El sol se asomó por el horizonte de la costa este de Dallh con una lentitud que parecía deliberada, como si también él supiera que no había nada digno de iluminar en la aldea mercante. La primera luz tocó las cumbres y resbaló por las laderas de piedra hasta derramarse, sin resistencia, sobre el páramo. El amanecer allí era una capa delgada de claridad sobre una extensión que no devolvía vida, solo formas.
El páramo de Fendal se abría inmenso entre la ciudad mercante y el bosque de Purpon, el siguiente destino en la ruta hacia la gran ciudad de Blackland. Era una extensión larga, desolada, de esas que no se terminan en una jornada, aunque el sol lo prometa. El aire ya venía seco desde la noche y el calor, apenas el día empezó a afirmarse, se instaló sobre la piel como una presión incómoda. No quemaba aún, pero avisaba.
A esa hora, cuando el cielo todavía tenía restos de sombra en los bordes, el terreno parecía una piel vieja, con costras de tierra endurecida y hierbajos ralos que crecían donde podían, delgados como alambres, quebradizos bajo las botas. El polvo se levantaba con cada paso y se pegaba a la boca, a las fosas nasales, a la ropa. Con el tiempo se volvía parte del cuerpo. En Fendal nadie caminaba limpio.
Las leyendas sobre aquel paraje se repetían en tabernas y fogones, pero no como cuentos de orgullo, sino como recordatorios de lo que ocurre cuando la magia se usa sin medida. Decían que allí había existido un gran valle, llanuras verdes que parecían no acabar nunca y un lago en el centro, tan profundo que los pescadores juraban haber visto sombras enormes moverse bajo el agua. Decían que por la noche el reflejo de la luna se extendía como una sábana sobre la superficie y que era imposible mirar sin sentir una calma extraña, como si el mundo hubiera sido hecho para estar en equilibrio.
De ese equilibrio no quedaba nada.
La Batalla de los Valles, una de las más feroces del reinado, había arrancado la belleza como se arranca una lengua. Los varakros, los elfos oscuros apostados en los bosques encantados de Mussag, habían confrontado al reino con una magia que no se conformaba con matar hombres, quería destruir ciudades, romper rutas, borrar lugares. El tipo de magia que usaron no tenía el carácter limpio del fuego una hoguera; era un fuego voraz, difícil de sofocar. El hielo no era solo frío; era una dureza que partía piedra y dejaba el suelo quebrado como un vidrio viejo. Las magias oscuras se mezclaron con ambas, y durante mucho tiempo el valle fue golpeado hasta volverse irreconocible.
El ejército imperial de Horok respondió con brutalidad y disciplina. Ganó, sí. Exiliando a los varakros hacia su bosque. Pero el precio fue la tierra misma. Fendal quedó como un resto, un campo sin lago, sin verde, sin refugio. Un lugar que parecía sostener todavía, en su polvo, el eco de hechizos que no se fueron.
Mussag, el bosque rojo encantado, se convirtió en frontera no por muralla sino por temor práctico. Estaba lleno de ilusiones, de peligros de los que se hablaba con la boca apretada. Nadie del reino que se hubiera aventurado a explorarlo volvió jamás, o al menos no volvió con ojos que miraran igual. Y aunque los varakros ya no saqueaban aldeas como antes, la idea de ellos seguía viva, un enemigo que no desaparece, solo se repliega.
Zayn caminaba junto al guerrero grandulón dejando atrás Dallh. La ciudad quedó reducida pronto a formas en la distancia, techos de barro, humo tenue, movimiento humano que se volvía insignificante cuando el terreno se abría. La noche anterior habían comido lo justo, lo compartido, y el cuerpo todavía lo agradecía, aunque el estómago no tardó en recordar que el camino no tiene piedad.
A medida que avanzaban, el sol comenzó a calentar con más decisión. El sudor aparecía primero en la nuca, luego bajo las axilas, luego en la espalda. La ropa, ya manchada de polvo, se pegaba a la piel. El peso de la caminata se notaba en los tobillos, en la planta de los pies, en la forma en que la respiración se hacía más corta cuando el terreno se volvía irregular.
Fendal ofrecía pocos puntos de referencia. Algún cactus gigante se alzaba a lo lejos, enorme, oscuro, solitario, y servía como marca para quienes conocían el camino. No invitaba a acercarse. Parecía más bien un testigo inmóvil.
Lo único que rompió la monotonía del paisaje fue la sombra de un arquel cruzando muy por encima de sus cabezas. El ave era grande, de plumaje grisáceo oscuro, con un pico fuerte, curvo. Planeaba sin esfuerzo, describiendo un círculo amplio, como si midiera el mundo. Se alimentaba de carroña y, por lo general, era tranquila mientras no la molestaran. Pero su presencia siempre dejaba una sensación incómoda, recordaba que en esos lugares, incluso la naturaleza esperaba la caída de algo.
Isca se pasó la mano por la frente para limpiar el sudor. Su barba, frondosa, recogía polvo en los bordes. La pechera de cuero tachonado crujía al moverse. El escudo colgaba a su espalda, golpeando leve con cada paso, y la espada en la cintura parecía estar allí no por amenaza inmediata, sino por hábito.
—Oye, Zayn —dijo, sin detenerse—. Ya que el camino va a ser largo, ¿por qué no me cuentas un poco de tu historia? ¿Qué te trae por estas tierras?
Zayn ajustó el paso para quedar más cerca. Su túnica de lino era simple y estaba desgastada. El colgante con una piedra negra descansaba contra su pecho, opaco incluso bajo el sol. Llevaba una daga en su cintura que no parecía gran cosa comparada con el equipo de Isca, pero al menos era algo sólido.
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Editado: 12.03.2026