El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Prólogo

Matuc, año 216 después de la conquista

Toda la aldea dormía, ajena al horror que la noche traería consigo. Sus atalayas y casas de madera y piel, levantadas con siglos de sabiduría y magia, se alzaban orgullosas bajo el cielo sin estrellas. Un silencio profundo reinaba en las calles empedradas, roto solo por el lejano susurro del viento que acariciaba las antiguas empalizadas. El lugar conocido en todo el reino de Horok por su linaje de hechiceros poderosos, se encontraba en una paz inquietante. En la oscuridad, las antorchas encendidas proyectaban sombras danzantes, presagio tácito de los horrores que estaban por desatarse.

Desde los densos bosques circundantes, un grupo de varakros, observaban con ojos brillantes y hambrientos. Los elfos corruptos, conocidos por su crueldad y magia oscura, eran una amenaza latente que había permanecido durante mucho tiempo. Esa noche, liderados por Dajvaris, uno de los generales más temidos del ejército de Okdev, había venido a reclamar la sangre de los magos de Matuc. El aire estaba cargado de tensión, y cada hoja que crujía bajo los pies de los invasores parecía resonar como un auspicio de la muerte inminente.

Dajvaris era una figura imponente, con una estatura que sobrepasaba la de cualquier humano. Su piel era pálida como la cera, contrastando con sus ojos rojos como una luna de sangre, llenos de una malevolencia pura. Su armadura oscura estaba adornada con runas antiguas de un dialecto casi perdido que pulsaban con una energía siniestra. En su pecho colgaba un talismán con un cristal de sangre, símbolo de su dominio sobre la magia oscura. Alzó su espada y murmuró palabras en una lengua ancestral, el áskergos: “Daj sept ferma vermith”. Una niebla espesa comenzó a surgir del suelo, cubriendo el bosque y avanzando hacia la aldea, como una serpiente de humo que buscaba asfixiar a su presa.

La niebla se deslizó entre las casas, envolviendo a Matuc en una opacidad que hizo que hasta la luz de las antorchas pareciera morir. Los varakros, aprovechando la cobertura, se movieron como sombras vivientes, silenciosos y letales. Los primeros en caer fueron los pocos centinelas. Con cuchillas envenenadas, los elfos oscuros degollaron a los guardias, sus cuerpos desplomándose en silencio, sus gargantas abiertas y sangrantes. La sangre empapaba el suelo, alimentando la oscuridad que se cernía sobre Matuc, mientras que extraían de ella todo su poder.

Dentro de una de las casas, un niño de 9 años llamado Zayn dormía inquieto. Sus sueños estaban plagados de imágenes de fuego y destrucción, presagios de la masacre que estaba por desatarse. Su abuelo, el mago anciano Arkon, se encontraba en la sala común, rodeado de libros antiguos y pergaminos. Sus sentidos agudizados por la magia captaron la presencia del mal antes de que cualquier otro pudiera percibirla. Se levantó de su silla, sintiendo un escalofrío recorrer su espina dorsal. Los varakros estaban aquí.

El asalto comenzó en silencio, pero pronto la noche se llenó de gritos de terror y el resplandor de llamas siniestras. Los elfos oscuros atacaron con una ferocidad implacable, sus movimientos precisos y letales no permitieron la reacción de los habitantes de la aldea. Cada casa que tomaban era reducida a escombros, todos fueron masacrados sin piedad. La magia prohibida de los varakros corrompía todo lo que tocaba, drenando la energía y la vida de los magos de Matuc… robando la fuente de sus poderes. Las calles se llenaron de cuerpos, y la sangre corría como ríos a través de las piedras. Dajvaris utilizaba su gran poder para reanimar los cadáveres ya consumidos para multiplicar los asaltantes en la aldea. Los revenantes de sangre, como se los conoce, volvían de forma temporal haciendo de la imagen del caos, mucho más escabrosa. A pesar de los desmembramientos, los revenantes, huecos, sin alma, continuaban luchando envueltos en una purpúrea y humeante aura.

Dajvaris caminaba entre la carnicería con una sonrisa de satisfacción. Su cristal de sangre brillaba con una luz oscura, su energía estaba siendo alimentada por los magos caídos. Los varakros seguían sus órdenes con una devoción fanática, sabiendo que cada gota de sangre derramada fortalecía sus propios poderes. La vitalidad y energía de un mago era mucho más provechosa que la de un simple mortal.

Dajvaris se detuvo frente a la casa de Arkon, sintiendo la poderosa presencia del anciano mago. Hizo un gesto y varios de sus guerreros avanzaron, listos para destruir todo lo que encontraran a su paso.

Arkon, consciente del peligro, alertó a su nieto con urgencia:

—Zayn, despierta. Debemos irnos ahora. —El niño abrió los ojos, aún somnoliento y confundido, pero el tono de su abuelo lo sacó rápidamente de su estupor. Se levantó de la cama y siguió a Arkon hacia la sala común.

—Abuelo, ¿qué está pasando? —preguntó con voz temblorosa. Arkon no tuvo tiempo de explicarle en detalle.

—Los varakros están aquí. Debemos huir antes de que nos encuentren —replicó casi en un susurro.

El sonido de la puerta principal siendo derribada resonó en la casa. Arkon levantó la mano, pronunciando un hechizo rápido que levantó una barrera de fuego frente a la entrada. No duraría mucho, pero les daría unos momentos preciosos para escapar. El anciano mago condujo a Zayn hacia una trampilla oculta bajo la alfombra.

—Baja, rápido —indicó, abriendo la trampilla que revelaba un túnel de escape. Zayn comenzó a descender, pero antes de que Arkon pudiera seguirlo, la barrera mágica se rompió y los varakros irrumpieron en la sala no antes de que el anciano pudiera encubrir la via de escape.




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