El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 10

El cielo estaba cerrado como una herida vieja. Sobre Vyren, las estrellas no titilaban…. Ardían. Había demasiado silencio para una noche que olía a bosque y a secreto.

Las casas de la aldea surgían entre los árboles, techos bajos cubiertos de musgo, puertas de madera hinchadas por la humedad. Cada lámpara de aceite arrojaba un círculo pequeño de luz que no alcanzaba a morder la oscuridad. Desde algún patio llegaba el murmullo del agua en una tinaja; desde otro, el golpe seco de un mortero, como si alguien aún estuviera despierto triturando raíces para un dolor que no cesaba.

Zayn caminaba con el paso apurado de quien no se permite sentir el cansancio. A su lado, Dunyen, más silencioso que el propio bosque, dejaba que sus ojos hicieran el trabajo de una patrulla entera. Emma avanzaba detrás, pegada a su capa, con una mezcla de ansiedad y devoción en el rostro, esa clase de brillo que suele verse en los fieles cuando se aproximan a un altar.

El atelier del maestro Burel estaba donde Vyren parecía olvidar que era un pueblo. Una construcción vieja, semienterrada en enredaderas, con ventanas estrechas y empañadas .. La puerta cedió con un gemido cuando Dunyen la empujó, y una bocanada de aire caliente, cargada de aceite rancio y hierbas maceradas, golpeó sus caras.

Adentro, el mundo era otro. Estantes atiborrados de frascos de vidrio, algunos lechosos, otros tan claros que parecía que la luz pasaba sin tocar el líquido. Había polvos en morteros de piedra, raíces colgando como dedos secos, pieles enrolladas con tinta corrida por la humedad. Libros con hojas amarillentas descansaban abiertos como animales disecados; la mayoría estaba manchado por dedos impacientes, por gotas de brebajes, por el paso del tiempo que no perdona ni al conocimiento.

Burel estaba inclinado sobre una mesa central, iluminado por una lámpara de aceite pequeña. Llevaba una túnica azul gastada que parecía haber atravesado más inviernos de los que cualquier hombre debería. Su cinturón de cuero estaba cargado de viales y pequeñas bolsas de tela. En la mano sostenía un frasco con un líquido verde intenso, y lo giraba a trasluz como si buscara dentro una respuesta.

Emma dio un paso y su voz quiso ser firme.

—Maestro, con su permiso, mi nombre es…

La interrupción cayó sobre ella como una puerta que se cierra.

—Lady Emma Lumin, hija del gran duque Fausto Lumin. Claro que te conozco.

Emma se quedó inmóvil. La lámpara le pintó en los ojos un destello húmedo.

—Pero… ¿cómo es posible? Es la primera vez que nos vemos.

Burel sonrió apenas. Esa sonrisa tenía memoria.

—Te equivocas, pero es normal. Cuando te vi por primera vez, la duquesa Elgrid te cargaba aún en sus brazos.

Emma llevó una mano a su pecho, como si esa frase hubiese empujado el aire fuera de ella.

—¡Oh!… No sabía que usted conocía a mis padres.

El anciano dejó el frasco sobre la mesa con un sonido hueco. El líquido adentro se agitó como si tuviera voluntad propia.

—Yakart… la ciudad esmeralda. —pronunció el nombre con una reverencia invisible—. ¿Crees que un apasionado por la alquimia como yo no habría visitado tal lugar? Tu padre y yo fuimos buenos amigos hace mucho tiempo, pero la vida traza senderos que no preguntan si uno está listo. Aún guardo un cariño especial por tu tierra.

Emma tragó saliva.

—Con todo respeto, maestro… nunca me hablaron de esa amistad. Lo que más me sorprende es que… —su voz titubeó— yo crecí escuchando su nombre, leyendo sobre sus técnicas… y aun así…

Burel inclinó la cabeza, y sus ojos brillaron como dos carbones viejos.

—Es eso lo que te trajo hasta aquí.

Emma respiró hondo, como quien se prepara para una confesión.

—Espero que no lo tome a mal. Vine… de esta manera. Pero siempre fue mi sueño poder charlar con usted. He leído acerca de sus experimentos. Acerca de lo que logró con mezclas que nadie más se atrevió a intentar.

El maestro tomó el frasco verde y lo alzó entre ellos. A la luz, el líquido parecía contener un remolino, un pulso lento.

—No te avergüences, Emma. Sabía que este día iba a llegar. Tus padres siempre fueron reservados respecto al mundo que te rodea, pero en tu interior corre el linaje alquimista de Yakart. —apoyó el frasco sobre la palma de Emma como si depositara un juramento—. En tu búsqueda, supe con certeza que nos íbamos a encontrar.

Emma recibió el frasco como si fuera sagrado. Sus dedos temblaron.

—Es un gran honor… y le estaré agradecida por el tiempo que me pueda brindar para aprender de usted.

Burel soltó una risa baja, sin humor.

—Vas a aprender más de lo que imaginas. —señaló la mesa, donde había una bandeja con polvo grisáceo, cuchillas finas y un mortero manchado—. En tu sangre corre la esencia de Yakart. Acércate. Te voy a mostrar en lo que trabajo ahora.

Emma avanzó. La luz de la lámpara le recortó la silueta mientras se inclinaba sobre las herramientas. Había algo en el polvo, una textura que recordaba a ceniza… pero más densa, más pesada, como si el mundo mismo se hubiese molido ahí.




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