El mar Nihalla era un dios furioso.
Se alzaba en oleadas oscuras, pesadas como montañas móviles, y se dejaba caer contra El Albatros con una crueldad metódica, como si quisiera medir cuánto resistía la madera antes de partirla. El navío, ligero, de casco oscuro y velas ya cansadas por otros viajes, crujía en cada embestida. No había canto de gaviotas. No había horizonte claro. Solo una pared de nubes negras que, en cuestión de minutos, se había tragado la mañana. El cielo parecía tan bajo que uno podía imaginarlo rozando los mástiles, aplastando el barco con su peso de tormenta.
El viento aullaba con una voz animal, y su aliento salado cortaba la piel como una lija. La lluvia no caía en gotas; caía en agujas. Cada chorro helado golpeaba el rostro y se mezclaba con el agua del mar que saltaba por encima de la borda, invadiendo la cubierta, convirtiendo cada tabla en una trampa resbaladiza.
Hagi se mantenía en el centro, los pies firmes pese al balanceo brutal. Su capa estaba empapada y pegada al cuerpo como piel muerta. Sus ojos, normalmente serenos, ardían con una concentración dura, tensa, de esas que aparecen cuando un hombre entiende que la naturaleza no escucha ruegos.
—¡Isca, ajusta esas velas! —rugió, señalando hacia arriba con un brazo que parecía pesarle.
Isca tiró de las cuerdas con los músculos tensos, los antebrazos hinchados por el esfuerzo. El agua le corría por la cara, pero no parpadeaba. Cada vez que el barco se inclinaba, el mundo se convertía en un ángulo imposible, y aun así él se mantenía allí, clavado, como si la cubierta fuera tierra firme.
La vela golpeaba y flameaba con violencia, como una bestia intentando arrancarse de sus propias ataduras. Isca apretó los dientes, sintiendo cómo la cuerda le quemaba las palmas. La piel se le abría, y la sangre se mezclaba con el agua salada, dejando una mancha rosada que el mar devoraba al instante.
—¡Maldita sea…! —escupió entre dientes, tirando una vez más hasta que el nudo cedió y la vela se tensó lo suficiente para obedecer, aunque fuera a regañadientes.
Dunyen, ágil como un animal salvaje, trepaba por el mástil con el cuerpo pegado a la madera. Cada ráfaga intentaba arrancarlo y lanzarlo al vacío, pero él se aferraba con dedos firmes, buscando los nudos que el viento había deshecho. Tenía la boca apretada, los ojos entrecerrados por el agua. Las botas resbalaban, y cada resbalón era un segundo de terror puro.
—¡Sujeta ahí! —gritó hacia abajo, sin saber si lo oían.
La cuerda se agitó como un látigo. Dunyen la atrapó a tiempo, la rodeó con el antebrazo y apretó hasta que el dolor le subió por el brazo. Sintió la fibra húmeda clavarse en la piel. Y aun así siguió. No había alternativa.
Zayn intentaba dominar el timón, con los dedos aferrados a la madera como si sujetara la vida del barco con las manos. La humedad le calaba hasta los huesos, y cada golpe de ola parecía querer arrancarle la respiración. El timón respondía con pesadez, y el barco se giraba con lentitud, como si el mar lo empujara a su antojo.
Hagi se acercó a él, gritándole al oído para atravesar el rugido.
—¡Mantén la proa contra el golpe! ¡No dejes que nos gire de costado!
Zayn asintió, la mandíbula rígida. Sentía el fuego dentro de sí agitarse, no como calor, sino como instinto. Quería reaccionar. Quería liberarse. Pero el agua… el agua era un enemigo de su elemento.
Efrik, en cambio, parecía habitar una realidad paralela.
El asran se movía de un lado a otro con una ligereza irritante, evitando tareas manuales con la destreza de un holgazán veterano. Se balanceaba en una cuerda, riéndose, como si el barco no estuviera a un paso de volcar.
—¿Sabían que en Anserof tenemos una tradición de escalar torres solo con las garras? —gritó, como si la tormenta fuera público—. Es una competencia anual. El ganador se lleva el título de Domador del Aire.
Isca giró la cabeza, empapado, la mirada encendida de furia.
—¡Efrik, deja las historias y ayuda a asegurar esa vela! —bramó.
Efrik se encogió de hombros y sonrió, divertido, como si la ira ajena fuera un chiste más.
—¡Estoy ayudando con el ánimo! —contestó.
Una ola golpeó de costado. La cubierta se inclinó. Por un segundo, el mar ocupó todo el mundo. El agua entró como una mandíbula, y el barco crujió con un sonido que pareció un hueso partiéndose.
Zayn apretó el timón con fuerza, sintiendo que la madera se le clavaba en las palmas.
Hagi levantó un brazo y la voz le salió más grave, más urgente, como si cada palabra tuviera que imponerse al océano a golpes.
—¡Escuchen bien!
Los demás, como pudieron, se acercaron. No porque quisieran oír, sino porque cuando un maestro habla así, no es un consejo, es supervivencia.
>>Muy pronto llegaremos a Farhan —dijo Hagi, alzando la voz sobre el rugido del mar—. Un reino que ha cambiado. Deben ser extremadamente cuidadosos. La Nueva Orden ha ganado poder… y su odio hacia la magia es implacable.
La frase se mezcló con el viento, pero el peso llegó claro. La sola mención de esa secta parecía enfriar el aire más que la tormenta.
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Editado: 31.03.2026