La madera crepitaba con una paciencia cruel. Cada chispa que escapaba del fuego subía un instante y moría en el aire negro, y los destellos rojizos se reflejaban en la roca húmeda como pequeñas heridas abiertas. En las primeras subidas de Reihan la noche no era un techo; era un peso. Un cielo cubierto de estrellas, pero tan frío que parecía de vidrio. La luna, pálida y alta, deformaba la sombra de los pinos dispersos y las piedras como si fueran criaturas encorvadas mirando el campamento.
La nieve todavía estaba lejos, dos mil metros más arriba, pero el frío no respetaba altitudes. Se metía por las costuras, se colaba por la garganta, se quedaba en los huesos como un rumor. Más allá, los picos donde el kercio se decía oculto se alzaban por encima de los seis mil, negros contra la luna, promesa de una odisea que no pedía permiso.
Davor había instalado el campamento con método. Un caldero colgaba sobre las abrasadoras llamas y el guiso de grufus con verduras hervía lento, espesando con un olor que apenas lograba disputar el aire helado. El vapor salía en bocanadas y se deshacía al instante, como si el frío lo castigara por existir.
Isca estaba sentado a medio paso del fuego, con el escudo apoyado en la rodilla y la espada al alcance de la mano. No dormía. No descansaba. Miraba el borde de la oscuridad donde el bosque empezaba y terminaba al mismo tiempo. Sus ojos seguían el movimiento de sombras que no se movían. Su respiración era un humo breve.
Davor removía el guiso con una cuchara rústica, sin apuro, como si la montaña le perteneciera.
—Te noto inquieto, Isca —gruñó el durthak, sin levantar la vista. Los ojos oscuros le devolvían al fuego una luz endurecida.
Isca no negó. La mano, instintiva, rozó la empuñadura.
—Las historias sobre este lugar no son reconfortantes —murmuró, y la frase se perdió un poco entre el crujido del fuego.
Davor sopló con desdén, como si las historias fueran mosquitos.
—Mi abuelo y su padre exploraron estas montañas en una búsqueda sin precedentes. Volvieron con un mapa… y con ese mapa se alimentó la codicia de mi familia. —La cuchara golpeó el borde del caldero con un sonido metálico—. Mi padre se aventuró solo y nunca regresó. Desde entonces todos fingieron sensatez… como si el miedo fuera virtud.
Isca lo miró de reojo. La cara de Davor no pedía lástima, exhibía una obstinación que era casi enfermedad.
—Y sin embargo estás aquí —dijo Isca.
Davor alzó la vista un instante.
—Hace varias noches sueño con él —continuó—. No es nostalgia. No es culpa. Es una visión. Me muestra un lugar particular en las montañas, una grieta, una pared, una forma imposible de confundir. Premonición o presagio… no puedo ignorarlo.
Isca dejó escapar una risa seca que no tuvo nada de humor.
—¿Argumentamos nuestro viaje en un sueño?
La cuchara se detuvo. Davor no sonrió.
—No un sueño. Una guía. —Su voz fue áspera como piedra raspada—. Si vas a burlarte, hazlo con ganas y así terminamos rápido.
Isca sostuvo la mirada. El frío le mordió la nariz. El orgullo se le quedó atragantado.
—No quise faltarle el respeto, señor —dijo, bajando apenas el tono—. Todo esto parece una locura.
Davor volvió a remover el guiso, como si el tema no mereciera más ceremonia.
—El viaje en sí es un desvarío. —Hizo una pausa, larga, y lo midió con calma—. Entonces… ¿por qué aceptaste venir? Debe existir algún motivo más allá de la paga.
El fuego hizo un chasquido. El escudo de Isca reflejó una chispa. Isca miró sus guantes manchados de tierra y sangre vieja de kronoigs, todavía impregnada en las costuras.
—Estoy buscando un propósito —respondió al fin—. Un camino claro. Tal vez esta falta de cordura sea lo que necesito.
Davor gruñó, aprobando sin decirlo.
—Cada uno busca respuestas por su propio sendero. Quizás ambos encontremos lo que anhelamos.
Isca asintió, sin entusiasmo, como quien firma un pacto con algo que no entiende.
—Locura, desafío o lo que sea… no voy a encontrar mi norte si me quedo cruzado de brazos. Este viaje tiene valor para usted… y para mí.
El durthak lo miró un latido más. Después, sirvió el guiso en dos cuencos de metal abollado. La comida estaba caliente, densa. La primera cucharada quemó la lengua y devolvió un poco de vida al estómago.
Hablaron después de herrería, como se habla de un fuego conocido para evitar lo demás. Davor habló de aleaciones, de templado, de cómo el metal “canta” si se lo escucha. Isca escuchó más de lo que habló. El cansancio, al final, los dobló. Davor se envolvió en su manta. Isca se quedó un rato más mirando el borde del bosque, hasta que el sueño, inevitable, le cerró los ojos.
…
El día siguiente amaneció con una luz fría y limpia. Los senderos eran apenas insinuaciones en la piedra; huellas antiguas, marcas de pezuñas, un trazo que podía ser camino o trampa. El mundo, arriba, tenía una serenidad engañosa. Árboles dispersos. Aves lejanas. Un silencio que parecía inocente.
El sol, cuando llegó a lo alto, no calentó… iluminó. Y en esa luz encontraron un claro donde la montaña se abría como un respiro. Allí, negras sobre la tierra, estaban las cenizas de una fogata.
Davor desmontó. Se agachó. Pasó los dedos por la ceniza como un alquimista probando veneno.
—Una noche… o dos —murmuró, frotando el polvo entre sus dedos—. Alguien estuvo aquí hace poco.
Isca miró alrededor. La mano volvió a la empuñadura sin que él lo ordenara.
—¿Eso es malo?
—Depende de quién sea —dijo Davor, levantándose—. Lo más probable es que cazadores. Pero Reihan no es lugar para confiarse.
Prosiguieron sin pausa. La tarde avanzaba, y el aire se volvía más delgado. La sombra de los picos parecía crecer.
Entonces, cuando el viaje se había vuelto casi calmo, un silbido cortó el aire.
El virote de una ballesta impactó en las alforjas del caballo de Davor con un golpe seco. El animal relinchó, dio un salto lateral. El cuero se abrió, y el virote quedó clavado temblando, como una advertencia.
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Editado: 31.03.2026