El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 3

El camino hacia Purpon fue un trayecto pesado por clima cálido y seco.

El páramo de Fendal se extendía detrás como un horizonte interminable. Bajo el sol del mediodía, parecía quieto, pero esa quietud era un engaño. La luz, reflejada en el polvo, les raspaba los ojos.

Caminaron durante horas sin un descanso real.

El calor de Fendal castigaba durante el día y, cuando la tarde empezaba a inclinarse, el cuerpo ya sabía lo que venía, el frío se colaba rápido por ese terreno abierto, sin árboles, sin rocas altas, sin nada que detuviera el viento. De noche, aquel páramo se volvía otro lugar. No era un frío amable; era un frío que mordía hasta que los dedos se volvían torpes y los pensamientos también. Y en la oscuridad, cuando el mundo deja de verse, las bestias dejan de temer. Esa idea se mantenía en silencio entre los tres, empujándolos a sostener un ritmo que el cuerpo no terminaba de corresponder.

Isca iba adelante, marcando el paso como si el cansancio fuera una decisión. El escudo en la espalda golpeaba cada pocos pasos, y la correa le había dejado una marca rojiza en el hombro.

Zayn caminaba con la túnica de lino pegada al cuerpo por el polvo y el calor. Los pies le ardían dentro de las botas, y cada vez que apoyaba el talón sentía un pinchazo, como si la tierra le recordara que era más dura que él. El colgante de ónix le golpeaba el pecho con un peso extraño, y de tanto en tanto lo tocaba por instinto, no para calmarse, sino para confirmar que seguía allí.

Emma mantenía el paso con una disciplina silenciosa. La túnica celeste había perdido parte de su pureza, el borde estaba manchado de tierra y sus botas, demasiado finas para esa ruta, levantaban polvo que se le pegaba a los tobillos. Su cabello, recogido al principio con cierta prolijidad, ya se le había soltado en mechones que se adherían a la frente.

El sol descendía hacia el oeste y esa sola imagen bastaba para obligarlos a apurar.

No corrían, caminaban con ese ritmo de quienes saben que quedarse en Fendal durante la noche es un error que se paga a un precio demasiado alto.

Cuando el agobio empezaba a hacerse insoportable Isca levantó la mirada. Se detuvo un instante, apenas, lo suficiente para enfocarse.

La expresión le cambió. La boca, seca por el calor, se le abrió en una sonrisa inesperada, casi juvenil por lo limpia.

—¡Árboles a la vista! —exclamó con un entusiasmo que sonó fuera de lugar en ese páramo.

Zayn entrecerró los ojos, forzando la vista hacia el horizonte. No vio más que el mismo marrón extendiéndose, con alguna sombra dudosa que podía ser humo, una colina, o nada.

—No veo nada —repuso, y el cansancio le endureció la voz—. Solo más hierbajos y camino.

Isca no discutió. Simplemente lo miró de reojo, y sin pedir permiso, lo agarró por la cintura y lo levantó de golpe. No fue un gesto delicado. Fue práctico, fuerte. Zayn soltó un sonido breve, entre sorpresa y protesta, pero Isca ya lo había colocado sobre su hombro como si fuera un saco liviano.

Desde esa altura, el horizonte cambió por perspectiva.

Zayn vio una línea oscura, lejana, que no era polvo ni piedra. Era una mancha densa, irregular, como si el mundo por fin tuviera algo que ofrecer además de distancia. Esa mancha se repetía, se multiplicaba, y de pronto se volvió clara: copas de árboles.

—…Es verdad —dijo, y la voz se le quebró un poco por la sorpresa—. Árboles a la vista.

Levantó los brazos, como si el gesto pudiera acercarlos.

—¡Mira, Emma! Allá… allá está el bosque. Isca tenía razón.

Emma los observó y, por primera vez en horas, el rostro le cedió. Una risa le escapó, breve, incrédula, como si el cuerpo no recordara cómo se hacía.

—Ustedes están locos —dijo, y la risa se le volvió más franca—. Pero gracias a Odhar… no vamos a pasar la noche en el páramo.

Isca dejó a Zayn en el suelo y los tres retomaron el paso con una energía nueva, no porque el cansancio hubiera desaparecido, sino porque ahora tenía sentido aguantarlo.

El bosque se fue haciendo más real a cada minuto. Primero fue una línea, luego sombra, luego textura. El aire cambió antes de que llegaran, una humedad ligera, un olor a tierra viva, a corteza, a hojas. El viento, al entrar en la masa de árboles, ya no pegaba como golpe; se dividía, se suavizaba.

Unos largos minutos después, alcanzaron el límite de Purpon.

Las primeras sombras bajo los árboles fueron un alivio inmediato. El sol seguía alto, pero ya no caía directo sobre la nuca. La temperatura bajó un poco, lo suficiente para que el cuerpo dejara de sentirse un horno.

Zayn caminó dos pasos dentro del bosque y se detuvo frente a un árbol de wudgus.

No era un tronco cualquiera. Era grueso, rugoso, con una corteza oscura que parecía absorber luz. Entre las ramas colgaban frutos rojos, maduros, brillantes como sangre fresca.

Zayn no lo pensó. Se abrazó al tronco como si fuera un gesto ridículo y necesario a la vez. Apoyó la frente contra la corteza un segundo, respiró el olor a madera húmeda, y empezó a arrancar los frutos más grandes, los más rojos, con manos ansiosas.

Desde la noche anterior no habían comido nada.




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