El carruaje avanzaba lentamente por el Valle de Bronkorst, sus ruedas de madera rechinando suavemente sobre el camino de grava. Los picos nevados de las Montañas de Reihan se alzaban majestuosos al oeste, sus cumbres blancas resplandeciendo bajo el sol de la tarde, como si estuvieran bañadas en plata líquida. A su alrededor, el valle se extendía en un vasto mar de verdes profundos y vibrantes. Las suaves colinas estaban cubiertas de hierba alta que se mecía al compás del viento, mientras el rio Dotba serpenteaba a través de la tierra, sus aguas cristalinas reflejando el cielo despejado.
Dentro del carruaje, el príncipe Veren observaba el paisaje a través de la ventana abierta, aunque su mirada se desviaba constantemente hacia la joven elfa sentada frente a él. Arannis, con su cabello rojizo que caía en hermosos rizos sobre sus hombros, mantenía la vista fija en el paisaje, sus ojos de un verde tan profundo como el paisaje capturando cada detalle con una calma casi sobrenatural. El silencio entre ellos había sido largo, casi incómodo, pero ella no había mostrado signos de inquietud.
Finalmente, Veren rompió el silencio, su voz resonando con una mezcla de curiosidad y cortesía.
—Has mantenido todo el camino en silencio —dijo, sus ojos buscando los de ella—. ¿No te parece incómodo?
Arannis giró lentamente su rostro hacia él, una leve sonrisa asomando en sus labios, pero sus ojos permanecieron impasibles.
—Estoy a su servicio, Majestad —respondió con voz suave y medida—. Si desea hablar conmigo, es lo que haré.
Veren asintió, sintiendo una ligera punzada de incomodidad por la formalidad en su respuesta.
—Tengo muchas preguntas por hacerte —continuó, cruzando los brazos en un intento por parecer relajado—. Pero me gustaría que me contaras lo que consideres más importante en este viaje.
La joven elfa miró hacia la ventana, observando cómo el sol bañaba el valle en un cálido resplandor dorado.
—La paz —dijo finalmente, su voz casi un susurro, pero cargada de un peso que resonó en el interior de Veren.
El príncipe la observó con detenimiento, sus ojos claros buscando algo más allá de sus palabras.
—¿Crees que tu aporte puede traer la paz al reino? —preguntó, su tono cargado de una leve duda.
Arannis mantuvo su mirada en el paisaje exterior, pero su expresión se endureció apenas perceptiblemente. Giró de nuevo hacia él, sus ojos revelando una chispa de incomodidad.
—Disculpe, Majestad —dijo, su voz ahora más firme—. ¿Usted tiene la certeza de que su aporte lo hará?
La pregunta golpeó a Veren con la fuerza de una bofetada. El príncipe se dio cuenta del error en sus palabras y rápidamente bajó la mirada, una sombra de vergüenza cruzando su rostro.
—Perdona mi torpeza —dijo suavemente—. Llámame Veren, por favor. Siéntete en confianza, al menos mientras no haya otros presentes.
Una pequeña sonrisa curvó los labios de Arannis, como si la tensión hubiera sido suavemente levantada.
—Gracias… Veren —respondió, probando el nombre en sus labios como si fuera algo desconocido.
El príncipe asintió y decidió cambiar el tema, buscando aliviar la atmósfera.
—Vamos a empezar de nuevo —dijo con una sonrisa amistosa—. ¿Alguna vez has visitado Blackland?
Arannis negó con la cabeza, su expresión volviendo a ser neutral.
—No —dijo con sinceridad—. Todo lo que he oído sobre Blackland no fue para nada bueno.
Veren alzó una ceja, sorprendido por su franqueza.
—¿Y entonces? —preguntó, inclinado hacia adelante con genuina curiosidad—. Si solo has escuchado cosas malas, ¿por qué te uniste a mi causa?
Arannis sostuvo su mirada por un momento antes de volver la vista hacia la ventana.
—He vivido una vida apartada de la realidad de este mundo —respondió con voz tranquila—. En algún punto, quiero probarme a mí misma que no todo lo que hay afuera es malo. Quizás incluso pueda encontrar valores diferentes a los que aprendí en Zreno.
Veren la observó en silencio, impresionado por la profundidad de sus palabras. Había algo en ella, una dualidad entre la inocencia y la determinación que no podía dejar de admirar.
—¿Te habías aburrido de la vida en el bosque? —preguntó, en un intento de aligerar la conversación.
Arannis lo miró con seriedad, su expresión una mezcla de sorpresa y resolución.
—No pondría mi vida en riesgo por aburrimiento —respondió con firmeza—. Siento que tengo un propósito, algo que no puedo explicar, pero que en mi corazón es muy claro. En medio de un debate interior, tú llegaste a Zreno. Lo tomé como una señal del destino.
Veren sonrió con admiración genuina.
—Admiro tu valentía —dijo sinceramente—. Yo también visité Zreno por primera vez. Es casi un paraíso. Tranquilo, hermoso… pero cada vez se ven menos magos, ¿te has dado cuenta? Con la tragedia de Matuc y las cacerías esporádicas, los magos se esconden más. Incluso en el consejo del rey, ya no es como antes. Las bibliotecas solían estar llenas de magos con grimorios. Ikarus tenía muchos aprendices, pero ahora... ya no es igual.
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Editado: 31.03.2026