No fue un momento exacto.
No hubo un día
en el que desperté
y todo estaba bien.
No hubo una señal clara,
ni una respuesta mágica
que acomodara todo lo que sentía.
Fue más lento…
más silencioso.
Fue en pequeños momentos
que casi no noté al principio.
En las veces que ya no reaccioné igual,
en las decisiones que tomé distinto,
en las veces que elegí irme
aunque una parte de mí quisiera quedarse.
Fue en los días
en los que dolía menos,
aunque todavía doliera.
En las noches
en las que ya no pensaba tanto,
o al menos…
ya no me destruía igual.
Y sin darme cuenta,
empecé a cambiar.
No hacia alguien perfecto,
no hacia alguien que ya no siente,
sino hacia alguien
que ya no se abandona.
Aprendí a escucharme,
aunque no siempre entienda lo que siento.
A respetarme,
aunque a veces dude.
A quedarme conmigo,
aunque no siempre sea fácil.
Aprendí que sanar
no es olvidar,
ni dejar de sentir,
ni volverte fuerte todo el tiempo.
Sanar…
es dejar de pelear contigo.
Es entender
que hiciste lo que pudiste
con lo que tenías en ese momento.
Es perdonarte
por no haber sabido más antes.
Es mirarte
y, por primera vez,
no sentir rechazo.
Hubo pérdidas,
hubo despedidas,
hubo versiones de mí
que tuve que dejar atrás.
Y sí…
dolió.
Pero también hubo algo más.
Hubo crecimiento,
hubo claridad,
hubo una calma
que antes no conocía.
Porque ahora entiendo
que no todo lo que se fue
era para quedarse,
y no todo lo que dolió
era para destruirme.
Algunas cosas vinieron
a enseñarme,
a mostrarme,
a despertarme.
Y aunque en su momento
no lo entendí…
hoy lo agradezco.
No por lo que me hicieron,
sino por lo que descubrí en mí
después de eso.
Hoy no soy la misma persona.
Y no quiero serlo.
Porque esa versión de mí
aguantaba demasiado,
callaba demasiado,
se conformaba con poco.
Hoy no.
Hoy me elijo.
No perfecto,
no siempre seguro,
no siempre fuerte…
pero consciente.
Consciente de lo que merezco,
de lo que no quiero volver a vivir,
de lo que ya no estoy dispuesto a aceptar.
Y eso…
cambia todo.
Porque ya no busco que alguien me salve,
ya no espero que otros llenen lo que me falta,
ya no me pierdo por quedarme donde no soy feliz.
Ahora me tengo.
Y eso
es lo más importante que aprendí en todo este camino.
Que puedo caer
y aun así volver a mí.
Que puedo dudar
y aun así elegirme.
Que puedo sentirme mal
y aun así no abandonarme.
Y tal vez eso es sanar…
no dejar de romperte,
sino aprender
a no quedarte en pedazos.
Hoy no tengo todo resuelto,
no tengo todas las respuestas,
no soy todo lo que quiero ser.
Pero estoy en camino.
Y esta vez…
no me voy a dejar atrás.
Porque después de todo,
de cada caída,
de cada error,
de cada vez que me perdí…
siempre encontré la forma
de volver.
Y al final…
eso fue lo que me salvó.
Volver a mí.