El aire en la cueva se volvió pesado, cargado con una electricidad estática que hacía que los vellos de los brazos se erizaran. Albeiro caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, sus ojos dorados brillando con una furia que amenazaba con desbordarse. La mención de la serpiente había abierto una herida que llevaba semanas supurando en su alma.
—¡No puedo creerlo! —rugió Albeiro, golpeando una de las paredes de cristal—. ¡Esa maldita serpiente otra vez! ¿Acaso no fue suficiente con lo que vivimos?
Se detuvo y miró a Erika y a los refugiados con un desprecio amargo.
—Ustedes no entienden nada. Mi hermana y yo nos criamos en la Isla de las Serpientes. Allí terminamos cuando a mis padres los echaron de este lugar. Crecimos entre escamas y veneno, sintiendo cada día que éramos extraños. Andreína siempre sintió que no pertenecía, pero yo... yo solo deseaba venganza contra ese lugar. Y ahora, llego a mi verdadero hogar y me encuentro con que un mal ha infectado este suelo. ¡Voy a acabar con esa maldita serpiente aunque sea lo último que haga!
Erika manteniéndose firme a pesar de la imponente presencia del joven, respondió con voz gélida:
—Joven Albeiro, sea precuavido con sus palabras. Sus padres no fueron echados; ellos decidieron irse por el bien de la isla. Pero miren lo que sucede ahora: la isla es un puente, y ustedes han traído personas de otros lugares. Si esa otra isla se está destruyendo, no crean que pueden venir aquí a causar el mismo caos. Su presencia solo atrae la guerra.
La rabia de Albeiro estalló. En un parpadeo, acortó la distancia y tomó a Erika por el cuello, levantándola apenas unos centímetros del suelo. Kael y Thalía dieron un paso al frente, pero la mirada de Albeiro los congeló.
Cuando la mano de Albeiro se cerró alrededor del cuello de Erika, el esposo de la hechicera —un hombre de semblante firme pero sin rastro de magia en su sangre— dio un paso al frente con un cuchillo de caza en la mano, dispuesto a morir por defenderla. Albeiro lo detuvo con una sola mirada cargada de un poder animal tan puro que el hombre quedó paralizado en el sitio.
Albeiro soltó una carcajada seca, llena de desprecio, mientras miraba alternativamente a la hechicera y al hombre que intentaba protegerla.
—¿De verdad eres tan cínica? —espetó Albeiro, apretando el agarre—. Te llenas la boca hablando de la pureza de la isla, de por qué mis padres fueron un error y de por qué no debemos traer a "otros" a este suelo sagrado... y sin embargo, tienes a un humano como esposo. ¡Qué hipocresía tan estúpida! ¿Él sí tiene derecho a estar aquí porque te sirve, pero mis padres eran un peligro? Eres patética, Erika. Defiendes unas leyes que tú misma rompiste en secreto mientras juzgas el amor de los demás.
Erika no pudo responder, sus ojos reflejaban una mezcla de miedo y la vergüenza de ver su secreto expuesto ante todos los refugiados. El silencio en la cueva se volvió denso; la revelación de Albeiro había quitado la venda de los ojos de muchos, demostrando que las viejas reglas de las sacerdotisas no eran más que cadenas oxidadas.
—Tú y todas esas malditas sacerdotisas son las culpables —siseó Albeiro cerca de su rostro—. Obligaron a mi madre a irse y mi padre la siguió como el hombre enamorado que es. Pero eso se acabó. Mi hermana y yo cambiaremos las reglas. No te olvides de que mi padre es el próximo Alfa y yo soy su heredero. ¡Yo decidiré qué hacemos, no tú! Así que cállate antes de que te mate.
—¡Albeiro, basta! —la voz de Andreína fue suave, pero cortó el aire como un diamante.
Ella se acercó y puso una mano sobre el brazo de su hermano. Al contacto, una calidez mística recorrió el cuerpo de Albeiro, obligando a sus músculos a relajarse. Él soltó a Erika, quien retrocedió jadeando. Andreína abrazó a su hermano, refugiando su cabeza en su hombro.
—No culpes a nadie, hermano —susurró Andreína—. Fue decisión de ellos. Se fueron por amor a todos los que habitan esta isla, para evitar un derramamiento de sangre.
Andreína se separó y miró a Erika a los ojos con una madurez que parecía trascender los siglos.
—Erika, es cierto lo que dice mi hermano. Hemos sufrido las consecuencias de decisiones antiguas, pero ahora todo cambiará. La isla no volverá a ser como antes. Cualquier especie será bienvenida aquí. Entiende que todos los seres son especiales: los lobos, los hechiceros, las hadas o los vampiros. Salvaremos la isla, pero después, abriremos las puertas.
—¡Eso es imposible! —exclamó Erika, horrorizada—. Los humanos vendrán por el Ilvayem si se enteran... ¡causarán una guerra por el mineral!
Andreína no respondió con palabras. Se acercó a Erika y tocó su frente. En ese instante, le mostró una visión: una isla donde la luz del Ilvayem brillaba para todos, donde los lobos corrían junto a seres de alas diáfanas y la paz no se basaba en el aislamiento, sino en la unión.
Albeiro añadió, recuperando su postura:
—Y no te equivoques: no nos iremos de nuevo. Este es nuestro hogar y aquí viviremos, le guste a quien le guste.
En ese instante de caos, cuando el aire ardía con el odio de años de exilio y secretos descubiertos, una pulsación de luz blanca nació del centro de la cueva.
Fue como si una venda invisible cayera de los ojos de todos los presentes; la neblina de ira que nublaba el juicio de Albeiro y el orgullo rígido de Erika se disipó de golpe, revelando la fragilidad de ambos.
El silencio que siguió fue absoluto, un vacío sagrado donde el rencor ya no encontraba dónde sostenerse. Antes de que alguien pudiera pronunciar otra palabra de desprecio, el velo de la realidad se rasgó por completo para dar paso a la figura luminosa de Samanta, cuya sola presencia terminó de lavar la oscuridad de sus corazones.
El brillo era tan intenso que todos tuvieron que cubrirse los ojos. En el centro del resplandor, la figura etérea de Samanta apareció, flotando con una majestuosidad divina.