Hubo un tiempo
en el que sentía
que tenía que explicar todo.
Por qué me iba,
por qué me dolía,
por qué cambiaba,
por qué ya no quería lo mismo.
Como si mis decisiones
necesitaran aprobación
para ser válidas.
Y me cansé.
Me cansé de justificar mi dolor,
de traducir mis límites,
de intentar que todos entendieran
lo que ni yo sabía explicar del todo.
Y entonces dejé de hacerlo.
No porque no importe…
sino porque entendí
que no todos tienen que entenderme.
Y está bien.
Porque ahora sé
que lo que siento
es suficiente razón.
Aprendí a callar…
pero distinto.
No desde el miedo,
no desde el aguantar,
sino desde la elección.
Aprendí que no todo
merece mi energía,
ni mi tiempo,
ni mi respuesta.
Que hay batallas
que no son mías,
palabras que no me definen,
situaciones que no valen
lo que me quitan.
Y por primera vez…
no reaccionar
no se sintió como perder,
se sintió como paz.