El lobo y las serpientes

Capítulo 23: El Veneno de la Reina.

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La victoria en el coliseo había comprado tiempo, pero no paz. La mañana después de la prueba de disciplina, Thalía condujo a Albeiro, Andreina y Kael a un ala secreta del Templo, un invernadero mágico donde la luz se filtraba a través de cristales de colores. La atmósfera estaba saturada con la energía pura del Ilvayem, y el aroma a flores exóticas llenaba el aire.

—Hoy comenzamos la verdadera lección —declaró Thalía, con una mirada intensa—. No sobre hechizos, sino sobre el enemigo. El enemigo es el miedo que la monarquía ha sembrado en Aetherium y en la isla, y la corrupción de la Reina. Deben aprender a protegerse de lo que no pueden ver.

Mientras Kael les entregaba a los gemelos sus primeros manuales de defensa rúnica, Esteban, el Jefe de Guardias, entró trayendo una bandeja con frutas frescas y dos jarras: una de agua pura y otra de un espeso jugo de bayas púrpura, el favorito de la Ciudadela.

—Nutrición para el estudio, beban y agarren fuerza —dijo Esteban, con una sonrisa.

Andreina, que aún sentía el agotamiento de la canalización del lobo del día anterior, tomó la jarra de jugo y bebió con avidez. Albeiro prefirió el agua, y Kael estaba absorto en los libros.

Apenas diez minutos después, mientras Thalía explicaba las runas de protección, Andreina se tocó la frente, con una expresión de desconcierto.

—Me siento... mareada. La cabeza me da vueltas —dijo, con una voz débil.

Albeiro la miró, notando el temblor en sus manos. En segundos, el mareo se convirtió en un dolor agudo. Andreina se dobló sobre sí misma, con la cara contraída.

— ¡Andreina! ¿Qué sucede? —Albeiro se arrodilló a su lado, con una mezcla de preocupación y miedo.

El cuerpo de Andreina empezó a arder. El sudor frío empapó su túnica de lino.

—Me quema... por dentro —su voz era un jadeo—. Algo está mal.

Thalía, con el pánico en sus ojos ancestrales, empujó a Esteban, quien palideció.

—¡No puede ser! ¡El jugo! ¡Ha sido envenenado! ¿Acaso no lo revisaste antes de traerlo? —le gritó la sacerdotisa al guardia Esteban, mientras se limpiaba el dedo índice con el que había probado el jugo.

—Mi señora, perdóneme la vida, jamás me imaginé que pudiera estar envenenado —dijo Esteban, con una voz temblorosa—. Esto ha sido traído directo del restaurante del templo. Quizás alguien se dejó engañar o fue comprado para envenenar a los jóvenes.

El general Valerius había actuado. Usando un veneno que atacaba la línea de sangre híbrida, había aprovechado la primera oportunidad de sabotaje, en el único lugar donde Thalía creía tener el control total.

—¡Llévenla a su recámara! —ordenó Thalía, con una voz autoritaria—. ¡Rápido!

Albeiro y Kael transportaron a Andreina a su aposento. Las horas que siguieron fueron una tortura. El veneno, diseñado para anular la curación natural del licántropo y la magia del hechicero, la estaba matando lentamente.

—¡Me quema, Albeiro! No puedo respirar —gimió Andreina, su cuerpo retorciéndose en la cama. Sus ojos de lobo se encendían y apagaban, su rostro una máscara de agonía.

Albeiro intentó desesperadamente usar su magia curativa, proyectando pulsos dorados sobre su hermana. Pero el veneno era una barrera oscura, consumiendo el poder a medida que lo enviaba.

—¡No puedo curarla! ¡No funciona! —gritó Albeiro, la impotencia transformándose en una rabia ciega y helada. Ver el dolor de Andreina, su otra mitad, era un tormento peor que cualquier herida física.

Thalía estaba consultando textos antiguos, con las manos temblando.

—Este veneno... es de origen mortal. Su poder licántropo lo está combatiendo, y mientras más lo haga, peor es para ella.

—¿Y qué debe hacer? ¡Dejar de luchar! —gritó Albeiro, desesperado, a la sacerdotisa.

Andreina no podía. Estaba al borde del abismo. Pero en el momento en que su corazón casi se detiene, la magia del Ilvayem que había absorbido durante la prueba del Coliseo y la energía bruta de su lobo chocaron con el veneno. Su cuerpo se convirtió en un campo de batalla místico.

Con un grito desgarrador que hizo explotar un jarrón cercano y algunas de las ventanas de vidrio, una onda de energía verde y ámbar emanó de Andreina. Su piel se puso helada, luego hirvió. El veneno fue expulsado, no por la magia de la Sacerdotisa, sino por la furia purificadora de la bestia, potenciada por el mineral.

El agotamiento fue total, pero la amenaza había terminado. Andreina cayó en un sueño profundo y curativo.

Albeiro se quedó sentado al lado de su hermana, mirando su rostro pálido pero tranquilo. La habitación estaba en silencio, solo se escuchaba el sonido de la respiración débil de Andreina. La rabia y la impotencia que había sentido antes se estaban convirtiendo en una determinación fría y calculadora. La Reina Viviana había cruzado una línea, y ahora Albeiro iba a hacerla pagar.

Albeiro se levantó de la cama, su cuerpo tenso por la emoción. Se cambió de ropa, poniéndose una túnica oscura y un par de botas resistentes. Kael intentó detenerlo, pero Albeiro lo apartó con un gesto brusco.

— Voy a terminar esto', dijo, su voz baja y peligrosa.

El aire fresco de la noche golpeó a Albeiro como un puñetazo, pero no lo detuvo. Se dirigió hacia el palacio, su paso rápido y decidido. La luna llena estaba alta en el cielo, iluminando su camino. Al llegar al palacio, Albeiro no se detuvo a pensar. Derribó la puerta de un golpe, su cuerpo impulsado por la furia y la determinación.

La Reina Viviana estaba sentada sola en su escritorio, terminando de revisar algunos informes del reino. Al escuchar el estruendo, levantó la cabeza, su rostro fríamente satisfecho. Pero esa satisfacción se evaporó al ver la figura imponente de Albeiro, con los ojos brillando como dos carbones dorados y el cuerpo tenso por la furia.

—¡Intruso! ¿Cómo te atreves...? —empezó a gritar.




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