Hay heridas
que no se ven…
pero cambian la forma
en la que te hablas,
en la que te miras,
en la que permites que otros te traten.
Son silenciosas,
pero profundas.
Te hacen dudar de lo que mereces,
te acostumbran a lo mínimo,
te convencen
de que pedir más
es pedir demasiado.
Y sin darte cuenta,
te vuelves pequeño
para caber en lugares
que nunca fueron para ti.
Hasta que un día algo dentro se cansa…
y entiendes
que sanar
también es dejar de conformarte.
Ser amable contigo
puede sentirse extraño al inicio.
Después de tanto tiempo
siendo tu peor crítico,
de exijirte más de lo que podías dar,
de culparte incluso por sentir…
tratarte con suavidad
se siente casi ajeno.
Pero poco a poco cambia.
Empiezas a notar
que no todo error define quién eres,
que no todo mal día
significa que estás fallando.
Empiezas a darte permiso
de no poder con todo,
de descansar,
de simplemente ser.
Y en ese permiso…
hay algo que sana.
Durante mucho tiempo
acepté menos de lo que merecía.
No porque no lo supiera…
sino porque en el fondo
creía que era lo único que podía tener.
Me quedé donde no me cuidaban,
donde tenía que pedir atención,
donde amar dolía más de lo que sanaba.
Y lo normalicé.
Normalicé el silencio,
la duda,
la incertidumbre…
hasta que entendí
que el amor no debería sentirse así.
Merecer
no debería doler tanto de aceptar.
Pero cuando vienes de lugares
donde te hicieron sentir insuficiente,
donde tu valor dependía de cuánto dabas,
de cuánto aguantabas…
creer que mereces algo mejor
se siente casi imposible.
Y aun así…
hay una parte de ti
que lo sabe.
Que sabe que mereces calma,
respeto,
amor sin condiciones.
Y esa parte…
aunque a veces esté en silencio,
nunca deja de existir.