El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 11

El sol golpeaba la aldea de Vyren con una violencia limpia, casi insolente. Los niños corrían cerca del pozo, descalzos, dejando huellas húmedas que se secaban en segundos; las gallinas escarbaban la tierra buscando lo que el verano no había devorado; y en los márgenes del pueblo, el bosque se sostenía quieto, oscuro bajo su propia sombra, como un animal que espera.

En el claro más amplio, donde las casas se apartaban para dejar un campo de tierra apisonada, Sömar había trazado un círculo con carbón. Lo había hecho con paciencia. Alrededor del círculo, colocó costales de arena, viejos, manchados, remendados con cuerda, y los clavó al suelo con estacas cortas. Cada costal, bajo la luz directa, parecía un cuerpo arrodillado, un enemigo sin rostro esperando la sentencia.

Zayn estaba frente a ella con la transpiración pegándole la túnica al pecho. Era joven, demasiado joven para cargar con la gravedad de la magia, y aun así, la llevaba en los hombros como si hubiera nacido con ese peso. Tenía las manos abiertas, los dedos tensos por costumbre, no por necesidad. Sus ojos seguían cada movimiento de Sömar con una atención voraz, como si temiera perderse una sola sílaba del lenguaje secreto del fuego.

La maestra avanzó un paso y el suelo crujió bajo sus botas. La tela de su vestimenta, ligera, se movía con una fluidez que hacía parecer que el aire la empujaba a propósito.

—La postura debe ser siempre relajada —dijo.

Adelantó el brazo izquierdo, estirándolo como una lanza sin punta, y llevó el otro hacia atrás, cerca del costado, como si guardara un secreto bajo la axila. Los hombros descendieron.

Zayn imitó el gesto con torpeza. Sus dedos temblaron levemente, y al verlos, se mordió la lengua, frustrado.

—Comprendo, maestra —murmuró.

Sömar giró con una agilidad que no correspondía a la apariencia serena. Su postura cambió sin esfuerzo, como si fuera agua adoptando una nueva forma.

—La magia tiene principios opuestos a una lucha física.

Su voz no era severa, pero sí absoluta. No necesitaba gritar para imponerse.

>>Mientras que al blandir una espada es necesario tensar el cuerpo… en la magia, todo debe fluir dentro de ti.

Zayn tragó saliva. El recuerdo de las enseñanzas de Hagi le golpeó el pecho. Los largos silencios del maestro, la forma en que lo obligaba a respirar antes de intentar, a escuchar su propio pulso.

—Es algo que el maestro Hagi me remarca bastante —dijo Zayn—. Siempre me dice que si no soy capaz de fluir con la magia… terminará por controlarme a mí.

Sömar lo observó con atención nueva, como si esas palabras le dieran forma al niño que tenía delante.

—Necesitas ser uno con el elemento que controlas —dijo.

Sus manos comenzaron a arder.

Las llamas nacieron en la piel como si siempre hubieran estado ahí, esperando. El fuego se enrolló alrededor de sus dedos, danzando con disciplina, sin quemar la carne.

—El gran poder viene siempre de tu interior y no de las emociones —continuó—. La magia no es una consecuencia… es la liberación suprema del ser.

Zayn intentó seguir los movimientos. Sus pies copiaron el desplazamiento, pero su cuerpo se trabó en la transición, rígido, como si los músculos quisieran pelear contra el aire. Sömar, en cambio, parecía flotar sobre el suelo, y el fuego en sus manos era una extensión natural de esa danza.

La maestra giró, extendió el brazo y lanzó una bola de fuego.

El proyectil cortó el aire como un pájaro incandescente y se incrustó en el centro de uno de los costales. La tela ardió al instante. Las llamas treparon, devorando las costuras, haciendo crujir la cuerda. El olor a fibra quemada se extendió, espeso, casi dulce.

Zayn se quedó inmóvil, maravillado. El fuego en ese costal era vida salvaje.

Entonces Sömar cerró el puño.

Y el incendio murió.

No se apagó lentamente. No se resignó. Se extinguió de golpe, como si el aire hubiera sido arrancado del mundo. Las llamas colapsaron en sí mismas, reducidas a un suspiro de humo y un montón de ceniza caliente.

Zayn abrió los ojos de par en par.

—¿Cómo hizo eso…?

Sömar no sonrió.

—La magia no es solo liberación —dijo—. Es control.

Volvió a moverse, y el fuego volvió a vivir en sus manos, pero obediente, como un perro entrenado.

—No sirve de nada liberar un poder que no puedes controlar. Debes sentir la energía y ser uno con ella. Así como la expulsas… la reprimes con la misma facilidad.

Zayn la miró como si estuviera viendo un mito caminar.

—Usted es increíble, maestra Sömar.

Por primera vez, ella le dedicó una sonrisa breve. Duró lo justo para no volverse debilidad.

—Todo es cuestión de práctica y meditación. Con esmero, podrás ser igual o mejor que yo.

Las llamas en sus manos cesaron y quedaron solo las palmas, normales, humanas. Sömar se enderezó.

—¿Qué deseas preguntar?




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