mi rugido… se me salió.
Albeiro se sentó en la cama, estudiando su mano como si no la reconociera. —Mi magia te calmó, yo me sentí tan orgulloso —replicó—. Siempre creí que era fuerte, pero aquí… aquí es otra cosa. Es magia pura. Mi destino es ser Sacerdote. Pero todavía hay cosas que no entiendo.
De repente, la puerta se abrió. Kael entró, una arruga de preocupación grabada en su frente. —No hay tiempo para descansar —dijo Kael, con la voz baja y urgente—. La Reina no se ha quedado de brazos cruzados. Mañana al amanecer, habrá una Prueba de Disciplina en el Coliseo. Quiere desacreditarlos frente al pueblo y obligar a mi tía Thalía a echarlos.
—¿Una prueba? —preguntó Andreina, su voz llena de miedo.
—Sí. Y es de magia pura, de control —respondió Kael, su rostro serio—. La Reina conoce su linaje de lobo y el prejuicio arraigado en nuestro reino desde hace años. Los monarcas no han permitido a ningún lobo entrar a nuestras tierras… siempre se creyó, se sembró en la mente de cada uno, que los lobos son crueles y despiadados. Seguramente ella usará ese miedo para hacerlos fracasar, que la gente vea a los nietos de Samanta como una amenaza, una bestia que solo trae problemas… igual que los humanos, que traen guerra a donde van.
Kael se acercó, entregándoles dos brazaletes de cuero finos y varios libros.
—Pónganselos. Tienen un hechizo de calma menor… para sus lobos. Lean estos libros y traten de aprender esos hechizos. Mañana será el día en que demostrarán quiénes son. O triunfan como hechiceros, o la Reina los manda a las celdas más profundas.