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El alba tiñó el cielo de Aetherium con tonos violetas y cenizos, pero en la entrada de las grutas de cristal, el ambiente era gélido y envolvente.
La Reina Viviana llegó escoltada por una pequeña guardia de honor, vistiendo una armadura de cuero reforzada con láminas de plata, diseñada para facilitar la movilidad. En su cintura colgaban las llaves reales: tres cristales tallados que latían con una luz hermosa y pulsante.
Thalía, Kael, Albeiro y Andreina ya esperaban con ansias. Andreina, envuelta en un abrigo que apenas ocultaba sus venas verdes brillando bajo la piel, parecía estar en trance, escuchando un latido que los demás ignoraban.
—Es hora —dijo Viviana, evitando intencionalmente el contacto visual con Albeiro, aunque sentía su presencia como un fuego cálido y cercano.
Con un movimiento ceremonial, la Reina insertó la primera llave en la roca viva. La montaña rugió, y una enorme losa de piedra se deslizó hacia un lado, revelando un descenso que parecía no tener fin. El aire que emanaba de las profundidades olía a humedad y misterio.
A medida que descendían, las linternas mágicas que todos llevaban se volvieron innecesarias. Las cuevas estaban revestidas de Ilvayem en su estado más puro.
Enormes geodas del tamaño de casas proyectaban luces fracturadas en las paredes, creando un arcoíris subterráneo que danzaba en la penumbra.
Bosques de estalactitas tintineaban como campanas de cristal al paso de los viajeros, añadiendo una melodía etérea a su travesía.
Sin embargo, la belleza estaba empañada. Muchos de los cristales estaban cubiertos por una costra grisácea, y grandes grietas dividían el suelo como cicatrices en la piel de la tierra.
—La Isla se está fracturando desde adentro —susurró Andreina, acariciando una pared de cristal que vibraba con un tono lastimero—. Siente el dolor de la tierra, Albeiro.
Albeiro se acercó a ella, colocando una mano reconfortante en su hombro.
—No te preocupes, Andreina. Apenas lleguemos al corazón de la Isla, buscaremos la manera de solucionar lo que está sucediendo. No estás sola en esto; todos queremos lo mejor para la Isla.
Thalía, la sacerdotisa principal, se adelantó, su voz resonando con confianza.
—Todo tiene solución, hijos míos. Estoy segura de que, con su ayuda, encontraremos la forma de salvarla. No se preocupen, estamos juntos en esto.
—Sí, y tenemos a la sacerdotisa Thalía con nosotros. Su sabiduría y poder serán fundamentales para encontrar la solución —comentó Kael, con un destello de esperanza en sus ojos.
Andreina miró a Albeiro, luego a Thalía, y finalmente asintió con la cabeza, sintiendo el apoyo de su grupo.
—Gracias. Me siento un poco más tranquila.
La Reina Viviana se detuvo un momento, mirando a su alrededor con determinación.
—Vamos, no hay tiempo que perder. El corazón de la Isla nos espera.
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El grupo se adentraba, cruzando un puente natural de cristal que se extendía sobre un abismo sin fondo. Arriba, en la superficie, el General Valerius aprovechaba la ausencia de la Reina para imponer su voluntad y tomar nuevas decisiones.
—¿Están todos dentro? —preguntó Valerius a su guardia de confianza, su voz resonando con una autoridad implacable.
—Sí, mi General —respondió el soldado—. La Reina, la sacerdotisa y los híbridos han cruzado el segundo nivel.
Una sonrisa gélida, que helaba la sangre, se dibujó en el rostro de Valerius. Saco un frasco de un cofre que contenía la energía pura extraída del mineral de la isla, un acto de profanación prohibido. Cada pieza de la isla era vida, y él la estaba robando.
—Esto me hará rico —murmuró, sus ojos brillando con codicia—. Gracias a este mineral, no solo seré el dueño de esta Isla, sino de todo el archipiélago.
—Así será, mi señor —confirmó el guardia—. Usted puede dar vida o muerte con lo que ha extraído del mineral.
—Si la Isla ha de morir, que sea bajo mis términos —declaró Valerius con un tono de absoluta soberbia—. Una vez que la isla se hunda en la destrucción, yo seré quien rescate lo que quede. Todos en la isla me adorarán y harán lo que yo diga; de mi voluntad dependerá la supervivencia de todos.
Con una orden seca, dispuso que sus hombres activaran las cargas rúnicas que habían colocado en secreto en los pilares de la caverna y sobre la entrada de está. Su plan era cruel y directo: sepultarlos vivos en las profundidades, asegurándose de que la Reina y los herederos de Samanta nunca volvieran a ver la luz del sol.
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Un estruendo sordo, como el rugido de mil tormentas concentradas, sacudió las profundidades de las cuevas. El suelo bajo sus pies vibró con una violencia apocalíptica.
—¡Corran! ¡La cueva se derrumba! —gritó Kael, luchando por mantener el equilibrio mientras el mundo a su alrededor se desmoronaba.
Rocas gigantescas comenzaron a desprenderse del techo con furia. El puente de cristal, ya fragilizado por la onda expansiva proveniente de la superficie, empezó a resquebrajarse de forma alarmante. Thalía y Andreina lograron cruzar hacia el otro lado justo en el instante en que una sección central colapsaba, cayendo al vacío. Kael, con un último y desesperado salto, aterrizó junto a las Sacerdotisas.
—¡Viviana, cuidado! —rugió Albeiro, sus ojos fijos en una enorme estalactita que se desprendía amenazadoramente justo encima de la Reina.
Sin dudarlo, se lanzó hacia ella, envolviéndola en sus brazos y rodando con desesperación hacia un túnel lateral justo cuando el camino principal se desvanecía en el abismo. Una avalancha de escombros selló la entrada del túnel, separándolos brutalmente del resto del grupo.
La guardia real, incapaz de reaccionar a tiempo ante la repentina caída de las rocas, pereció en el acto, aplastada bajo el peso de la destrucción.
El silencio que siguió al cataclismo fue aterrador, denso y opresivo. En la oscuridad total del pequeño túnel, solo se escuchaba la respiración agitada y entrecortada de Viviana y Albeiro.