El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 17

La sala de mando del castillo de Blackland estaba inmersa en una penumbra inquietante, iluminada únicamente por las llamas vacilantes de las antorchas colgadas en las paredes de piedra. Sobre la mesa, un mapa del reino de Horok, tallado con precisión, desplegaba su geografía en todo su imponente detalle. Las montañas, ríos, y fortificaciones estaban marcados con símbolos y figuras, representando ejércitos y fortalezas.

.

El príncipe Veren estaba inclinado sobre el mapa, sus dedos moviendo con cuidado las pequeñas figuras de metal que simbolizaban los ejércitos del reino. Su rostro mostraba una concentración profunda, pero en sus ojos brillaba una chispa de preocupación. A su lado, el rey Horok, su padre, se mantenía de pie, los puños apretados sobre la mesa, como si de alguna manera pudiera doblegar la realidad a su voluntad con la fuerza de su ira.

—Con la ayuda de Yakart no será suficiente —dijo Veren, su voz tensa mientras movía las piezas desde el sur—. Morgan no dio precisiones de los números, aduciendo que debe contemplar el tamaño de la guarnición que defenderá su fortaleza.

Antes de que Veren pudiera continuar, el rey Horok explotó en una furia contenida que rompió el silencio de la sala como un trueno.

—¡No es posible que Morgan ponga en espera a la corona! —gritó, su voz reverberando en las paredes de piedra—. ¡Nos debe su servicio! ¡Cómo osa dudar o retrasarse cuando su rey lo llama!

Horok dio un paso atrás, su cuerpo tenso, como una bestia enjaulada que lucha por liberarse. Su rostro, endurecido por años de batalla y autoridad, se retorcía en una mueca de desdén.

>> ¡Todos deberían aprender del Duque Fausto y del Khan Vornak! —continuó, su voz subiendo en intensidad—. ¡Ellos hacen el mayor esfuerzo por su rey! ¿Y Morgan? ¿Qué es eso de no ceder anteponiendo sus intereses de atacar de forma impulsiva? Aún no nos confirma el aporte que puede hacer al reino. ¿Acaso la figura del comandante no es nada para ese imbécil? ¿Acaso se olvida de su juramento a la corona?

El rey golpeó la mesa con un puño cerrado, haciendo temblar las figuras sobre el mapa.

>> ¡Que vaya a la muerte segura él mismo si tanta gana tiene de entrar en Mussag! —espetó, su voz cargada de veneno.

Durante un breve instante, la sala quedó sumida en un silencio espeso. Los ojos de Veren permanecían fijos en el mapa, evitando la mirada furiosa de su padre. Horok respiraba con dificultad, sus manos temblando mientras trataba de recuperar el control. Cuando finalmente habló de nuevo, su voz era más baja, pero no menos cargada de ira.

>> ¿Y qué es eso de que Elowen ahora también se cree independiente? —preguntó, su tono ácido—. ¿Y tú solo vuelves con un voluntario, Veren? Representas al rey, ¿cómo es que nos pueden faltar el respeto de esa manera?

Veren bajó la cabeza, sus hombros hundiéndose bajo el peso de la desaprobación de su padre.

—Hice todo lo que pude —dijo, su voz casi inaudible.

Pero las palabras de Veren no apaciguaron la furia del rey.

—Pues no es suficiente —replicó Horok, sin titubear—. No vamos a ser el fin de un legado de poder y conquista. Un grupo de pseudo-rebeldes no va a derrocar lo que por generaciones hemos construido. Luego de ganar esta guerra varias cabezas van a rodar a lo largo del reino.

El rey giró bruscamente hacia Riwen, su comandante, que había permanecido en silencio junto a la puerta, observando la escena con una calma calculada.

>> ¿Qué podemos sacar de Takran, Riwen? —preguntó Horok, su voz ahora más controlada, pero cargada de una expectativa implacable.

Riwen se acercó a la mesa, su rostro impenetrable. Era un hombre de pocas palabras, pero cada una de ellas cargaba un peso que el rey valoraba.

—Takran tiene una guarnición casi nula, mi señor —respondió Riwen, con un tono neutral—. No es un pueblo guerrero. Su mayor aporte podría venir de sus forjas. Deberíamos preparar una expedición a Reihan para extraer más mineral, como el que se usó en la espada que entregó el comerciante, más allá de todo, ha cumplido con creces su palabra.

El rey Horok escuchó en silencio, sus ojos afilados como cuchillas mientras procesaba la información. Apretó los labios, sus pensamientos corriendo en círculos, siempre volviendo al mismo punto de frustración.

—Recursos y más recursos —gruñó Horok, su voz impregnada de cansancio y desdén—. Nos vamos a terminar consumiendo. Todos piden y poco ofrecen.

El rey se dejó caer pesadamente en una silla en la esquina del mesón, apoyando la cabeza en una mano como si el peso de su corona fuera demasiado para soportarlo. Sus ojos, llenos de una furia que no encontraba escape, se clavaron en Riwen.

>> ¿Sabes algo de los enviados a Farhan? —preguntó, con una voz que apenas ocultaba su impaciencia.

Riwen negó con la cabeza, sus ojos fijos en el mapa.

—No, mi señor. No hemos tenido noticias de Hagi.

El silencio que siguió fue opresivo, cargado de una tensión que parecía devorar el aire de la sala. Horok cerró los ojos por un momento, apretando las sienes con los dedos en un gesto de desesperación contenida. Cuando volvió a hablar, su voz era más baja, casi un susurro de rabia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.