Aceptarme
no ha sido fácil.
Porque crecí creyendo
que siempre había algo en mí
que debía cambiar.
Mi forma de ser,
de pensar,
de sentir…
siempre parecía “demasiado”
o “insuficiente”.
Y así pasé mucho tiempo
intentando corregirme,
esconder partes de mí,
adaptarme a lo que encajara mejor.
Pero nunca era suficiente.
Hasta que entendí
que tal vez el problema
no era quién soy…
sino cuánto me rechazaba.
Y poco a poco
empecé a mirarme distinto.
No con amor perfecto,
pero sí con menos rechazo.
Y eso…
ya fue un comienzo.
Elegirme
no fue una decisión de un día.
Es algo que tengo que hacer
una y otra vez.
En lo que permito,
en lo que acepto,
en lo que dejo pasar
y en lo que decido soltar.
Es irme
cuando algo no me hace bien,
aunque me cueste.
Es quedarme conmigo
aunque a veces no sea fácil.
Es no abandonarme
por encajar,
por amor,
por miedo a estar solo.
Elegirme
no siempre se siente fuerte…
a veces se siente triste,
a veces duele,
a veces deja vacío.
Pero aun así…
es lo más honesto que puedo hacer por mí.