Aluf salió de su casa ajustando las correas de su robusta mochila. Sus manos, endurecidas por años de comercio y rutas peligrosas, trabajaban con precisión sin necesidad de mirarse, un saco de pan duro, un odre de berfam bien cerrado, un rollo de tela con herramientas, una bolsita de cuero con monedas. Todo lo esencial, nada de peso innecesario. En Takran, cargar de más era una forma de muerte lenta.
Caminó con pasos firmes hacia la entrada de las cavernas, donde su carreta lo esperaba. Las ruedas de madera, quietas, parecían dos ojos apagados mirando el pasillo. El eco de sus botas sobre la piedra creaba una cadencia rítmica, una música antigua que siempre le había dado calma: paso, resonancia, paso. Como si el mundo todavía tuviera orden.
Pero ese orden se quebró antes de llegar.
Un murmullo creciente comenzó a invadir el aire. No era el rumor habitual del mercado ni el golpeteo de martillos en las forjas. Era un sonido irregular, espeso, hecho de voces alborotadas solapándose, chocando unas con otras como piedras en un torrente. Había miedo en ese murmullo. Había ira. Y algo más oscuro, la sensación de que la noticia venía manchada, como si hubiera atravesado sangre antes de llegar.
Aluf frunció el ceño y apuró el paso. La mochila le golpeaba la espalda con cada zancada. Siguiendo el sonido, giró por un corredor y llegó a la gran plaza central frente a la imponente entrada de Takran, el anfiteatro tallado en la roca donde se discutía, se pactaba… y a veces se condenaba.
Allí, una multitud se había congregado.
Durthaks de distintas edades se apretaban en círculos, con rostros tensos, barbas húmedas de bruma, ojos que buscaban certezas donde solo había rumores. Algunos llevaban delantales manchados de hollín; otros, cascos de guardia; otros, manos vacías, pero con los puños cerrados. La plaza olía a hierro, sudor, cerveza derramada y ese fondo rancio de piedra mojada que nunca se va.
Aluf reconoció de inmediato a los grandes líderes de las forjas.
Gandur, ancho como un portón, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Mhozes, con su calma de serpiente, mirando a todos como si midiera cuánto valía cada palabra. Davor, con el rostro manchado de hollín y una expresión extrañamente quieta, como si estuviera escuchando un martillo invisible en su propia cabeza. Olaf, inquieto, moviendo una pierna y mascando su impaciencia. Bender, con la mirada clavada en el suelo, calculando.
Kili, el líder de los excavadores, tenía las manos llenas de cortes recientes, y la sangre seca se le pegaba en las uñas. Darak, jefe de la guardia, estaba rígido, con el metal de su coraza apagado bajo la neblina. Y más allá, como un muro de piedra en forma humana, estaban los tres grandes sabios: Hagan, Bramin y Orik, la Triada de Takran. Sus barbas largas y sus ojos cansados imponían silencio incluso antes de hablar.
En el centro de la conmoción, Alena se subía a unos barriles.
La cabellera platinada le caía en trenzas tensas, y su mirada era un filo. No llevaba corona ni armadura, pero su presencia hacía que los más ruidosos bajaran la voz sin darse cuenta. Cuando alzó la mano, el gesto fue corto, decisivo, como un golpe de yunque.
—¡Silencio!
Su voz resonó con autoridad, rebotando contra las paredes de la caverna. El murmullo se apagó, y la bruma pareció quedarse quieta, como si también escuchara.
Alena recorrió los rostros expectantes. Había durthaks que la miraban con devoción, otros con desconfianza, y otros con una desesperación muda. Ella no titubeó.
—He convocado a los grandes líderes de Takran para que se reúnan frente a la Triada —dijo—. Para que sean testigos de la verdad que todos debemos conocer.
La palabra verdad cayó pesada, como un bloque de mineral. Aluf sintió un pinchazo en el estómago. Cuando la gente decía “verdad” en Takran, rara vez era algo que alegraba.
>>Mis informantes me han confirmado que hubo una incursión de los varakros cerca de Purpon —continuó Alena—. Dos víctimas. Una exploración… por parte de los elfos oscuros.
Un murmullo de horror recorrió la plaza. Algunos durthaks se persignaron con un gesto antiguo; otros escupieron al suelo; un par se quedaron inmóviles, como si les hubieran vaciado el aire del pecho. Purpon quedaba lejos… pero los varakros no respetaban distancias. La montaña no era una muralla contra la sombra.
Alena levantó una mano pidiendo calma, pero sus ojos ardían.
—Se sabe que el príncipe Veren ha visitado castillos —prosiguió—. Se presume la formación de un gran ejército. Lo han visto en dirección a los bosques de Zreno en las últimas horas.
Mhozes ladeó la cabeza, interesado, como si esa confirmación encajara en un cálculo propio. Gandur apretó los dientes. Darak tragó saliva.
>>Los indicios son claros —dijo Alena, y la frase fue un martillazo—. Los varakros preparan un ataque. El rey Horok actúa en silencio para defender sus muros. Y ha pedido la ayuda de Takran… de forma engañosa… para armar a sus filas de la mejor manera posible, a costa de nuestro trabajo.
La indignación fue inmediata, pero contenida. Se sintió como un fuego que prende debajo de la ceniza.
>>No nos han compartido sus secretos —remató Alena—. Nos quieren útiles. No informados.
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Editado: 31.03.2026