El grupo se internó en las profundidades de la cueva de la Isla Lumina, moviéndose como sombras entre las sombras. El eco de los aullidos salvajes en el exterior todavía vibraba en sus oídos, manteniéndolos en un estado de alerta máxima. Albeiro y Kael cerraban la marcha, con sus sentidos agudizados y las manos listas para cualquier ataque, mientras Andreina, la Sacerdotisa Thalía y la Reina Viviana avanzaban al frente, guiadas por un extraño resplandor que emanaba del fondo.
A medida que avanzaban, las paredes de piedra común dieron paso a vetas de un cristal vibrante y puro. Al doblar una esquina, se detuvieron en seco. Ante ellos se extendía una veta masiva de Ilvayem en su estado más primigenio. A diferencia del mineral agonizante de la isla anterior, este pulsaba con una luz cálida y rítmica; estaba completamente sano, rebosante de una vida que parecía alimentar a la isla entera.
Andreina sintió cómo la tensión abandonaba su cuerpo. Las venas esmeraldas que habían marcado su piel durante días comenzaron a desvanecerse, devolviéndole su apariencia normal. Como atraída por un imán, extendió la mano y tocó la superficie del cristal.
—Andreina—la voz de su abuela Samanta resonó en su mente, clara como el agua—. Esta es la fuente, la solución. Debes detener a Jairo. Él no puede seguir caminando en las mentes de los lobos; si no lo detienes, el vínculo se romperá para siempre.
—¿Quiénes son ustedes? —una voz femenina, melódica pero cargada de sospecha, restalló desde la penumbra de una cueva.
El grupo se tensó. Albeiro y Kael se adelantaron, pero Viviana levantó una mano para detenerlos. De la oscuridad emergió una mujer de una belleza serena, con el cabello negro cayendo como una cascada sobre un vestido blanco inmaculado. Era Erika, una hechicera cuya sola presencia irradiaba un poder antiguo.
—Venimos en paz —dijo Viviana, dando un paso al frente con la elegancia que solo una reina poseía—. Buscamos respuestas.
Andreina, aún con la mano en el mineral, miró a la mujer a los ojos.
—Buscamos a nuestra familia. Buscamos a nuestra madre.
Erika entrecerró los ojos, su desconfianza flaqueando ante la sinceridad de la joven.
—¿Cómo se llama tu madre?
—Su nombre es Esmeralda.
La mujer palideció, y un destello de asombro cruzó su rostro. Observó detenidamente a cada uno de los presentes, deteniéndose en Albeiro y Andreina.
—Ellos llegaron hace unos días —respondió Erika, con la voz entrecortada—. Esmeralda al entrar logró abrir nuevamente la Isla Lumina, ella solo preguntaba por sus hijos, ustedes, detrás de ella venía un hombre muy malo, así que se dio de cuenta de que había caído en una trampa. Esa serpiente ha logrado hechizar a todos los lobos. No he podido ayudarlos... hasta ahora.
Erika se volvió hacia la oscuridad de la cueva y gritó con fuerza.
—¡Salgan! ¡Salgan, son amigos!
De los rincones más profundos, donde la luz del Ilvayem no llegaba, comenzaron a salir decenas de personas. Eran refugiados, familias enteras con niños cuyos ojos reflejaban el terror de lo que sucedía afuera. Albeiro, Andreina, Viviana y Thalía observaron conmovidos la cantidad de personas que Erika había logrado mantener a salvo.
Albeiro dio un paso al frente, alzando la voz para que todos los presentes pudieran escucharlo. Su presencia llenó la cámara, infundiendo un valor que los refugiados habían olvidado.
—Mi nombre es Albeiro —declaró con firmeza—. Soy hijo de Esmeralda, la gran hechicera, y de Arturo, el gran lobo. Soy nieto de Ángel y Milagro. He venido a ayudarlos, tal como ayudaremos a todas las personas de la Isla Ilvayem. No descansaremos hasta que la oscuridad sea expulsada.
Un murmullo de esperanza recorrió la cueva al escuchar los nombres de sus líderes. Sin embargo, el momento fue interrumpido por un ruido sordo proveniente de la entrada: el rasguño de garras y un siseo que no pertenecía a ningún lobo. El silencio volvió a caer sobre ellos, un silencio pesado y sepulcral.
—Ellos no entrarán, no se preocupen, dentro de la cueva están protegidos el mineral los proteja. —Hablo Andreína, dándoles confianza a todos
Mientras tanto, en el Gran Palacio de la isla, el ambiente era de una pesadilla tangible. Jairo, estaba sentado en el trono principal. A su lado, una jaula de metal reforzado contenía a Arturo y Esmeralda. Aunque no habían podido hipnotizarlos debido a que estaban protegidos de alguna otra manera, estaban debilitados por las cadenas.
Frente al trono, en una imagen desgarradora, los legendarios Ángel y Milagro permanecían arrodillados en sus formas de lobo, con las cabezas bajas y los ojos vidriosos, convertidos en meros títeres. Junto a ellos, Axel, el hijo menor, estaba de pie en su forma humana; al no haber despertado aún a su lobo, su mente era aún más fácil de manipular para la serpiente.
Jairo soltó una carcajada sibilante, acariciando el brazo del trono.
—Tus hijos han llegado, Esmeralda —dijo, mirando hacia la jaula—. Hay varios lobos cazándolos ahora mismo. Pronto estarán aquí... Pronto tendré todo el poder del Ilvayem y seré el dueño absoluto del archipiélago y de toda la Tierra.
El villano se puso de pie, observando a sus marionetas con desprecio. Sabía que la batalla final estaba a punto de comenzar, y el destino de todas las islas colgaba de un hilo de seda y veneno.