Ya no explico tanto.
No explico por qué me alejo,
por qué cambio,
por qué ya no acepto lo mismo.
No porque no tenga razones…
sino porque entendí
que no todos las van a entender.
Y está bien.
Porque elegirme
no necesita aprobación.
No necesito que todos estén de acuerdo
para saber que algo no me hace bien.
No necesito justificar
mi paz,
mis decisiones,
mis límites.
Esta vez…
me basta con saber
que estoy siendo fiel a mí.
Y eso…
es suficiente.
Me costó aceptar
que no todo depende de mí.
Que no todo se arregla
intentando más,
dando más,
quedándome más tiempo del que debería.
Había algo en mí
que siempre quería insistir,
arreglar,
salvar lo que claramente no estaba funcionando.
Como si amar
fuera sinónimo de aguantar.
Pero no.
Hay cosas
que no cambian porque tú lo intentes más,
personas que no van a darte
lo que no saben dar.
Y entender eso…
dolió.
Porque no era falta de amor,
era falta de realidad.
Y entonces solté.
No porque dejé de querer,
sino porque entendí
que insistir también puede ser una forma
de no elegirme.