El lobo y las serpientes

Capítulo 21: La Prueba de Disciplina en el Coliseo.

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Al amanecer, la Ciudadela Aetherium vibraba con una tensión palpable, como si el aire mismo estuviera cargado de magia y expectación. El Coliseo, un imponente anfiteatro tallado en la misma roca de Ilvayem, estaba abarrotado, y el murmullo de la multitud era como un zumbido de abejas en un jardín de flores exóticas.

La arquitectura del Coliseo era impresionante, con arcos de piedra que se elevaban hacia el cielo como columnas de una catedral antigua, y una arena central rodeada de gradas que parecían un abismo de caras expectantes, todas ansiosas por presenciar el espectáculo.

En las gradas, la diversidad de la Isla Ilvayem se manifestaba: los Vampiros de piel pálida sentados en las sombras, sus ojos brillando como estrellas en la noche; los Elfos con túnicas brillantes cerca de la luz, sus rostros serenos y orgullosos; los Duendes y Trolls murmurando, sus voces como un coro de criaturas del bosque, todos atraídos por el drama de los recién llegados.

En la tribuna de honor, la Sacerdotisa Principal Thalía se sentaba flanqueada por Lila y Maeve, mostrando una calma forzada, aunque sus ojos delataban una pizca de curiosidad.

Frente a ellas, la Reina Viviana ocupaba su trono real, vestida con una armadura ceremonial suntuosa que proclamaba su autoridad, y su rostro era una máscara de desdén y superioridad, como si estuviera mirando a los intrusos desde una altura infinita.

A su lado, el General Valerius observaba a todos con arrogancia, sus ojos brillando con un destello de anticipación. La Reina se puso de pie, y el murmullo de la multitud se acalló, como si el viento hubiera cesado de soplar.

—Ciudadanos de Aetherium —resonó la voz de Viviana, amplificada mágicamente, haciendo que las palabras parecieran un trueno en la distancia—. La seguridad de nuestro hogar fue comprometida. Pero la ley nos exige darles una oportunidad. Hoy, nuestros mejores guardianes demostrarán el poder y la disciplina de nuestros reinos, y estos... forasteros, demostrarán si realmente son merecedores de estar en nuestro reino.

Valerius tomó la palabra, detallando la prueba con una voz que era como un látigo, cortando el aire con cada palabra. El desafío consistía en un circuito de control dual: mantener un hechizo complejo de levitación de cristal durante dos minutos, mientras eran sometidos a un poderoso inductor de rabia y pánico, una prueba que solo los más fuertes y disciplinados podrían superar.

El primero en pasar fue un Elfo de cabello plateado, Lord Faelan, conocido por su agilidad mental y su destreza en la magia de la luz. Faelan logró mantener los tres cristales de Ilvayem suspendidos en el aire durante el minuto y medio completo, un logro que pocos alcanzan, y que hizo que la multitud contuviera el aliento en un susurro de admiración.

Al enfrentar el inductor de pánico, Faelan luchó con visible esfuerzo, sus ojos se estrecharon y su rostro se tensó, pero en el último instante, el hechizo se desvaneció, y los cristales cayeron al suelo con un tintineo suave. La Reina Viviana aplaudió con entusiasmo, su sonrisa era como un rayo de sol en un día de primavera.

—¡Una demostración de fuerza y control! ¡Bien hecho, Faelan! —proclamó, satisfecha con el desempeño casi perfecto de uno de los suyos, su voz resonaba en todo el Coliseo.

Luego, un Vampiro de la guardia real, el Barón Zev, fue llamado, y se acercó a la plataforma con la gracia de un depredador. Zev superó la levitación sin problemas, sus ojos rojos brillando con una intensidad sobrenatural. Cuando el inductor se encendió, Zev luchó visiblemente contra la sed de sangre que la magia intentaba provocar, sus colmillos se alargaron y su cuerpo se tensó, pero logró mantener el hechizo justo hasta el final, aunque terminó exhausto y con el sudor frío.

—¡Esos son los guardianes de Aetherium! —proclamó Viviana, triunfal, mirando a Thalía con arrogancia, como si estuviera desafiándola a cuestionar su autoridad—. Demuestran que nuestros reinos poseen el poder y la disciplina para mantener el orden.

Así sucesivamente, cada uno de los invitados de cada pueblo fueron pasando, y la reina se sintió orgullosa de cada uno de ellos, su corazón se hinchó de satisfacción al ver a sus súbditos demostrar su valía.

Su mirada era de superioridad, se burlaba de los intrusos, dudaba que ellos pudieran superar a los participantes con experiencia, y estaba segura que ellos no eran dignos de estar en Aetherium.

Andreina fue llamada al centro de la arena. Se quitó la túnica de lino, revelando una camiseta ajustada y pantalones de cuero. Se veía pequeña, pero en sus ojos brillaba la determinación.

—Andreina, nieta de Samanta —anunció Viviana con un tono de burla—. Demuestra que el linaje de tu abuela no ha sido corrompido por la bestia. Quiero informales que ambos jóvenes son híbridos, ellos son hechiceros y lobos, y hoy demostrarán si realmente merecen quedarse en nuestro reino.

Andreina la ignoró y se acercó a la plataforma central. Su tarea era levitar y estabilizar tres cristales de Ilvayem simultáneamente. Cerró los ojos, concentrándose. El brazalete de Kael era un susurro de calma, pero la energía del Coliseo era un grito de poder.

Abrió los ojos y, con un esfuerzo visible, los tres cristales se elevaron, brillando con una luz azulada. Andreina no era una hechicera experta, pero el tiempo que le dedicó a cada uno de los libros la estaba ayudando.

Valerius sonrió y activó el inductor. La poderosa ilusión mágica se proyectó sobre ella: el rostro de su madre, Esmeralda, gritando de terror mientras era atacada por serpientes. El inductor de pánico y rabia golpeó directamente en su instinto de loba y en su dolor de hija.

Andreina sintió el calor insoportable en el pecho. Los cristales empezaron a temblar. El gruñido sordo de su lobo se hizo audible. Sus pupilas se estrecharon. Estaba a punto de ceder, de perder el control que Faelan y Zev y los demás participantes habían mantenido a duras penas.




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