El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 1

Dallh, año 223 después de la conquista

La noche no cayó de golpe. Se deslizó tímidamente sobre el sur del reino de Horok. Primero apagó los colores, luego las distancias, y al final comenzó a borrar los rostros. Dallh no tenía murallas altas ni torres orgullosas; su defensa siempre había sido el tránsito constante y el comercio variado. Era quizás una ilusión de que nadie se quedaba lo suficiente como para reclamarla. A esa hora, la villa se parecía más a un animal cansado que a un asentamiento humano, respiraba despacio, soltando vapor desde las bocas de las tabernas, acumulando sombras en los rincones donde nadie miraba.

Zayn, un joven de aspecto descuidado, avanzaba con el cuerpo tenso, no por amenaza, sino por necesidad. Cada paso estaba medido. No porque fuera prudente, sino porque el cuerpo ya no respondía bien a los esfuerzos. El hambre no era un rugido continuo; era un pulso irregular que subía desde el vientre, se cerraba sobre sí mismo y volvía a soltarse. Le endurecía la mandíbula. Le volvía torpes los pensamientos.

Había llegado desde Vulkan, el límite sur del reino, tras casi dos días de marcha sin descanso real. Los caminos no ofrecían refugio gratuito, y menos a un muchacho solitario. Los pocos tramos donde había encontrado algo parecido a comida habían sido insuficientes: cortezas hervidas, pan viejo, agua turbia. Nada que sostuviera. Nada que calmara.

El cuerpo lo recordaba todo.

Dallh se abría ante él con la indiferencia de los lugares acostumbrados al paso. Las casas de barro endurecido y madera oscura se sostenían unas a otras como viejos que se niegan a caer mientras haya alguien cerca. Bajo la luz baja del atardecer, las paredes reflejaban un cobre apagado, sin brillo, sin promesa. No era belleza; era resistencia.

El mercado seguía activo. Voces cruzadas, trueques rápidos, discusiones apagadas. En Dallh se vendía lo que se podía cargar y lo que no se preguntaba demasiado. Comida caliente para quien tuviera monedas. Armas reparadas para quien supiera mirar defectos. Amuletos con historias cambiantes según el comprador. Animales flacos, nerviosos, acostumbrados a cambiar de manos sin entender por qué.

Zayn metió la mano en el bolsillo derecho y sacó las dos monedas de bronce que le quedaban. El metal estaba gastado, tibio por el contacto constante con la piel. El rostro del rey Horok apenas se distinguía ya, la corona reducida a líneas borrosas, la expresión convertida en una sombra sin intención. Las sostuvo un instante más de lo necesario, no por respeto, sino porque eran livianas. Demasiado livianas para lo que valían.

Dos monedas. Una comida.

Después, nada.

Las cerró en el puño. La decisión no fue heroica ni reflexiva. Fue práctica. El cuerpo no aceptaba aplazamientos.

Se abrió paso entre la gente sin pedir permiso. Nadie lo notó demasiado. En Dallh, los rostros jóvenes pasaban sin dejar rastro. Todos caminaban rápido, como si detenerse implicara ser elegido por algo peor que el hambre. El aire ya tenía ese filo del invierno próximo, una sequedad que se colaba en la garganta y obligaba a tragar saliva incluso sin sed.

Cuando llegó a la barra de uno de los puestos de comida, un cuerpo pequeño chocó contra él con una violencia exagerada. El impacto fue torpe, mal calculado, demasiado evidente para ser accidental.

—¡Hey, ten cuidado por dónde vas! —escupió una voz joven, ya en retirada.

Zayn giró apenas la cabeza.

—Tal vez deberías hacer lo mismo —respondió, sin elevar el tono.

El muchacho, incluso más bajo que Zayn, no se detuvo. Flaco, ropa gastada, pasos rápidos. Se perdió entre los cuerpos antes de que joven hambriento pudiera decir algo más. No le dio importancia. Se volvió hacia el mercader, apoyó la mano en el mostrador áspero y llevó la otra al bolsillo.

Nada.

La ausencia fue inmediata, brutal en su simpleza. No hubo duda ni revisión. El peso había desaparecido. Giró sobre sí mismo con un movimiento seco, recorriendo el entorno con la mirada.

—¡Ladrón! —gritó, y salió corriendo.

La plazoleta central estaba llena. Demasiada gente, demasiados caminos. El chico se diluyó entre túnicas, carretas, voces. Zayn se detuvo un segundo, el aire entrando con dificultad en los pulmones. No era una pausa reflexiva; era una falla del cuerpo. Aun así, giró calle arriba. No podía permitirse perder esas monedas. No esa noche.

Corrió sin gracia, con la respiración desordenada. Miraba esquinas, puertas, sombras. El ladrón no aparecía. Cuando ya estaba por regresar, vencido por el ruido y el movimiento, lo vio.

El muchacho trepaba un tejado con la facilidad de quien ha escapado así antes.

—¡Devuélveme lo que es mío! —gritó Zayn.

El chico no respondió. Saltó.

Zayn escaló el muro con torpeza primero, con urgencia después. Las manos resbalaron en el barro seco, las botas golpearon tejas sueltas que crujieron bajo su peso. El mundo se redujo a superficies inestables y respiración forzada. Luego de una breve, pero agitada persecución, el ladrón cayó sobre un montón de heno desde lo alto y siguió corriendo hacia la última calle.

Al doblar una esquina, su rostro se estrelló contra algo sólido.




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