La marcha hacia el palacio fue un río de luz plateada. Albeiro y Andreína no solo caminaban; reclamaban el suelo que les fue robado. A cada paso, el brillo del Ilvayem en sus cuellos actuaba como un pulso eléctrico que cortaba los hilos invisibles de Jairo. Los lobos que antes los perseguían con ojos vidriosos, caían de rodillas al paso de los gemelos, recuperando el aliento como si hubieran estado bajo el agua durante años.
—Tomen esto —decía Erika, entregando fragmentos de cristal a los guerreros que despertaban—. No dejen que la oscuridad vuelva a reinar.
Para cuando llegaron a las puertas del Palacio, ya no eran un pequeño grupo; eran un batallón. Los guardias del palacio, confundidos por la falta de temor de los intrusos, no pudieron detener el avance. La puerta del gran salón se abrió de par en par, revelando una escena de pesadilla que estaba a punto de terminar.
Al entrar al Gran Salón, el eco de sus botas resonó contra las paredes de mármol. Jairo, sentado con una arrogancia reptiliana en el trono de Ángel, no se inmutó. Se levantó con lentitud, sus ojos amarillos fijos en los gemelos.
—Bienvenidos. Los esperaba con ansias —siseó Jairo, bajando los escalones—. Necesito de ustedes tanto como de sus padres. Ellos fueron el cimiento, pero ustedes son la llave. Entréguenme su poder voluntariamente. Deme esa chispa que llevan dentro y prometo que los liberaré. Serán mis generales mientras yo gobierno toda la Tierra.
Albeiro se detuvo y soltó una carcajada vibrante, llena de un desprecio que hizo que Jairo frunciera el ceño.
—¿Entregarte nuestro poder? —preguntó Albeiro entre risas—. ¿De verdad crees que después de todo lo que nos hiciste pasar, de vernos como simples herramientas, vamos a ceder ante ti? Te equivocas, serpiente. No vinimos a negociar nuestra libertad, vinimos a cobrarte la deuda. Pensaste que podrías destruirnos, que podrías usarnos para obtener un poder que no te pertenece, pero lo único que hiciste fue forjar las armas que hoy te van a aniquilar.
Andreína dio un paso al frente, con una serenidad que contrastaba con el fuego de su hermano.
—Gracias, Jairo —dijo ella, con voz firme—. Gracias por habernos lanzado de aquel barco. En tu arrogancia, creíste que nos enviabas a la muerte, pero nos enviaste a nuestro destino. Gracias a ese error encontramos nuestro verdadero hogar, conocimos nuestra historia y despertamos el poder que tú tanto deseas. Hoy, tu mayor error está frente a ti.
La cara de Jairon se deformó de rabia. En ese instante, Zafira, la mujer que siempre lo acompañaba en las sombras, saltó hacia adelante con dagas envenenadas.
—¡Muere, pequeña hechicera! —gritó Zafira.
La batalla estalló. Mientras Erika contenía los ataques mágicos de Jairon, Andreína se enfrentó a Zafira en un duelo de agilidad y poder. En un movimiento maestro, Andreína utilizó una de las esferas de Ilvayem y la incrustó directamente en el pecho de la mujer. El grito de Zafira fue inhumano; la magia oscura que la sostenía se evaporó y recuperó su forma original de serpiente, cayendo al suelo debilitada.
—¡Albeiro! ¡Ayúdame! —gritó Zafira, fingiendo inocencia y terror—. ¡Él me obligó, yo no quería hacerlo! ¡Albeiro, ven por mí!
Albeiro se detuvo un segundo frente a ella. Zafira esperaba ver al joven manipulable de antes, pero solo encontró los ojos de un lobo Sin decir una palabra, desenvainó su espada y, con un movimiento fulminante, le cortó la cabeza, terminando con la traición de la mujer para siempre. Zafira murió con la sorpresa grabada en su rostro: jamás esperó que aquel joven tuviera la voluntad de un guerrero.
Erika retrocedió, golpeada por la magia negra de Jairon, quien parecía crecer en tamaño y oscuridad. —¡Nadie puede contra el poder de la serpiente legendaria! —rugió Jairon, intentando hipnotizar a los gemelos con sus ojos amarillos.
Pero Albeiro y Andreína corrieron al unísono, sincronizados como el sol y la luna. Ambos sacaron sus piedras de Ilvayem y las sostuvieron frente a ellos. Jairon retrocedió, cubriéndose los ojos mientras su piel empezaba a quemarse bajo la luz pura.
—¿Qué es ese poder? ¡Retírense! —gritaba desesperado.
Intentó lanzar sus hilos mentales, pero chocaban contra el escudo invisible del mineral. Los jóvenes llegaron hasta él y colocaron ambas piedras directamente sobre su cuerpo. El salón se llenó de un chillido agudo mientras Jairon se deshacía, convirtiéndose en ceniza y humo negro hasta que no quedó
Al caer el villano, las cadenas de plata que retenían a Arturo y Esmeralda se deshicieron como si fueran de papel. Ángel, Milagro y Axel recuperaron la conciencia al instante.
—¡Padre! ¡Madre! —gritó Andreína, corriendo hacia ellos.
Arturo, debilitado pero con el orgullo brillando en sus ojos, tomó a sus hijos por los hombros mientras Esmeralda los envolvía en un abrazo desesperado.
—Mis niños... mis valientes niños —sollozaba Esmeralda—. Sabía que sus corazones eran más fuertes que cualquier hechizo.
—Perdónennos —dijo Arturo con la voz quebrada—. Por ser tan malos padres y alejarlos de su verdadero hogar, Por el peso que tuvieron que cargar solos en la isla de la serpiente.
Albeiro miró a su padre a los ojos, con una madurez nueva.
—No pidas perdón, padre. Hiciste lo necesario para que viviéramos. Ahora somos nosotros los que te traemos de vuelta a tu hogar.
Ángel, el abuelo, se acercó a Arturo y a los jóvenes con una mezcla de orgullo y asombro.
—Bienvenidos a casa. No sabía que mi linaje era tan fuerte.
Albeiro hizo una reverencia respetuosa pero firme.
—Mi nombre es Albeiro, hijo de Arturo. Un placer conocerlo, abuelo... abuela.
Andreína, rompiendo el protocolo, corrió hacia sus abuelos y los abrazó con fuerza.
Ángel, con los ojos empañados por la emoción, puso una mano sobre el hombro de un joven que aguardaba en silencio tras él. El joven tenía una expresión serena, casi angelical, pero con la misma nobleza en la mirada que caracterizaba al linaje de los lobos.