El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 4

Los últimos árboles del gran bosque de Purpon quedaron atrás con un susurro de hojas. La sombra densa se abrió de golpe y el mundo cambió de textura.

La llanura de Arbanst se extendía al frente como una promesa demasiado limpia para ser verdadera. Era una planicie ancha, cubierta de verde bajo un cielo azul que parecía recién lavado. Flores dispersas salpicaban el pasto como manchas de pintura, y el aire tenía una brisa fresca que olía a agua abierta. Al oeste, el río Dotba marcaba un borde vivo, un curso ancho, de corriente agitada, que arrastraba espuma y reflejaba el sol en fragmentos móviles. Su cuenca serpenteaba hacia el noroeste y, siguiendo esa línea de agua, Yakart quedaba a no más de medio día de camino.

El contraste con Fendal y con el bosque era casi ofensivo. Allí, la luz no pesaba, no arañaba los pulmones. Allí, por primera vez en días, el horizonte no parecía una amenaza.

Isca se detuvo un instante, respiró hondo como si quisiera llenar el pecho con ese cambio, y clavó la mirada en el río.

—Qué hermoso lugar… —dijo, y la frase le salió con una honestidad infantil, sin vergüenza—. La brisa es agradable. Hay que aprovechar el buen clima. Si seguimos el cauce del río Dotba, podemos pescar al mediodía. ¿Qué opinan?

Emma, que caminaba con el cabello aún húmedo por el rocío de Purpon y una túnica que había recuperado parte de su dignidad bajo el sol, sostuvo la vista en el río con una calma que no había tenido en el páramo.

—Es la mejor opción, caballero —respondió, y la sonrisa le levantó apenas un borde de la boca—. Estas tierras ya me hacen sentir en casa. En breve estaremos llegando a las murallas de mi ciudad.

Zayn se rascó la parte trasera de la cabeza con ese gesto suyo, mezcla de incomodidad y juego, como si no terminara de creer que el mundo pudiera ser simple por un día.

—Pues yo los sigo… —dijo—. Es la primera vez que vengo por estos lugares, me he pasado la vida entre montañas bajas y puestos de comercio.

Isca soltó una risa baja.

—Estamos en la misma situación, colega. En Weygul solía estudiar mapas. Mi abuelo decía que un guerrero debía conocer el reino como la palma de su mano.

Dio el primer paso y el grupo se inclinó hacia el borde del río, siguiendo la corriente como si el agua fuera una guía más fiable que cualquier camino.

El Dotba los acompañó con su sonido constante, un rugido suave de agua golpeando piedras. A ratos, el río se ensanchaba en remansos donde la corriente parecía descansar; a ratos, se estrechaba y se volvía más violento, y la espuma blanca se arremolinaba en las curvas. El viento traía el olor a barro húmedo y algas.

Caminaron horas con el sol subiendo hasta quedar encima, redondo, sin nubes. A esa altura, la belleza empezaba a volverse cansancio, el verde era infinito y el agua insistía, pero las piernas pesaban igual. Zayn sentía los músculos tirantes por el esfuerzo. Emma, aunque más acostumbrada a viajar con escolta o montura, mantenía el ritmo sin quejarse, con el mentón alto y la respiración controlada. Isca se movía como si el cansancio fuera parte de la marcha y no una protesta, su cuerpo grande parecía hecho para resistir.

Cuando el hambre empezó a reclamar su sitio, Isca se apartó hacia la orilla, mirando el agua con el ojo de quien ha pasado media vida alrededor del mar.

No tenía lanza. Solo el río y lo que el río dejaba.

Se agachó, encontró una rama larga arrastrada por el cauce, madera húmeda, pesada, y la probó con las manos como quien mide un arma improvisada. Con su daga, afiló la punta con paciencia. La madera se astilló y se le clavó una esquirla en el dedo, pero no se detuvo. Un guerrero aprende a tolerar molestias pequeñas.

Se metió al remanso donde el río cambiaba de dirección y la corriente se calmaba. El agua le subió por las botas y el frío le mordió los tobillos. Se quedó quieto, respirando lento, con la lanza sostenida a dos manos.

Zayn juntó ramas secas cerca del borde y levantó una fogata con esa urgencia que da el hambre. Emma, por su parte, se movió entre las flores y hierbas con atención quirúrgica, arrancó un par de hojas, olfateó, descartó, eligió otras. No buscaba belleza; buscaba sabor y utilidad.

El primer pez pasó como una sombra dorada bajo la superficie.

Isca no lanzó la lanza a lo loco. Esperó. Dejó que el agua le enfriara la paciencia. Cuando el pez spar giró, mostrando el brillo de sus escamas como moneda viva, Isca atacó con un movimiento corto y brutal.

La lanza entró.

El agua se manchó un instante.

El pez se retorció, golpeando con fuerza contra la madera, y el sonido fue un golpe sordo, húmedo. Isca lo sacó a la orilla y, sin perder tiempo, repitió el gesto. El segundo spar se resistió más, pero el hambre no negocia.

Dos peces grandes, de escamas doradas, quedaron sobre el pasto. Zayn los miró como si fueran tesoros.

Los asaron sobre el fuego. La grasa chisporroteó. El olor subió y el aire se volvió menos elegante y más real. Emma trituró las hierbas entre los dedos y las frotó sobre la carne caliente, dejando un aroma verde y amargo que se mezcló con el humo.

Comieron con prisa. Isca habló entre bocados, contando las variantes de peces que había conocido en Weygul, describiendo los mares del sur con palabras simples y concretas… agua negra, agua clara, tormentas que parten barcos. Zayn escuchaba, a ratos riendo, a ratos solo masticando con los ojos medio cerrados, dejándose sostener por el calor de la comida.




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