El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 9

Las nubes habían quedado abajo hacía rato, aplastadas contra las laderas como un mar blanco que no podía trepar más. Arriba, en cambio, el mundo era otra cosa… piedra desnuda, hielo y viento. Un cielo sin compasión. La ventisca golpeaba de lado, arrancando la respiración como si fuera un botín. Los caballos avanzaban con dificultad, hundiendo las pezuñas en nieve reciente que cedía y se endurecía en el mismo movimiento. Cada paso era un esfuerzo que se escuchaba más que se veía.

Isca cabalgaba encorvado sobre su caballo, llevaba una capa de piel para amortiguar el frío, el rostro cortado por el aire helado. Davor, a un par de metros a la derecha, mantenía su montura casi pegada a la ladera para evitar que el viento los empujara hacia el vacío. El durthak era una sombra compacta sobre el caballo, con la barba congelándose en pequeñas puntas blancas.

—¿Estás seguro de que este es el camino correcto? —preguntó Isca, alzando la voz lo justo para atravesar el ruido del viento.

Davor no giró la cabeza. Sus ojos estaban clavados en la nieve, leyendo señales invisibles.

—Tan seguro como que me llamo Davor —respondió, la voz áspera, arrastrada por el frío—. Algo me dice que estamos muy cerca de nuestro destino, amigo mío.

El viento les metió hielo por la nariz. Isca tragó saliva y sintió el escozor en la garganta, la sequedad de la altura.

—Espero que podamos encontrar un lugar para descansar antes de que caiga la noche —dijo—. Con este clima, sin refugio, corremos mucho peligro.

Davor soltó un resoplido que pareció más una burla que una respuesta.

—Debes tener fe, mercenario. Mi intuición no falla… y menos en algo tan importante como el legado de mi familia.

Isca habría respondido con otro comentario, tal vez una ironía para no pensar en la muerte que acechaba en cada grieta, pero el durthak levantó una mano de golpe.

—Esa es la actitud mi… —no terminó. Su mirada se clavó más adelante, en una curva donde la montaña parecía doblarse sobre sí misma—. ¡Mira eso de allí!

Isca tiró de las riendas y detuvo a su montura. El caballo resopló, nervioso, moviendo las orejas. Bajo la nieve, en la base de un peñasco, había un pequeño altar rudimentario, piedras apiladas en forma de columna baja, un hueso largo incrustado en la cima, y un trozo de tela deshilachada que ondeaba con violencia, como una bandera que se negaba a morir.

Isca bajó del caballo. La nieve le crujió bajo las botas. Se acercó y se agachó, limpiando con los dedos una capa de hielo.

Grabados.

Símbolos tallados con mano paciente y antigua. No eran recientes. El borde de las líneas estaba gastado como si el viento los hubiera intentado borrar durante años.

—Estos grabados representan la victoria de Odhar —dijo Isca, la voz más baja, casi reverente—. Es una buena señal, Davor.

El durthak desmontó también. Sus dedos, curtidos, tocaron la tela.

—Y esto… —murmuró—. Estos símbolos son antiguos de Takran. Lo reconozco. —Apretó la tela como si pudiera extraer de ella una memoria—. Por aquí pasaron mis antepasados.

El viento volvió a rugir. La montaña no bendecía a nadie. Solo dejaba que algunos siguieran caminando.

Isca se enderezó. Miró el horizonte blanco.

—Debemos ponernos en marcha cuanto antes. En poco más de una hora necesitamos encontrar refugio.

Davor asintió con una satisfacción dura.

—Te lo dije. Mi instinto no falla. Este es el camino y lo completaremos.

Isca montó con una agilidad que el frío no lograba robarle del todo. El caballo se movió inquieto. Davor hizo lo mismo. Y por un momento, mientras retomaban la marcha, ambos rieron.

No fue una risa de alegría. Fue una risa breve, casi un exorcismo. Un intento de recordar que seguían vivos.

El sendero se abrió más adelante. La subida se suavizó y el terreno se volvió un caos de rocas dispersas, grandes como casas, con nieve acumulada en las grietas. A lo lejos, entre dos paredes de piedra, se distinguía una mancha oscura, la entrada a una caverna en la ladera.

Isca iba a girarse para avisar a Davor cuando el durthak levantó dos dedos y los bajó lentamente… silencio.

El guerrero escuchó. Al principio solo oyó la ventisca. El rumor constante del hielo. Luego… algo más.

Golpes.

No eran piedras rodando. No era un árbol cayendo. Eran impactos rítmicos, profundos, que se sentían en el pecho más que en los oídos. Como si la montaña misma caminara.

Davor bajó de la montura y se inclinó, pegando la oreja a la roca. La nieve se le pegó a la mejilla.

—Ahí está —murmuró.

Isca se cubrió los ojos con la mano para filtrar el resplandor blanco y aguzar la vista. La entrada de la caverna parecía un ojo negro. Y entonces, del interior, emergió una sombra enorme, lenta, pesada.

Un Husk de la escarcha.

Ver uno en persona era una violencia distinta a cualquier relato. La criatura tenía la contextura de un simio gigante, pero deformada por la crudeza del frío. Doblaba en tamaño a un drakkar. Su pelaje espeso, grisáceo, estaba manchado de hielo, y debajo se adivinaban músculos compactos, como si la carne hubiera sido tallada en piedra. Sus garras, largas como cuchillos, rozaban la nieve dejando surcos. Los colmillos, amarillentos, asomaban bajo el labio superior en una mueca permanente.




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