El Lobo y las Serpientes

Capítulo 35: El Pacto de la Luna. Fin.

El Gran Salón del palacio de Ilvayem vibraba con la energía residual de la teletransportación. Valerius, acorralado contra el mármol, respiraba con dificultad mientras miraba con miedo a Esmeralda. Intentó convocar una última chispa de energía, un contrahechizo, pero sus manos solo temblaron.

Esmeralda no le dio tiempo de reaccionar. Con un movimiento fluido de sus manos, invocó la magia que había en ella, la cual el mineral que colgaba de su pecho le permitía controlar.

De las paredes de piedra sólida surgieron unas pesadas esposas de hierro forjado que envolvieron las muñecas de Valerius, clavándolo contra el muro.

Al mismo tiempo, Albeiro y Arturo se movieron con velocidad, utilizando cuerdas reforzadas para someter y amarrar a los consejeros, ministros y guardias que observaban todo con ojos desorbitados por el miedo.

La Reina Valeria dio un paso al frente. Sus pasos resonaban en el suelo cubierto por unos centímetros de agua marina. Se detuvo a solo un palmo de su tío. Su rostro, antes lleno de maldad, ahora reflejaba una gran madurez.

La bofetada resonó en todo el salón. El rostro de Valerius se giró por el impacto.

—¡Por tu culpa! —exclamó Valeria, con la voz entrecortada por la indignación—. ¡Por tu maldita culpa todo nuestro pueblo tuvo que huir y abandonar su hogar! Jamás pensé que tu avaricia te llevara a tanto, Valerius. Me duele el pecho de solo pensar que te creí... Lamento tanto haber confiado en ti.

—¡Valeria, por favor! —gritó Valerius, desesperado, mientras el agua empezaba a entrar en el palacio—. ¡Tienes que soltarme! Mírame, soy tu sangre. Acuérdate de quién te crió; te traté como a una hija desde que tus padres no están. ¡No puedes dejarme aquí! ¡Soy tu tío!

Valeria retrocedió un paso, dándole la espalda con firmeza.

—Un padre no destruye el hogar de sus hijos por unas cuantas monedas humanas —sentenció ella, sin mirarlo.

Los cinco héroes se acercaron y se tomaron fuertemente de las manos en el centro del salón. Esmeralda miró por última vez al tirano y a sus cómplices.

—No tienes poder, Valerius. Ya ni siquiera eres un hechicero; el mineral sagrado te abandonó y ahora eres tan frágil como un humano ordinario —dijo Esmeralda con voz severa—. Tu destino está escrito en estas paredes que se hunden. Morirán ahogados en la prisión que ustedes mismos cavaron.

Antes de que Valerius pudiera gritar otra súplica, la neblina plateada y dorada los envolvió. En un parpadeo, el Gran Salón quedó vacío, habitado solo por el rugido del océano que reclamaba su territorio.

La transición fue inmediata. El grupo apareció en los límites de la Isla de los Lobos, la hermosa Isla Lumina. El aire aquí era fresco, lleno de vida y libre de la pesadez de la destrucción.

No había pasado mucho tiempo desde su partida, por lo que las primeras naves de refugiados apenas comenzaban a atracar en los muelles.

El caos de la llegada era inmenso. Vampiros, hadas, elfos y hechiceros bajaban de los barcos con rostros desencajados, mirando a su alrededor con desconfianza y tristeza. Sin embargo, la organización de la Isla Lumina se activó de inmediato.

Arturo y Valeria se pusieron al frente de la situación. Con la ayuda de los guerreros locales, guiaron a las miles de personas hacia un enorme campo abierto rodeado de árboles ancestrales.

En pocas horas, el lugar se transformó en un campamento masivo lleno de tiendas provisionales, hogueras, mantas y alimentos calientes.

Valeria caminaba entre las familias, entregando suministros con sus propias manos. Una anciana hechicera, que acababa de despertar del hechizo de adormecimiento, la tomó de la mano.

—Majestad... ¿es verdad lo que dicen? ¿Nuestra tierra desapareció? —preguntó la anciana con lágrimas en los ojos.

Valeria se arrodilló frente a ella, sosteniendo sus manos temblorosas.

—Ilvayem se ha ocultado para protegerse, mi señora. Pero les prometo que aquí no les faltará nada. Mi tío nos traicionó a todos, pero yo estoy aquí con ustedes. No los voy a abandonar.

—Gracias, Reina Valeria —murmuró un elfo que escuchaba cerca—. Al menos tuviste el valor de sacarnos de esa tumba.

A pesar del agradecimiento, el murmullo de la incertidumbre crecía entre la multitud. Los recién llegados miraban las tiendas de campaña con preocupación.

Muchos se preguntaban cómo vivirían de ahora en adelante, pues no querían pasar el resto de sus vidas en un campamento provisional; extrañaban las comodidades y la seguridad de un hogar propio.

Conscientes de esta preocupación, se convocó a una gran asamblea días después en el corazón del territorio del clan de los lobos. En una mesa circular construida bajo la luz de la luna llena, se reunieron los líderes principales.

Por un lado, las sacerdotisas Thalía, Maeve, Lila y Andreína representaban la fe y la magia de los refugiados, acompañadas por Valeria y Arturo. Por el otro lado, el Gran Alfa Ángel, su compañera Milagro, y los monarcas de las diferentes regiones de la Isla Lumina.

Al final del día, todos los presentes compartían la misma sangre o los mismos lazos antiguos; eran familia y, a pesar de que habían tenido conflictos en el pasado, eso había quedado ahí, sepultado en el ayer. El ambiente, aunque serio, desbordaba amor y empatía.

Ángel, el Gran Alfa, se puso de pie, extendiendo sus manos hacia los recién llegados.

—Nuestra isla es próspera y es lo suficientemente grande para todos. Al final del día, seamos lobos, vampiros, hadas o hechiceros, todos somos hijos de Selene, la grandiosa Diosa de la Luna. No podemos darle la espalda a nuestros hermanos.

La Sacerdotisa Thalía asintió con una sonrisa aliviada.

—Aceptamos tu hospitalidad, Gran Alfa. Nuestro pueblo necesita estabilidad y un lugar donde echar raíces nuevamente.

Esa misma noche, sobre un altar iluminado por la energía lunar, se firmó un pacto histórico. Los líderes prometieron una paz duradera. Se acordó que todas las especies vivirían sujetándose a las normas generales de convivencia dictadas por el Gran Alfa Ángel y sus sucesores.




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