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En el túnel sellado, el aire comenzaba a escasear. Viviana observaba las paredes de roca con una desesperación silenciosa, mientras Albeiro cerraba los ojos, dejando que su respiración se sincronizara con las vibraciones de la montaña. Un aura dorada, con hilos esmeralda, comenzó a emanar de su piel, iluminando el espacio con una intensidad cegadora.
—No buscaremos un camino, Viviana —dijo Albeiro, extendiendo su mano hacia ella con una voz suave pero firme—. Seremos el camino.
La Reina retrocedió un paso, sus ojos plateados llenos de una duda que nunca antes había mostrado.
—Albeiro, mi poder es débil. Siempre trabajé en lo político; aunque mi linaje es fuerte, mi poder no lo es... no estoy hecha para esto. Tengo miedo —confesó ella, su voz quebrándose como el cristal—. Si esto falla, nos convertiremos en parte de la piedra para siempre.
Albeiro dio un paso firme hacia ella, acortando la distancia. Su mano no temblaba.
—Mírame. Confía en lo que sientes por mí. No dejaré que te pierdas. Dame la mano y deja que mi poder sea tu escudo. Todo saldrá bien.
Viviana dudó un segundo más, mirando la mano curtida del joven, sintiendo su firmeza. Finalmente, con un suspiro que fue más una entrega que un gesto, deslizó sus dedos sobre los de él.
En el momento en que sus pieles se tocaron, una descarga eléctrica recorrió sus cuerpos. La realidad comenzó a distorsionarse, el túnel desapareció y ambos se convirtieron en pura energía, viajando a través de las venas de mineral de la isla a una velocidad vertiginosa, sintiendo una mezcla de liberación y terror.
En el centro exacto de la isla, donde el aire vibraba con un sonido musical, una enorme cámara de cristales gigantes se iluminó con destellos de luz esmeralda. El ambiente estaba impregnado de una energía palpable, casi como si la misma isla respirara. En un parpadeo, Albeiro y Viviana aparecieron en el centro de una plataforma circular, rodeados por las paredes resplandecientes que reflejaban su asombro.
Desde el otro extremo de la sala, Thalía, Kael y Andreina emergieron de entre las sombras de los pilares, como figuras etéreas en un sueño.
—¡Andreina! —el grito de Albeiro resonó como un eco en la cueva, lleno de alivio y desesperación.
El joven corrió hacia su hermana con la agilidad de un felino, su corazón latiendo con fuerza. Andreina lo recibió en un abrazo desesperado, él levantándola del suelo mientras hundía su rostro en su hombro, sintiendo el calor familiar que tanto había extrañado.
—Estás a salvo... por los dioses, estaba tan preocupado —susurró él, apretándola con fuerza, como si temiera que se desvaneciera.
—Sabía que estabas vivo, hermano. Lo sentí aquí —dijo ella, señalando su corazón, sus ojos brillando con lágrimas de alivio al verlo ileso.
Kael y Thalía se acercaron, saludando a la Reina con una reverencia tensa pero sincera, aliviados de ver que la monarca seguía en pie. Viviana, por su parte, se mantuvo en silencio, observando el abrazo de los hermanos con una punzada de envidia y admiración. Era un vínculo que crecía más fuerte cada día, un lazo que ella anhelaba, pero que sentía fuera de su alcance.
Mientras el eco del abrazo se desvanecía, el ambiente en la cámara se llenó de una tensión palpable, como si el destino de todos estuviera a punto de desvelarse.
Mientras tanto, a kilómetros sobre sus cabezas, el ambiente en el Gran Salón de Aetherium era radicalmente distinto. El aire estaba impregnado de un aroma a incienso y cera derretida. Valerius había convocado de urgencia a los Altos Funcionarios, las Sacerdotisas restantes y a cada líder de los clanes de la isla. Su rostro era una máscara de luto fingido, una fachada cuidadosamente construida que ocultaba su ambición voraz.
—Es una tragedia que mi voz deba comunicarles esto —dijo Valerius, su voz resonando con una autoridad ensayada, como un actor en el escenario de un drama trágico—. La Reina Viviana fue con la sacerdotisa Thalía y los intrusos a las cuevas de nuestro mineral. Hubo un colapso masivo. La montaña reclamó sus vidas. Nuestra Reina... ha muerto.
Un murmullo de horror y llanto llenó el salón, el eco de la desolación reverberando en las paredes. Valerius dejó que el caos creciera antes de golpear el suelo con su lanza, reclamando atención.
Las hermanas de la sacerdotisa Thalía enviaron a sus guardias de confianza hacia la torre donde se encontraban las lámparas sagradas, artefactos que brillaban con la luz de la vida. Estas lámparas, mágicas y especiales, se apagaban al morir un sacerdote o alguien de la realeza, y su ausencia era una señal inequívoca de la tragedia. Si las lámparas de Viviana y Thalía permanecían apagadas, la verdad sería innegable.
—Aetherium no puede quedar acéfala en su hora más oscura. Durante años he cuidado a la Reina y he protegido estas fronteras. Conozco y merezco este puesto más que nadie para asegurar nuestra supervivencia —su voz era un canto a la ambición, un llamado a la desesperación.
—Pero por respeto a todos ustedes, no me voy a proclamar Rey. Vamos a hacer una votación donde ustedes me escogerán a mí como rey o escogerán alguna de las sacerdotisas.
Bajo la mesa, las manos de varios líderes de clanes temblaban; Valerius los había amenazado con ejecutar a sus familias si no votaban a su favor. La votación fue rápida y amarga, una danza de lealtades forzadas. Con una mayoría coaccionada, Valerius fue proclamado el nuevo Rey de la Isla. Luego de despedir a todos, dio un veredicto que se escribió de inmediato y fue llevado por todo Aetherium.
—¡El rey ha declarado toque de queda inmediato! —rugió el mensajero mientras colocaba el veredicto en las plazas de los diferentes pueblos y clanes—. Los guardias tomarán las calles. Cualquier ciudadano fuera de su hogar después del ocaso será considerado traidor. Teman por sus vidas y escóndanse, porque el orden regresará a esta isla, cueste lo que cueste.