Me acostumbré
a pedir lo básico.
A pedir atención,
tiempo,
interés…
como si fuera mucho,
como si estuviera exigiendo demasiado.
Y no.
Nunca fue demasiado.
Era lo mínimo.
Pero cuando te acostumbras a poco,
empiezas a ver lo mínimo
como si fuera un regalo.
Y ahí te pierdes.
Te conformas,
te adaptas,
te haces pequeño
para no perder lo poco que te dan.
Hasta que un día te cansas.
Y entiendes
que el amor no se mendiga,
no se suplica,
no se ruega.
Se da…
y también se recibe.
Y si no es así…
no es ahí.
Dejé de confiar en mí
por mucho tiempo.
Dudaba de mis decisiones,
de lo que sentía,
de lo que intuía.
Pensaba que exageraba,
que estaba equivocado,
que tal vez el problema era yo.
Y me ignoré.
Ignoré mis señales,
mis incomodidades,
mis límites…
y pagué el precio.
Pero estoy volviendo.
Volviendo a escucharme,
a creer en lo que siento,
a no invalidarme todo el tiempo.
Porque al final…
nadie vive dentro de mí.
Y si no confío en mí…
¿en quién?