En los aposentos más altos de la corte mística de Ilvayem, la quietud de la tarde fue interrumpida por una anomalía en el aire.
La Sacerdotisa Lila, madre de Kael, y su tía Maeve, se tensaron al unísono cuando el orbe de cristal del templo comenzó a vibrar con un zumbido violento.
El cristal transparente se tornó de un azul profundo y opaco, hasta que se expandió en una gran bola de energía flotante.
Desde el interior de la luz, la figura reflejada de Thalía, la gran sacerdotisa principal, apareció con un aspecto que heló la sangre de sus hermanas.
Su rostro estaba pálido, surcado por el cansancio, y sus ojos reflejaban un terror absoluto.
—Lila... Maeve... si están viendo esto, es porque la barrera del silencio ha caído por unos breves instantes —la voz de Thalía resonó como un eco lejano pero urgente—. Les transmito este mensaje con el último aliento de mi energía. Lo que descubrimos dentro de las cuevas del Ilvayem es perturbador. Fuimos traicionados. Valerius nos dejó encerrados para morir en la oscuridad.
Maeve ahogó un grito, tapándose la boca con las manos.
—No puede ser... —susurró Lila, acercándose a la bola de energía.
—Valerius ha estado usando el mineral sagrado para propósitos ilícitos —continuó el mensaje de Thalía, mientras la gran bola mágica cambiaba de forma, proyectando imágenes nítidas de las profundidades de la cueva. Las paredes, antes brillantes, estaban opacas y rotas, con inmensas grietas donde el mineral había sido arrancado salvajemente—. Ha estado extrayendo el corazón de nuestra tierra para venderlo a los humanos. Ha despojado a la isla de su fuerza vital, y a causa de su ambición, la isla está muriendo. Dentro de pocos días, Ilvayem se hundirá.
Las imágenes mostraron el colapso interno de las estructuras subterráneas. La voz de Thalía se quebró, pero mantuvo la firmeza de una líder:
—Ustedes saben bien que esta isla tiene vida propia. Ella siente. Sabe del daño irreparable que está sufriendo y ha tomado una decisión: debe hundirse en lo más profundo del océano para esconder y ocultar el mineral de la maldad humana para siempre. No hay salvación para nuestra tierra. Tienen que salir de ahí. ¡Huyan de la isla de inmediato!
—¿Huir? ¿A dónde? —preguntó Maeve a la proyección, con la desesperación reflejada en su rostro.
—No le avisen a Valerius bajo ninguna circunstancia —sentenció Thalía—. Vayan directamente con cada líder de cada clan. Muéstrenles este mensaje a través de la piedra mágica de resonancia. Que vean el mineral destruido, las cuevas colapsadas. Díganles que el mar reclamará todo. Dejen que la magia los guíe hacia su nuevo hogar... los estaremos esperando.
La gran bola de energía estalló en mil chispas doradas, dejando el aposento en una penumbra fría. Lila y Maeve se miraron, sabiendo que cada segundo valía una vida.
Sin perder un instante, las hermanas convocaron de urgencia a una reunión clandestina con los líderes de los clanes de hechiceros, hadas y vampiros que por muchas generaciones habían vivido en los bosques y en los muchos pueblos de la isla.
Luego de horas, estando todos reunidos, la tensión en la sala era palpable; muchos monarcas y jefes se negaban a escuchar.
—¡Esto es un absurdo! —bramó uno de los líderes de los hechiceros más antiguos—. ¿Abandonar nuestra isla por el rumor de un colapso? Hemos vivido aquí por generaciones, protegidos por nuestra magia.
—Valerius nos ha engañado. Ha extraído el mineral, tiene un almacén en la isla cargado de nuestro mineral sagrado y ha vendido el suelo que pisan —replicó Lila con voz cortante como el hielo. Sacó la piedra mágica de resonancia y la colocó sobre la mesa—. No nos crean a nosotras. Créanle a los ojos de la Gran Sacerdotisa.
Al activarse la piedra, la proyección flotante de las cuevas destruidas y el mensaje de Thalía se repitieron ante la asamblea.
Al ver los cimientos de la isla hechos pedazos y escuchar la advertencia divina, el escepticismo se transformó en un silencio sepulcral. A los líderes no les quedó otra opción que obedecer. La realidad de la destrucción era innegable.
La orden de evacuación masiva se extendió como un viento helado por toda la isla. La confusión inicial dio paso a una tristeza desgarradora.
Miles de familias comenzaron a empacar lo poco que podían cargar, abandonando los hogares que habían construido durante siglos.
El llanto de los niños y los lamentos de los ancianos llenaban las calles de piedra. Para las personas mayores, el impacto emocional de dejar sus tierras ancestrales era demasiado fuerte; muchos se negaban a caminar, aferrándose a los pilares de sus casas, prefiriendo morir con la isla.
—¡No me iré! ¡Prefiero que el mar me sepulte aquí, donde nacieron mis padres! —gritaba un viejo sanador hechicero.
Ante el caos y la falta de tiempo, Lila tuvo que tomar decisiones difíciles.
—Hermana Maeve y demás hechiceros, usen la magia de adormecimiento —ordenó con el corazón pesado—. Duerman a los ancianos que se resistan. No podemos dejar a nadie atrás. Es por su seguridad.
Con destellos de magia suave, muchos de los más ancianos fueron sedados con un sueño profundo y cargados en camillas hacia los barcos, con una inmensa nube de tristeza cubriendo el proceso.
El tiempo se agotó antes de lo esperado. Mientras las naves comenzaban a llenarse en los muelles principales, un estruendo subterráneo sacudió la isla.
El mar, antes calmo, comenzó a rugir. Las olas empezaron a saltar los rompeolas y el agua salada entró con violencia a los pueblos y distritos más cercanos a la costa.
—¡El agua está subiendo! ¡Los caminos de la costa se están inundando! —gritó un guardia del clan de las hadas, mientras el pánico se apoderaba de la multitud.
El agua inundó las plazas principales de los primeros pueblos costeros, arrastrando pertenencias y sumergiendo las plantas bajas de las casas.
Ver el mar devorando sus tierras fue la prueba final que todos necesitaban: la isla realmente iba a hundirse. El temor venció al orgullo, y las últimas personas que dudaban corrieron hacia las naves.