El Lobo y las Serpientes

Capítulo Especial 30: El Regreso del Hijo Pródigo.

Días antes.

El mar rugía con una fuerza inusual cuando los pies de Arturo y Esmeralda tocaron la arena de la isla que los vio nacer. No habían pasado ni cinco minutos cuando las sombras entre los árboles se materializaron en pelaje y colmillos.

Una jauría de centinelas los rodeó, pero al acercarse, el aire cambió. Los lobos se detuvieron en seco, olfateando el ambiente; reconocieron de inmediato la esencia pura de la sangre Alfa que corría por Arturo.

—Es el príncipe... es el hijo del rey Ángel —susurró uno de los guardianes en su lengua interna.

Sin necesidad de palabras, los centinelas formaron una escolta de honor. El camino hacia el Palacio de Piedra fue un borrón de nostalgia y urgencia.

Arturo caminaba con los hombros relajados por primera vez en décadas, sintiendo cómo el suelo de la isla vibraba bajo sus pies con una energía que solo un Alfa podía reconocer. No había enfermedad en el aire, solo el perfume profundo del pino y la salitre, un aroma que le devolvía fragmentos de una infancia que creía enterrada. Al ver las imponentes torres del Palacio de Piedra alzándose orgullosas contra el cielo, sintió una punzada de alivio mezclada con una amargura difícil de digerir.

—Mira este lugar, Esmeralda —susurró Arturo, con la voz entrecortada por la emoción—. El aire, la fuerza de la tierra... Todo esto siempre fue nuestro. Jamás debimos irnos. Fuimos unos necios al escuchar a aquellas hechiceras y sus consejos de equilibrio. Nos convencieron de que nuestro amor era un peligro, cuando lo único que hicieron fue alejarnos de nuestra verdadera fuente de poder.

Esmeralda, que caminaba a su lado observando con ojos brillantes la belleza intacta del reino de los lobos, buscó la mano de su esposo. El contacto de su piel con la de él era lo único que la mantenía firme mientras sus sentidos de hechicera se inundaban con la pureza del Ilvayem que corría por las venas de la isla. Se acercó a su oído, compartiendo un secreto que había guardado bajo llave en su alma durante todo su exilio.

—En todos estos años, Arturo, no pasó una sola noche en la que no pensara lo mismo —confesó ella en un susurro cargado de añoranza—. Extrañaba este hogar con cada fibra de mi ser. Nos obligaron a marcharnos, nos hicieron sentir que éramos una amenaza para la paz de la isla, y nosotros, por proteger a los que amábamos, aceptamos el destierro.

Esmeralda miró hacia las almenas del palacio, donde los estandartes de la familia real ondeaban al viento, y suspiró con una mezcla de felicidad y tristeza.

—Vivimos como sombras en tierras extrañas mientras nuestra verdadera esencia se marchitaba. Ahora que estoy aquí, me doy cuenta de que las consecuencias de habernos ido fueron más duras para nosotros que cualquier guerra que hubiéramos tenido que pelear. Estamos en casa, Arturo... y aunque venimos con el corazón lleno de dudas por nuestros hijos, por fin siento que vuelvo a respirar de verdad.

Arturo asintió, apretando su mano mientras cruzaban el puente levadizo. La guardia de honor, compuesta por lobos imponentes y conscientes de su deber, los saludaba con respeto absoluto. No sabían que, en las sombras de la costa, la oscuridad empezaba a acercarse, pero en ese breve instante, el mundo era perfecto nuevamente.

Al cruzar el umbral del Gran Salón, el tiempo pareció detenerse. Ángel, el Rey de los Lobos, se puso de pie con una agilidad que desafiaba sus años. Al ver a Arturo, sus ojos se llenaron de un brillo que no se veía en décadas.

—¡Arturo! —gritó el Rey, corriendo por los escalones del trono para fundirse en un abrazo con su hijo, sin importarle el protocolo ni las miradas de los cortesanos.

Milagro, la Reina, soltó un sollozo de alegría pura mientras abrazaba a Esmeralda y luego a su hijo.

—¡Traigan a Axel! —ordenó Milagro con voz temblorosa—. ¡Que venga a conocer a su hermano!

Esmeralda saludó con respeto y cariño a sus suegros, pero su rostro no reflejaba la alegría del momento. Sus ojos buscaban algo que no estaba allí.

—¿Qué los ha traído de regreso después de tanto tiempo? —preguntó Ángel, recuperando el aliento—. ¿Es que finalmente han decidido volver a casa?

—Estamos buscando a nuestros hijos, Ángel —respondió Esmeralda con la voz cargada de una preocupación que hizo que el salón se silenciara—. Han desaparecido y creemos que vinieron hacia aquí.

Ángel se quedó mudo por un segundo, y luego una sonrisa gigante iluminó su rostro.

—¿Mis nietos? ¿Sus hijos han nacido? ¡Soy abuelo! —empezó a disparar preguntas con la emoción de un niño—. ¿Cuántos son? ¿Qué edad tienen? ¿Cómo son? ¿Por qué los buscan con tanto miedo?

Pero Esmeralda no pudo responder. La ansiedad en su pecho era un aviso que no podía ignorar.

El momento de júbilo fue interrumpido por un centinela que entró a la carrera, jadeando. Se acercó a Ángel y le susurró algo al oído con urgencia. El Rey frunció el ceño y su expresión se endureció.

—Vayan a ver qué sucede ahora mismo —ordenó Ángel a sus guardias.

—¿Son ellos? ¿Son mis hijos? —preguntó Arturo, dando un paso al frente.

—No lo sé —respondió Ángel—. Un centinela informa que ha llegado un barco destrozado a la costa este. Dos personas han bajado de él, pero como no estábamos preparados y el barco no tiene insignias conocidas, nadie los ha recibido formalmente. Son muchísimos años que no tenemos visitantes.

Esmeralda y Arturo intercambiaron una mirada de terror. Algo no encajaba. El centinela regresó apenas unos minutos después, esta vez con el rostro pálido.

—Señor... los lobos están actuando raro. No están atacando a los extranjeros, los están siguiendo. Se mueven como si estuvieran en trance, y todos vienen hacia el Palacio.

Antes de que Esmeralda pudiera advertirles sobre la magia oscura de la serpiente legendaria, las enormes puertas de roble del salón saltaron por los aires. El sonido de la madera astillándose fue seguido por un gruñido colectivo que heló la sangre de los presentes.




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