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Albeiro cruzó el umbral de los aposentos del Templo con el corazón todavía martilleando con violencia contra sus costillas. Sus manos, las mismas que poco antes habían presionado los hombros de la Reina contra la alfombra, temblaban levemente bajo las mangas de su túnica.
Intentó alisar la tela de lino para recuperar la compostura, pero el aroma a jazmín de la oficina de Viviana parecía haberse quedado impregnado en su piel, un rastro invisible de su encuentro prohibido.
Thalía estaba sentada junto al lecho de Andreina, quien había vuelto a caer en un sueño profundo, aunque ahora su respiración era rítmica, poderosa y cargada de una extraña vitalidad. Al ver entrar al joven, la Sacerdotisa se puso de pie con lentitud, escudriñando su rostro con una mirada que parecía leerle el alma.
—Albeiro... —dijo ella, y su voz fue una mezcla de alivio y un reproche silencioso—. Tu hermana se ha despertado y, luego de comer algo para recuperar fuerzas, se ha vuelto a dormir. Sus venas se tornaron verdes, brillantes como el mineral puro de las raíces de la Isla. Ha expulsado el veneno por completo, pero algo en su naturaleza ha cambiado para siempre.
Albeiro se acercó a la cama, observando con fascinación y temor las marcas esmeraldas que serpenteaban por los brazos de su hermana, como si la propia tierra corriera por sus venas.
—¿Está bien? —preguntó él, y su voz sonó más ronca de lo normal, marcada por la agitación interna que aún lo dominaba.
—Está más que bien. Es mucho más fuerte ahora —respondió Thalía. Sin embargo, dio un paso hacia él, entrecerrando los ojos mientras buscaba respuestas en sus pupilas—. Pero tú... Albeiro, estás pálido y tu energía está completamente desordenada. Te fuiste cegado por la rabia. ¿Fuiste a ver a la Reina? ¿Sucedió algo con ella?
Kael, que había estado apoyado en una columna sumergida en las sombras, se enderezó y caminó hacia la luz. Sus ojos dorados, agudos como los de un halcón, no perdían detalle de la evidente agitación de su primo.
—Llegas oliendo a Jazmín, el olor adel palacio, Albeiro —observó Kael con un tono seco y cortante—. Y tus ojos no pueden sostener la mirada de mi tía. ¿Qué hiciste? ¿Qué clase de trato cerraste con esa mujer para que regresaras ileso después de entrar al palacio sin ser invitado?
Albeiro esquivó la mirada inquisidora de Kael, fingiendo una excesiva atención en el gesto de arropar con la sábana a su hermana, tratando de ocultar el temblor de sus dedos.
—Fui a advertirle que no nos tocara de nuevo. Eso es todo —declaró Albeiro tratando de sonar firme—. Ella... ella sabe que somos fuertes y que tenemos el poder del Ilvayem mismo dentro de nosotros. No volverá a intentar nada.
Kael intercambió una mirada de profunda desconfianza con Thalía. Él conocía a Viviana lo suficiente para saber que ella no cedía por simples advertencias. Había algo más en el aire, un secreto eléctrico que Albeiro guardaba bajo llave detrás de su evidente nerviosismo.
El silencio tenso fue roto por un suspiro profundo que pareció vibrar en las paredes. Andreina abrió los ojos, que ahora brillaban con una intensidad esmeralda constante y mística.
Se sentó con una agilidad sobrehumana que sorprendió a todos, especialmente a Albeiro, quien se acercó a ella y la abrazó de inmediato, buscando anclarse en su hermana.
—¿Qué sucedió? ¿Por qué siento una energía tan extraña entre ustedes? —preguntó Andreina, y su voz no era la de siempre; sonaba con un eco sutil y ancestral, como si hablara desde el fondo de una cueva sagrada—. En este momento no podemos estar divididos. Lo que me pasó, ya no importa. Hay algo mucho más grave que nos acecha.
—Andreina, descansa, por favor —pidió Albeiro con preocupación, pero ella le tomó la mano con firmeza. Su tacto estaba frío como el mineral extraído de la mina, pero transmitía una energía vibrante que le erizó la piel.
—He visto la Isla, Albeiro. En mis sueños, no solo escuché a la abuela Samanta; escuché a la Isla misma, su voz hecha de roca y raíces. Sus cimientos se están secando. La mala gobernación y la división del reino han creado un vacío insoportable. El Corazón de Ilvayem se está fragmentando. Si no hacemos algo pronto, la Isla se hundirá en el océano y todos moriremos con ella.
Thalía palideció, sintiendo el peso de las palabras de la joven como una sentencia.
—Es cierto —admitió la Sacerdotisa—. Todo el reino se ha dividido desde hace muchísimos años. La unión que debería existir entre el Templo y el Palacio se ha perdido por completo; no existe un equilibrio entre las Sacerdotisas y la Monarquía. Eso se rompió hace tiempo. Viviana solo ha tomado, nunca ha dado nada a cambio al mineral.
—Viviana no lo ha hecho sola... —interrumpió Andreina con una seriedad que helaba la sangre—. Perdóname, abuela, por lo que voy a decir, pero todos en el reino de alguna manera han sacado provecho del mineral y ninguno ha hecho un sacrificio real por la tierra que los sustenta.
Thalía, al escucharla, se sorprendió por la crudeza de su sinceridad. Se puso de pie con una determinación renovada que no admitía réplica alguna.
—Si lo que dices es cierto, ya no es un asunto de política, sino de pura supervivencia. Iré a hablar con la Reina Viviana. Pero no iré sola. Ustedes... vendrán conmigo. Ella necesita ver en lo que te has convertido, Andreina. Ya no son los mismos chiquillos que llegaron hace una semana. Ustedes son fuertes, y con su ayuda convenceremos a la Reina de volver a unir a la Isla.
Minutos después, el pequeño grupo caminaba con paso firme hacia el palacio. Albeiro sentía que el aire se le escapaba de los pulmones a medida que se acercaban a la oficina de la Reina, reviviendo cada segundo del encuentro anterior.
Al entrar, los guardias (ahora despiertos y alertas) intentaron detenerlos con sus lanzas cruzadas, pero Thalía los apartó con un gesto cargado de autoridad y abrió de par en par las puertas de la oficina, las cuales ya lucían perfectamente arregladas, borrando cualquier rastro físico de la entrada violenta de Albeiro.