La guardia real no acompañó a Zayn por compasión. Lo acompañó como se acompaña a un perro callejero fuera de una casa noble, hasta el borde, lo suficiente para que el problema quedara afuera.
Zayn descendió los escalones del palacio con el sonido de las botas detrás. La torre del consejo quedaba arriba, invisible desde ese ángulo, pero el peso de sus palabras seguía pegado a la nuca como una mano fría. El aire de Blackland olía a carbón húmedo y a aceite quemado; el humo de las chimeneas se mezclaba con la neblina baja y volvía la ciudad un dibujo borroso, hecho de sombras y esquinas.
Cuando cruzaron el gran pórtico, uno de los guardias abrió la mano, indicándole el camino sin mirarlo.
—Hasta aquí —dijo, seco.
No hubo “buena suerte”. No hubo burla. Peor, hubo indiferencia. Los hombres se dieron media vuelta y regresaron a su guardia en la torre, dejando a Zayn en la penumbra exterior, con el sonido de la ciudad tragándose su propia respiración.
Blackland a esa hora era un laberinto. No de callejones románticos ni de misterios agradables. Callejones angostos, empedrados húmedos, charcos negros que reflejaban faroles como ojos cansados. Ventanas cerradas con postigos. Voces amortiguadas detrás de puertas. Ratas cruzando con descaro. El viento arrastraba papeles viejos y el olor de carne frita en algún rincón, mezclado con el de orina rancia y herrumbre.
Zayn avanzó.
No caminó como viajero. Caminó como alguien que necesita romper algo para que el mundo vuelva a tener sentido. La frustración le latía en el pecho con una violencia muda. No era tristeza. Era una quemadura interna. La idea de que todo lo que había construido, cada sueño, cada paso, cada moneda sacrificada, cada humillación tragada… no era una puerta sino un chiste, le daba náuseas.
El nombre de Efrik se repetía en su cabeza como un martillo.
Efrik. El pasillo húmedo. El desagüe. Los quesos robados. La trampilla. La risa de “no estoy loco”. La puerta del consejo. Y luego… Ikarus y su maldita verdad.
Zayn apretó el talismán bajo la túnica hasta que le dolieron los dedos.
Cruzó la ciudad lo más rápido que pudo. No miraba a los lados. No se detuvo cuando un borracho le gritó algo desde un portal. No bajó la cabeza cuando una mujer lo observó desde una ventana con ojos de cansancio. Su ira lo llevaba como una cuerda tirante.
“El Viejo Mercader” estaba donde lo recordaba, una fachada de madera oscura y un cartel con letras gastadas. Las armas colgaban de las paredes como dientes. Flechas, puntas de lanza, piezas de armadura. Todo parecía preparado para vender violencia a quien tuviera monedas.
Zayn empujó la puerta y entró como un golpe.
El mercader levantó la vista desde el mostrador. La sonrisa que había mostrado la primera vez apareció por reflejo… y murió en el mismo segundo cuando vio los ojos del muchacho. No eran ojos de cliente. Eran ojos de incendio contenido.
—Quiero ver a ese maldito estafador asran —escupió Zayn.
Su voz rebotó en las paredes como un eco sucio. Dos hombres que miraban una espada en el rincón giraron la cabeza. Una mujer con capucha se movió apenas, como si evaluara si valía la pena quedarse.
El mercader tragó saliva.
—Efrik… no se encuentra aquí —dijo, demasiado rápido, demasiado nervioso.
Zayn dio un paso hacia adelante. El suelo de madera crujió bajo sus botas mojadas. Su sombra se estiró hacia el mostrador.
—Va a pagar por lo que me hizo.
El mercader levantó las manos, palmas abiertas, como si pudiera detenerlo con gesto.
—No puedes… no puedes pasar así. Para verlo… debes pagar una moneda de oro.
La palabra “oro” fue una chispa en un charco de aceite.
Zayn levantó las manos.
No hubo conjuro largo. No hubo ritual. La ira le abrió la puerta a la magia con una facilidad que lo asustó incluso en ese momento. El calor le trepó por los brazos, encendiéndole los antebrazos desde adentro. En un parpadeo, sus puños se envolvieron en llamas vivas. No llamas limpias, domésticas. Llamas que respiraban como bestias pequeñas, lamiéndole los dedos, iluminándole los nudillos con un rojo brutal.
El mercader retrocedió, pálido. Se apartó del pasillo como si el fuego pudiera saltar de Zayn a su garganta.
—¡Espera! —balbuceó—. ¡No…!
Zayn no esperó.
Avanzó hacia el pasillo oscuro que conocía demasiado bien. Descendió las escaleras y el calor de las velas le golpeó la cara. El humo verdoso seguía flotando en el cuarto de Efrik, espeso, iluminado por cientos de pequeñas llamas que no calentaban nada.
Efrik estaba sentado de espaldas, cómodo, como si el mundo fuera un negocio y nada más.
—Te he dicho que no entres sin avisar, Will —dijo sin voltear—. Necesito concentrarme para recibir a los clientes.
Zayn cerró la puerta detrás de sí. El sonido fue seco. Final.
—¿Clientes? —rugió—. ¿Les llamas clientes a la gente que estafas?
Efrik se giró y, al ver el fuego en las manos de Zayn, se le tensó el cuerpo entero. Su hocico felino se contrajo, y los ojos azules brillaron con algo que no era valentía.
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Editado: 31.03.2026