El Lobo y las Serpientes

Capítulo 28: El Aullido de la Sangre Corrupta.

La luz cegadora de Samanta se desvaneció, dejando paso a una neblina densa y fría que olía a pino, tierra mojada y algo mucho más primario: sangre. El grupo aterrizó sobre un lecho de hojas secas y barro. El silencio era sepulcral, roto solo por el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados lejanos.

Viviana fue la primera en reaccionar. Al bajar la vista, soltó un grito ahogado y retrocedió, tropezando con una raíz. En el lodo, justo frente a ella, había una huella. No era humana. Era una garra del tamaño de un escudo, hundida profundamente en el fango.

—¿Qué es esto? —preguntó Viviana, su voz temblando mientras desenvainaba una daga de plata que llevaba oculta—. Albeiro, dime que no es lo que creo. ¿Estamos en tierras de esas bestias?

Albeiro se acercó a ella con calma, extendiendo una mano para que bajara el arma.

—Tranquila, Viviana. Respira. Estamos en la Isla de los Lobos. Estas huellas son de los míos. No son monstruos, son mi familia. Este es mi hogar.

—¡Son asesinos! —espetó ella, con los ojos desorbitados—. He pasado toda mi vida oyendo cómo los de tu clase son asesinos, animales salvajes. ¡Sácame de aquí!

—Me has visto, sabes que no soy un animal salvaje a pesar de ser un lobo. Si yo no lo soy, mi familia tampoco. Estoy seguro de que todo lo que escuchaste fue de boca de tu tío, y ya sabemos que él es un mentiroso.

—Está bien, Albeiro, todo lo que dices es cierto… pero sácame de esta isla. Quiero regresar al palacio, a la seguridad de mi hogar.

—No puedo hacerlo —respondió Albeiro con firmeza, aunque su mirada se suavizó al ver el pánico real en la Reina—. Vinimos a salvar tu isla, a encontrar alguna solución. Pero algo no está bien. El aire se siente… enfermo.

De entre los matorrales, un par de ojos amarillos, velados por una extraña neblina blanquecina, se encendieron. Un gruñido bajo y vibrante hizo que el suelo temblara. Un lobo del tamaño de un caballo pequeño emergió de las sombras. Su pelaje estaba erizado y de su boca goteaba una saliva oscura.

—Es uno de los centinelas —susurró Thalía, retrocediendo junto a Kael—. Pero su aura está manchada. Hay magia de serpiente en sus venas.

Albeiro dio un paso adelante, ignorando las advertencias de la sacerdotisa.

—Voy a hablar con él. Quizás mi sangre de alfa lo haga entrar en razón.

—¡Albeiro, espera! —gritó Andreina, pero ya era tarde.

Albeiro cerró los ojos y dejó que el cambio fluyera. El crujido de sus huesos rompiéndose y reformándose llenó el claro. Viviana observó con una mezcla de horror y fascinación cómo el hombre que la había sostenido en sus brazos se transformaba en una bestia imponente de pelaje negro y ojos rojos.

El Albeiro lobo soltó un aullido corto, un saludo de paz y jerarquía. Se acercó al centinela, bajando la cabeza en señal de tregua. Pero el lobo salvaje no respondió con respeto. Soltó un chasquido de mandíbulas y se lanzó contra Albeiro, con una furia ciega y desprovista de conciencia.

—¡No me escucha! —la voz de Albeiro resonó telepáticamente en la mente de Andreina—. ¡Está hipnotizado! ¡Su alma no está ahí!

El centinela soltó un aullido ensordecedor que fue respondido por decenas de aullidos en la oscuridad del bosque. No era uno solo; toda la manada estaba convergiendo sobre ellos.

—¡Vienen todos! —gritó Andreina, invocando chispas de electricidad en sus dedos—. ¡Corran hacia esas ruinas!

Viviana se quedó paralizada mientras tres lobos más saltaban desde los árboles. Albeiro, de vuelta en su forma humana pero con los colmillos aún afuera, la tomó por la cintura y la lanzó detrás de él.

—¡Andreina, ahora!

Andreina se plantó en medio del camino, extendiendo sus manos. Las venas verdes de sus brazos brillaron con una luz esmeralda violenta.

—¡Clypeus Silvae! —rugió.

Una cúpula de energía pura, entrelazada con raíces mágicas, brotó del suelo justo a tiempo. Los lobos chocaron contra la barrera invisible, aullando de dolor al contacto con la magia de la hechicera.

—¡No aguantará mucho! —advirtió Andreina, con el sudor corriéndole por la frente—. ¡Hay demasiados y están siendo controlados por algo muy poderoso! ¡Corran!

—¿A dónde? —preguntó Viviana, dejándose arrastrar por Albeiro mientras empezaban a correr por el sendero—. ¡Esta isla es una trampa mortal!

—A esas ruinas —respondió Andreina mientras saltaban sobre un tronco caído, con los aullidos pisándoles los talones—.

—Albeiro, siento la presencia de mis padres aquí en la isla.

—Eso es imposible, ellos están en la Isla de las Serpientes.

—Están aquí, están en peligro. Seguramente Jairo, esa maldita serpiente, encontró la manera de entrar a esta isla. Por eso los lobos se comportan de esa manera, y seguramente mis padres fueron las llaves para que él entrara.

—Debemos salvarlos, pero por el momento preocupémonos por nosotros. ¡Abuela, corre! —le dijo Albeiro a Thalía, que miraba hacia atrás con miedo y terror al ver a los lobos rompiendo las ramas que había creado Andreina.

—Dejemos de especular y primero busquemos un lugar para escondernos.

—Sí, lo mejor es correr hacia las ruinas que están allá —señaló Andreina.

Todos corrían a gran velocidad mientras los lobos casi los alcanzaban. Cuando llegaron a las ruinas, Andreina utilizó su magia para hacer que unas piedras cayeran y los mantuvieran atrapados, alejados de los lobos.

—¿Qué hiciste, Andreina? ¡Nos has atrapado en este lugar! ¿Ahora cómo saldremos de aquí? —dijo Viviana, quejándose de la situación.

—¡Si no lo hacía, seríamos su cena antes de que salga la luna!

El grupo se internó en la oscuridad de las ruinas, mientras los lobos intentaban ingresar. Poco a poco fueron entrando en una cueva llena del mineral más preciado de la isla. En el centro de la isla, un silbido frío y ancestral celebraba su llegada.

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Nota de la autora




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