El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 12

El sol se hundía detrás de las colinas de Vyren como una brasa sofocada en un charco de sangre. La noche que se acercaba traía un frío limpio, cortante, de esos que no solo muerden la piel, sino que entran en la garganta y dejan el aliento como humo gris.

Isca desmontó con un movimiento lento, medido, como si todavía estuviera escuchando el crujido del hielo de Reihan bajo las botas. Su caballo resopló, sudado, y la espuma en el hocico se enfrió al instante en el aire húmedo. A su lado, el maestro Hagi bajó sin prisa, pero el cansancio en sus ojos era una sombra larga. El brujo asran, Efrik, dejó que sus pies tocaran el suelo con la ligereza de quien ya sabe dónde no debe hacer ruido. Vyren parecía tranquila, pero la tranquilidad, en tiempos oscuros, era solo un disfraz.

La aldea olía a humo de leña, a sopa de verduras, a flores silvestres, a animales encerrados. En una esquina, una mujer lavaba ropa en una palangana y el agua se teñía de un marrón sucio; un niño pasaba corriendo con la cara manchada de barro y algo rojo seco en la comisura, como si hubiera mordido una fruta o una herida. Los perros ladraban con un nerviosismo que no era hambre. Era instinto.

Isca no buscaba casas ni gente. Buscaba una ausencia.

Y entonces lo vio.

Cerca del pozo de agua, la garganta de piedra donde Vyren bebía, un joven con túnica ocre de aprendiz se agachaba para llenar un cubo. La luz roja del crepúsculo le prendía fuego a los bordes del cabello dorado y hacía brillar sus ojos verdes, demasiado vivos para un mundo que se estaba apagando. Zayn levantó la vista, sintiendo sin entender el peso de esa mirada.

Isca avanzó con paso firme. La tierra cedía bajo sus botas con un crujido seco.

—Zayn… viejo amigo —dijo.

La voz le salió con una aspereza que no era hostilidad, era cansancio y algo más profundo, un alivio que dolía. Zayn se giró. Al reconocer a Isca, la expresión le cambió como si una lámpara hubiera sido encendida en un cuarto oscuro.

—¡Isca! —exclamó, y el cubo casi se le resbaló de la mano.

Se acercó y lo abrazó con fuerza, con ese impulso de quien aún conserva algo intacto en el pecho. Isca sintió el cuerpo del joven mago temblar, no de frío, sino de emoción contenida. En esa presión breve, se colaron todos los sucesos que los habían separado.

—Qué bueno verte… —murmuró Zayn—. Pensé que nuestros caminos no se volverían a cruzar.

—Yo también lo pensé —respondió Isca, y su voz fue un hilo de honestidad—. La vida nos llevó por senderos distintos.

Suspiró, y en ese suspiro se escondió el recuerdo de meses atrás, el viaje repentino, la incertidumbre, el miedo convertido en costumbre.

>>Pero aquí estamos. De nuevo unidos por el destino.

Zayn lo observó con atención, como si buscara en su rostro las respuestas que no se atrevían a formularse.

—¿Qué te trajo hasta aquí?

Isca ladeó la cabeza hacia donde Hagi se encontraba conversando con la maestra Sömar, bajo una antorcha que chisporroteaba a medida que la noche se apretaba contra Vyren. Sömar no sonreía; nunca lo hacía. Sus brazos estaban cruzados, y en su postura había disciplina… pero también una inquietud difícil de ocultar.

—Según escuché… una misión importante —dijo Isca—. Una en la que tú también formas parte. Fui reclutado por el maestro Hagi. Y tú, ¿cómo has estado?

Zayn bajó la mirada un instante, como si en la tierra pudiera leer su propio cambio.

—He aprendido mucho aquí —dijo, con un orgullo sobrio, menos infantil que antes—. No era el camino que tenía en mente… pero estoy agradecido por las personas que conocí y las lecciones que aprendí.

En sus manos se notaban pequeñas marcas, quemaduras leves, cicatrices de práctica. El fuego lo había probado y aún no lo había devorado.

—Sucedió lo mismo conmigo —repuso Isca, asintiendo—. Las experiencias cambian. Pero también fortalecen.

Efrik, que había observado el reencuentro con una sonrisa torcida, se acercó. La luz del crepúsculo le dibujó sombras en el rostro asran, y sus ojos parecieron más grandes, más atentos, como si ya estuviera midiendo el precio de todo.

—Joven mago —dijo con un tono casi cortesano, pero con la burla siempre escondida entre los dientes—, es un placer volver a verte. Yo también estoy aquí para ayudar.

Zayn frunció el ceño, y esa reacción fue rápida, instintiva. Había viejas asperezas, roces de palabras, desconfianzas que no se habían curado del todo.

—¿Ayudar? —preguntó—. ¿En qué exactamente?

Efrik le guiñó un ojo, pero la sonrisa no era inocente.

—Eso lo explicará Hagi.

Como si hubiera escuchado su nombre desde lejos, Hagi se acercó con pasos precisos. Sus ojos recorrieron el grupo reunido en torno al pozo, y en su mirada no había espacio para bromas. Alzó la mano con un gesto corto, y la aldea pareció quedarse quieta un instante, como si incluso los animales entendieran que algo pesado estaba a punto de caer.

Reunió a todos en el centro: Isca, Dunyen, Efrik, Sömar, Burel… y Emma, pegada al maestro de tierra como una sombra joven, atenta, con esa mezcla de determinación y fragilidad que no se rompe fácil, pero sangra cuando lo hace.




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