La sala del trono, oscura y solemne, estaba iluminada apenas por un puñado de antorchas que chisporroteaban en sus soportes de hierro. La tenue luz develaba parte de la historia del reino en los muros de piedra, donde escenas de conquistas pasadas estaban talladas en un relieve desgastado por los años. Un pesado silencio dominaba el lugar, roto solo por el eco de pasos firmes que resonaban en las frías baldosas.
En el centro, sobre un trono de madera negra tallada y coronada con adornos de oro mate, Ulf Horok III, el noveno rey del reino de Horok, tamborileaba con los dedos sobre el brazo del asiento. Sus ojos, oscuros y llenos de tensión, recorrían la vasta sala mientras una mueca de desagrado se formaba en su boca. Su corona, un anillo de metal forjado en la fragua de sus ancestros, parecía pesarle más que nunca. Había pasado la mayor parte del día lidiando con los problemas de un reino que parecía desmoronarse por los bordes, y ahora, mientras la mañana avanzaba, su paciencia se agotaba rápidamente.
—¡Malditos sean todos esos campesinos! —Exclamó, su voz reverberando en el vacío de la sala. Apretó los puños y se levantó de su trono, su capa de terciopelo carmesí ondeando detrás de él. Comenzó a caminar de un lado a otro, sus botas resonando con un ritmo que marcaba su creciente irritación—. ¡Primero las quejas por las malas cosechas! Como si yo pudiera controlar el maldito clima. Luego, esos estúpidos mercaderes que se quejan de los bandidos en el Camino del Sur. ¡Acaso no ven que hay asuntos más urgentes que atender! ¡Y ahora… ahora quieren que reduzca los impuestos en Vulkan!
Horok escupió todas sus palabras con una mezcla de incredulidad y furia. El comandante Riwen, su consejero más cercano, lo observaba en silencio desde un rincón de la sala. La oscuridad cubría la mitad de su rostro, dejando solo sus ojos, afilados como dagas, visibles en la penumbra. Se quedó quieto, su figura imponente y estoica en contraste con la agitación de su rey. Riwen había visto a Horok así antes, pero nunca con una ira tan palpable, tan hirviente bajo la superficie.
—Majestad —dijo finalmente, su voz suave pero firme como un golpe de acero contra piedra—. Debe de calmarse. Esos asuntos, aunque irritantes, son triviales comparados con lo que realmente amenaza al reino. Agitarse así no servirá de nada.
Horok se detuvo, sus ojos clavándose en Riwen como si el consejero hubiera cometido una grave ofensa. La sala pareció volverse aún más silenciosa, como si el aire mismo hubiera contenido la respiración.
—¿Triviales? —respondió Horok, su tono goteando con sarcasmo venenoso—. ¡Triviales dices! ¡Los problemas se amontonan! Cada día es un nuevo desafío a mi autoridad, a nuestro legado. Estos campesinos, estos mercaderes… creen que pueden exigir, que pueden ponerme a prueba como si fuera un novato en el trono.
Riwen permaneció inmutable, esperando pacientemente a que el rey terminara su diatriba. Cuando Horok finalmente guardó silencio, el consejero dio un paso adelante, saliendo de las sombras y dejando que la luz de las antorchas iluminara su rostro curtido.
—Lo entiendo, Majestad —dijo Riwen, su voz más calmada—. Pero quizá debamos considerar otras opciones. Las tensiones aumentan en las fronteras, y los enigmáticos movimientos de los elfos oscuros se vuelven cada vez más preocupantes. Quizás sea el momento de buscar ayuda externa. El Rey Cedric Corwin de Farhan tiene recursos, y nos sería gran ayuda en este momento. Podría ser...
El rostro del rey se incendió con ira contenida:
—¡No! —La voz de Horok estalló en la sala como un trueno. Golpeó el respaldo del trono con la mano, haciendo temblar la pesada estructura—. ¡No! No me arrodillaré ante Cedric Corwin ni ante ninguno de esos bastardos de Farhan. Esos malditos diplomáticos en Calden Rux siempre han menospreciado nuestro reino, nuestro legado. Cuando Aldwin Horok conquistó este maldito trono, ganamos su respeto con sangre y fuego. ¡No cederé ese respeto ahora!
Riwen asintió lentamente, como si hubiera anticipado la respuesta. Su expresión seguía siendo serena, pero había un destello de preocupación en sus ojos.
—Majestad, comprendo su postura, pero no podemos ignorar la realidad. Farhan podría ser una fuerza aliada, no un enemigo. Y no es Corwin quien nos debilitaría, sino la percepción de nuestros enemigos si dejamos que los problemas en nuestras fronteras sigan creciendo. El linaje de Horok ha gobernado durante nueve generaciones con fuerza y sabiduría. Usted es un grandísimo rey, y nadie espera menos de un gran líder. Pero debe de considerar todas las opciones, incluso las que prefiera evitar.
Horok se volvió, su rostro sombrío y sus ojos inyectados en sangre por la furia. Dio un paso hacia Riwen, apuntando un dedo acusador hacia su consejero.
—¿Considerar todas las opciones? —susurró con un peligroso filo en su voz—. ¿Acaso olvidas que Calden Rux está sumido en su propia basura, Riwen? Esos fanáticos de La Nueva Orden controlan cada rincón de ese reino doblegando a sus nobles como si fueran meros bufones. Cualquier ayuda de Farhan vendría con un alto precio, uno que no estoy dispuesto a pagar. ¿Quieres que traiga aquí a esos malditos religiosos, dictando órdenes y persiguiendo a todo aquel que no se arrodille ante su maldita fe?
Riwen sostuvo la mirada del rey, inquebrantable.
—Majestad, todos esos fanáticos responden al mismo dios —dijo con calma—. Y ese dios no es más que el oro. Los amos esclavistas financian a La Nueva Orden, no por devoción, sino por interés propio. Es una inversión para ellos, y como toda inversión, buscan un retorno. Si podemos encontrar una manera de apelar a sus intereses, podemos manejar la situación sin comprometer nuestra independencia.
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Editado: 31.03.2026