El silencio en la oficina privada de Ángel era sepulcral. Se sentaron en círculo, formando una asamblea que jamás se habría creído posible: el linaje de los lobos con Ángel, Milagro, Arturo y Axel; la experiencia de Erika, Kael, Thalía, Esmeralda y la Reina Valeria; y los herederos, Albeiro y Andreína, quienes sostenían el peso del futuro.
Ángel, cruzando sus manos sobre el escritorio de madera de roble, rompió el hielo con una pregunta cargada de sospecha:
—¿Cómo es que saben tanto de esa isla? ¿Cómo terminaron en un lugar que ha estado oculto para nosotros por milenios?
Albeiro tomó la palabra con una seguridad que dejó a sus padres asombrados.
—Déjame explicarte, abuelo. Todo empezó hace diecinueve años. Jairo, esa serpiente legendaria, estaba usando su poder para atraer hechiceros hacia la Isla de las Serpientes. Él había sido encerrado por su propia especie tras causar desastres inimaginables, y necesitaba magia ajena para liberarse.
Albeiro hizo una breve pausa antes de mirar a su madre.
—Cuando mis padres salieron de aquí, no fue casualidad que terminaran allí; fueron atraídos por el hechizo de Jairo. Si ese monstruo no hubiera intervenido, mi madre Esmeralda, por su naturaleza mágica, habría sido guiada directamente a la isla de Ilvayem.
Esmeralda escuchaba con el corazón en la mano, dándose cuenta por primera vez de cómo su vida entera había sido manipulada.
—Ilvayem —continuó Albeiro— es el verdadero hogar de los seres sobrenaturales: hadas de luz, vampiros de las sombras, elfos ancestrales y ninfas de los ríos, entre otros seres especiales, incluidos la mayoría de los hechiceros como yo, mi hermana y mi madre. A causa de esa serpiente, nosotros perdimos la oportunidad de crecer en nuestro verdadero hogar. Cuando Andreína y yo usamos el mapa mágico de mis padres para buscar nuestro origen, Jairo nos lanzó por la borda. Naufragamos y terminamos varados en la Isla de los Hechiceros, que es el corazón de Ilvayem. Solo quienes poseen magia pueden cruzar su barrera, y por eso logramos entrar.
Albeiro señaló a la Reina, quien mantenía la cabeza baja en señal de respeto.
—Allí conocimos a Valerius, el tío de ella, la reina de la isla de Ilvayem. Es un hombre consumido por la ambición que engañó a su propia sobrina para cometer atrocidades. Pero la isla se está muriendo. Valerius ha extraído el mineral sagrado para vendérselo a los humanos, destruyendo por completo los cimientos de la tierra.
El tono de Albeiro se volvió suplicante, desnudando su madurez:
—La isla se hunde, abuelo. Ya no tiene reparo. Ella debe hundirse para que su mineral no sea consumido por la maldad. La única manera de salvar a miles de inocentes, a niños y ancianos que no tienen la culpa de la guerra de sus ancestros, es que los acepten aquí. Se lo ruego, háganlo por nosotros.
Ángel guardó silencio un largo tiempo, mirando fijamente a Milagro y luego a Arturo.
—Albeiro, entiendo tu noble corazón —dijo Ángel con voz grave—. Pero esta reina debe saber que sus antepasados mataron a muchos lobos por puro odio. Nos llamaron salvajes para justificar sus ataques. No creo que su gente quiera convivir con nosotros, ni que los míos acepten a quienes nos despreciaron. Esta es nuestra isla y nuestras normas son sagradas.
En ese momento, la Reina Valeria se puso de pie y, ante el asombro de todos, se arrodilló firmemente frente a Ángel.
—Perdónenos, Gran Alfa —dijo ella con lágrimas en los ojos—. No busco poder ni corona. Mi pueblo está a punto de ser tragado por el mar. Solo quiero que vivan. Si nos permiten entrar, dejaremos atrás nuestras armas y nuestro orgullo, y nos sujetaremos a sus leyes y a su voluntad.
Ángel suspiró, sintiendo el peso de la historia sobre sus hombros.
—Si abrimos las puertas, la isla nunca más podrá cerrarse. Estaremos expuestos al mundo exterior.
Andreína intervino entonces, demostrando una sabiduría que les recordó de inmediato a Samanta:
—Abuelo, fue precisamente el querer excluirnos del mundo lo que obligó a mi madre y a mi padre a irse de la isla; las antiguas hechiceras cometieron un error. El aislamiento solo trae secretos, y los secretos traen monstruos, serpientes como Jairo. Debemos abrir la isla a todos: humanos, hechiceros... todos tienen derecho a la vida.
—¿Y el Ilvayem? —refutó Ángel—. Si los humanos descubren que este mineral puede sanar enfermedades, curar heridas mortales y resucitar a los muertos, vendrán ejércitos enteros a destruirnos para obtenerlo.
—Protegeremos las cuevas —respondió Andreína con firmeza—. Pondremos un hechizo que solo permita la entrada al linaje real. Nadie más podrá tocar el mineral puro. Será nuestro secreto guardado bajo llave, pero el resto de la isla será un refugio para todos.
—Le prometo que mi gente será la más agradecida y leal que jamás haya conocido —insistió una vez más Valeria, desde el suelo.
Ángel se frotó la frente, visiblemente abrumado por el drástico cambio de era.
—Debo pensarlo...
—No hay tiempo para pensar, abuelo —sentenció Albeiro con una sonrisa audaz—. Antes de partir de allá, mandamos mensajes a las sacerdotisas, las hermanas de mi abuela Samanta. Ellas ya vienen hacia acá con el primer grupo. La decisión es tuya: ¿los recibes como hermanos o los dejas morir en la costa?
Ángel miró a su nieto con absoluto asombro. «Es un osado», pensó, pero en el fondo admiraba esa imponente determinación de Alfa. Finalmente, se firmó el tratado. Valeria renunció a su título de Reina; ahora Ángel gobernaría a todos los seres bajo un solo mando, con normas estrictas pero justas.
Apenas se secó la tinta del pacto, un centinela entró jadeando a la oficina:
—¡Señor! ¡Decenas de naves han aparecido en el horizonte! Están repletas de personas... piden entrar.
Ángel miró a Albeiro, quien solo asintió. El joven realmente había dado la orden sin pedir permiso, confiando en que la bondad y la justicia de su familia prevalecerían.