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El silencio en la oficina de la Reina era tan denso que el crujir de las brasas en la chimenea sonaba como disparos.
Albeiro seguía encima de Viviana, con las manos presionando sus hombros contra la alfombra. El aliento del joven, caliente y agitado por la rabia, rozaba la mejilla de la monarca.
Viviana no gritó. No llamó a los guardias que estaban dormidos por la magia de Albeiro en la puerta. Se quedó allí, atrapada bajo el peso de un hombre que representaba todo lo que ella odiaba y, paradójicamente, todo lo que su cuerpo empezaba a reconocer con una urgencia aterradora.
Su corazón, siempre frío y calculador, golpeaba sus costillas con una fuerza salvaje.
—¿Acaso quieres matarme? Si es lo que deseas, hazlo. Mátame —susurró Viviana, su voz era un hilo de seda, pero sus ojos no se apartaban de los de él—. Eres una bestia, seguramente en este momento lo que más deseas es cortarme la cabeza o no, termina el trabajo y demuéstrale a todo la Isla quién eres realmente.
Albeiro apretó los dientes. Sus palabras hacían que su lobo interior intentara tomar el control, pero la cercanía era insoportable. Podía oler el perfume de jazmín de la Reina mezclado con el aroma a hierro de su propia magia.
Su mirada bajó por un segundo a los labios de Viviana, y el mundo pareció detenerse. La rabia que lo había llevado hasta allí se estaba transformando en algo mucho más peligroso: una atracción prohibida.
Con un esfuerzo que le dolió en el alma, Albeiro se soltó y se puso de pie de un salto, retrocediendo varios pasos. Se pasó una mano por el cabello, tratando de recuperar el aire.
—Si intentas matar a mi hermana nuevamente... —la voz de Albeiro tembló, no de miedo, sino de una emoción que no sabía nombrar—, no habrá Templo, ni guardias que me detengan. Destruiré este palacio contigo dentro.
Viviana se incorporó lentamente, acomodándose el vestido suntuoso con manos que, por primera vez, no eran del todo firmes. Se levantó con una elegancia forzada, ocultando el hecho de que sus piernas se sentían como gelatina.
—¡Tu hermana está viva! —exclamó ella, recuperando su tono gélido, aunque sus ojos aún brillaban con una intensidad inusual—. Tranquilo, el veneno era una prueba. Veo que realmente ella es tan fuerte como dicen las sacerdotisas, su propia sangre la salvó, estoy tan orgullosa.
—No mientas —espetó Albeiro, acercándose de nuevo, pero esta vez manteniendo la distancia—. Querías eliminarla. Casi lo logras. Pero ahora sabes que no puedes. Mi sangre y la de ella son el Ilvayem mismo. Si nos tocas, la Isla se volverá contra ti.
Viviana rodeó su escritorio destrozado, observando los restos de madera y del papeleo como si viera las ruinas de su propia autoridad. Se detuvo y miró a Albeiro. Ya no lo veía como un simple intruso, o como su enemigo; veía a un hombre que la había hecho sentir vulnerable, una sensación que la asustaba y la fascinaba a partes iguales.
—Nadie puede saber lo que ha pasado en esta habitación, Albeiro —dijo ella, bajando la voz—. Es mejor que te vayas, si mis guardias entran y te encuentran aquí, después de haber derribado mi puerta, tendré que ejecutarte por traición. Y tú no quieres morir hoy. ¿O sí?
—¿Me estás ofreciendo un trato? —preguntó él, con desconfianza.
—Te estoy ofreciendo supervivencia —corrigió la Reina, dando un paso hacia él—. Guarda silencio sobre este... incidente. Yo me encargaré de que Valerius detenga su avance contra y contra tu hermana. A cambio, tú y Andreina harán lo que Thalía ordene: entrenarse. Pero bajo mis términos. No quiero más discursos en el Coliseo. No quiero que el pueblo te vea como su salvador.
Albeiro la miró fijamente. Podía sentir el rastro de la electricidad que había pasado entre ellos hace unos momentos. Sabía que ella estaba mintiendo a medias, que seguía siendo peligrosa, pero también vio algo en sus ojos: una grieta en su armadura.
—Acepto —dijo Albeiro finalmente—. Pero no te equivoques, Viviana. No lo hago por ti. Lo hago por mi hermana.
Se dio la vuelta para salir, pero antes de cruzar el umbral, la voz de la Reina lo detuvo una última vez.
—Albeiro.
Él no se giró, pero se detuvo.
—Tu corazón —dijo ella, casi en un susurro—. También latía igual de rápido que el mío. Cierto. No intentes negarlo.
Sin responder, Albeiro salió de la oficina, dejando a la Reina Viviana sola en medio del desorden de su despacho, tocándose los hombros donde aún sentía el calor de sus manos.
Mientras tanto, en el Templo, el cuerpo de Andreina dio un vuelco brusco sobre la cama. Sus ojos se abrieron de golpe, pero ya no eran solo ámbar. Una red de venas verdes, brillantes como el mineral puro, recorría sus brazos hasta sus manos. Se sentó con una fuerza sobrenatural, rompiendo accidentalmente el marco de madera de la cama. Thalía, que estaba a su lado, dio un paso atrás, asombrada.
—Andreina... —murmuró la Sacerdotisa—. El veneno no te mató. Más bien te hizo más fuerte.
Andreina miró sus manos, sintiendo que el aire mismo a su alrededor vibraba. Ya no era solo una híbrida. Algo en la profundidad de la mina de la Isla había respondido a su agonía.
—¿Qué significa esto? —preguntó Andreina, su voz sonando con un eco cristalino, mientras miraba las venas verdes brillantes en sus brazos.
Thalía dudó, pero algo en la mirada de Andreina la hizo responder.
—Eres más poderosa de lo que pensábamos, niña. La Isla misma parece estar respondiendo a tu presencia.
Andreina asintió, su mirada se intensificó.
—Puedo escucharlo, abuela —dijo Andreina, su voz llena de emoción—. Puedo escuchar el corazón de la Isla. Y está llorando.
Thalía se acercó a ella, su rostro lleno de preocupación y asombro.
—¿Qué significa esto, Andreina? ¿Qué está pasando con la Isla?
Andreina se levantó de la cama, su mirada fija en la distancia.