El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 5

Los jinetes dejaron Yakart atrás con el sonido de los cascos aún fresco en los oídos. La sensación de calidez de las murallas se fue tragando por la distancia hasta perderse.

Avanzaron hacia el Valle de Bronkorst, el más vasto del reino, una extensión que parecía haber sido diseñada para agotar la voluntad antes de permitir el paso a Blackland. El valle se abría como una boca amplia entre montañas verdes y laderas rocosas. Desde arriba, el cielo se había empezado a ensuciar. Nubes negras y densas se agrupaban con lentitud. La luz del día se volvió opaca, hasta desafiante, y el viento trajo un olor a lluvia, a piedra mojada, a tierra que pronto se convertiría en barro.

Isca apretó las rodillas contra el lomo de su caballo negro. La montura respondió con un galope firme, y por un momento el cuerpo de Isca pareció más liviano. Zayn, en el blanco, sonreía con los dientes apretados. El animal era más nervioso, más veloz. El chico lo sostenía como podía, aprendiendo sobre la marcha que un caballo no es una herramienta dócil; es una fuerza con voluntad propia.

Aceleraron.

No por entusiasmo. Por amenaza.

Las nubes se cerraban sobre las montañas que rodeaban el valle y, bajo esa sombra, el mundo se veía más pequeño. Los primeros truenos llegaron como golpes lejanos. Luego las gotas, gruesas, pesadas, empezaron a caer con esa paciencia cruel de la tormenta que sabe que va a ganar.

Shardan apareció al pie de una gran montaña como un puñado de casas encorvadas. Era un paraje humilde, lúgubre, construido con madera oscura y piedra mal encajada, como si las viviendas hubieran sido levantadas con prisa y luego olvidadas por el reino. El humo que salía de los tejados era escaso. No por falta de frío sino por falta de abundancia.

La taberna era lo único que parecía vivo allí.

Una puerta ancha, una luz amarillenta filtrándose por rendijas, un ruido de voces y vasos chocando. La idea de refugio se volvía irresistible cuando el valle comenzaba a tragarse el día.

Aseguraron los caballos bajo un alero improvisado. El blanco resopló, inquieto, y Zayn le habló en voz baja como si el animal pudiera entender el idioma del nervio. El negro, en cambio, se quedó quieto, firme, con la mirada fija en el horizonte como si compartiera la misma desconfianza hacia el cielo.

La taberna los recibió con calor denso y olor a comida casera.

Dentro estaba abarrotada. No por lujo, sino por necesidad… cuando el valle se pone negro y la lluvia cae, hasta el más orgulloso busca techo. En Shardan se reunían los que cruzaban el reino por motivos que rara vez eran honestos.

Dos elfos ereborn ocupaban una mesa cerca de una ventana. Eran altos, de rasgos finos, piel clara, y su presencia no tenía nada que ver con los llamados oscuros. Había algo sereno en sus gestos. Uno llevaba colgado un pequeño amuleto de madera, y cuando hablaban lo hacían como quien está acostumbrado a curar más que a herir. Venían de Zreno, de los bosques del sur de Reihan, eso se notaba en la forma en que olían a resina y hierbas.

Un grupo de humanos jugaba a la breva con dados octaédricos. El sonido de los dados sobre la madera era seco, repetido, casi hipnótico. Las monedas de oro pasaban de mano en mano con rapidez. Ahí no se apostaba solo por diversión. Se apostaba para sentir que el azar todavía responde a alguien.

En la mesa más alejada, dos durthak bebían sin hablar demasiado. Enanos de Takran, de esa raza prestigiosa de forjadores de armas pesadas. Sus manos eran anchas, llenas de marcas, y cuando levantaban la jarra se veía el grosor de los dedos como si fueran parte de una herramienta. No miraban con curiosidad, miraban como quien mide el mundo en función de lo que puede romperlo.

Pero lo más raro de todo no estaba en una mesa, sino en la barra.

Un asran, sentado con una postura tranquila que no engañaba. Vestía negro y dorado, con capucha y guantes que ocultaban garras retráctiles. No hablaba. Bebía. Y su silencio tenía la calidad de una hoja envainada, parecía inofensivo hasta que se mueve.

Zayn, instintivamente, eligió sentarse dejando dos espacios entre él y el asran. Isca, en cambio, se instaló a su lado sin pensar demasiado, como si el peligro fuera algo que se enfrenta con espalda recta.

Isca habló con el tabernero. Negoció sin elevar la voz, y en vez de pagar con oro, intercambió dos pociones curativas, parte del obsequio de Emma, por dos platos de holst guisado y jarras de berfam, la cerveza tradicional de Horok. El berfam olía fuerte, amargo, con un fondo floral por la esencia fermentada de lither.

Zayn lo miró con un respeto casi inesperado.

—Eres buen comerciante —indicó—. Te lo dice alguien que se crió junto a uno de los mejores.

Isca sonrió, apoyando el antebrazo sobre la madera de la barra.

—Uno debe aprende a sobrevivir como puede.

El guiso llegó humeante. La grasa se pegó al aire. Comieron, bebieron, y por un momento el mundo pareció más manejable.

—Estamos cerca de Blackland —dijo Zayn, mirando el fondo de su jarra como si allí estuviera el mapa.

—Así es —respondió Isca—. Y creo que tu aprendizaje ya comenzó desde Dallh.

Zayn lo miró, curioso.




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