El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 18

El silencio de la noche envolvía el castillo de Blackland, sus antiguos muros de piedra oscurecidos bajo la pálida luz de la luna. El príncipe Veren caminaba por los pasillos vacíos, sus pasos resonando en el suelo de mármol como un eco distante. La frialdad del aire se colaba por las ventanas abiertas, y aunque su piel sentía el frío, su mente ardía con pensamientos incontrolables.

La ansiedad lo consumía. Sus manos sudorosas se apretaban en puños temblorosos, incapaces de detener la marea de pensamientos intrusivos que se agolpaban en su cabeza. Cada pasillo que recorría parecía alargarse indefinidamente, como si el castillo mismo conspirara para mantenerlo atrapado en su desesperación. Sentía el peso del reino sobre sus hombros, y con cada paso, ese peso se hacía más insoportable.

Veren avanzaba con la mirada perdida, sin un destino claro en mente, hasta que se encontró frente a un pasillo familiar. Allí, a lo lejos, la tenue luz de una vela se filtraba por la rendija entre las uniones de la madera de una puerta. La habitación de Arannis. Sus pasos se volvieron más lentos, más indecisos, como si una parte de él quisiera acercarse mientras la otra lo frenaba. Se quedó quieto, mirando la puerta, sintiendo una tentación peligrosa de tocar, de buscar consuelo en la presencia de la joven elfa.

Pero la razón lo alcanzó antes de que pudiera moverse. Tenía que ser fuerte, por su reino, por su padre, por todo aquello que estaba en juego. Desistió y dio media vuelta, su corazón apretado en su pecho como si estuviera rodeado de un frío gélido que nunca se derretiría. Se obligó a seguir caminando, alejándose de la puerta de Arannis y de la posibilidad de alivio que ella representaba.

Dentro de la habitación, Arannis yacía despierta en su cama, incapaz de encontrar el sueño. Sus pensamientos se entrelazaban con los recuerdos que había tocado en la mente de Veren. Había sentido su dolor, su miedo, su carga. Un príncipe con un corazón noble, atrapado en las garras de un destino que parecía decidido a aplastarlo. Arannis suspiró, sintiendo un impulso inexplicable de ayudarlo, de aliviar su carga, aunque solo fuera un poco. Quizás, pensó, el mundo exterior aún tenía esperanza.

Veren continuó su deambular hasta que llegó a uno de los grandes balcones del castillo. Necesitaba aire, necesitaba liberar su mente del caos que la dominaba. Sin embargo, al llegar, se encontró con una figura familiar, apostada sobre la delimitación del balcón. Su padre, el Rey Ulf, estaba allí, contemplando la quietud de la noche.

—Disculpa, padre, no sabía que estabas aquí —murmuró Veren, dando un paso atrás, dispuesto a marcharse.

Pero Ulf lo detuvo con un gesto, sin apartar la vista del horizonte.

—No te vayas, Veren —dijo el rey, su voz tranquila, pero cargada de un peso invisible—. Acércate.

Veren obedeció, acercándose al balcón junto a su padre. El viento nocturno acariciaba sus rostros, trayendo consigo el olor de la tierra fría y la humedad del ambiente. Ulf permaneció en silencio por un momento, disfrutando de la calma que la noche ofrecía.

>>Me gusta contemplar en la quietud de la noche —dijo Ulf finalmente, con una melancolía que Veren no había escuchado antes—. Es la única paz que puedo encontrar, la calma que me escapa durante el día.

El rey señaló a uno de los guardias apostados en una torre cercana, una silueta solitaria que vigilaba bajo la luz de la luna.

>>Hay veces que estúpidamente envidio la vida de mis soldados —continuó Ulf—. Una vida sin preocupaciones mayores. El peso que recae sobre los hombros de un rey es demasiado. Más de lo que un hombre debería soportar.

Veren asintió, aunque en su interior sentía que sus palabras no eran suficientes.

—Intento comprenderlo, padre —dijo con sinceridad—. Llevar el peso de la corona debe ser... importante.

Ulf se giró entonces hacia su hijo, y por un momento, Veren vio algo en su mirada que no había visto en mucho tiempo. Una mezcla de ternura y orgullo, una conexión que había estado ausente durante años.

—Sé que no es fácil para ti tampoco —dijo Ulf, su voz más suave de lo habitual—. Quizás ahora piensas que no estás preparado, que no tienes idea de cómo proceder cuando heredes la corona. Pero te confieso que yo tampoco sabía. La mejor manera de asumir tu destino es intentar tomar las decisiones correctas, por más duras que sean.

Veren miró a su padre, asimilando sus palabras, sintiendo una nueva responsabilidad crecer en su pecho.

—Haré todo lo que esté a mi alcance por honrar nuestro legado y a ti, padre —dijo Veren, su voz firme, aunque su corazón aún cargaba con dudas.

Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Ulf.

—Sé que muchas veces te presiono demasiado —admitió el rey—, pero es la única forma de convertirte en alguien mejor. Es la única manera en que puedo prepararte para lo que te espera.

Veren permaneció en silencio, sintiendo una mezcla de gratitud y respeto hacia su padre.

>>He tomado decisiones muy complicadas como gobernante —continuó Ulf, su voz quebrándose ligeramente—. Algunas han tenido resultados atroces. Otras veces, pensé que hacía el bien, solo para causar el mal. Y muchas veces, se me han atribuido males sobre los que no tenía responsabilidad alguna. Pero hay una cosa de la que estoy seguro, Veren. Desde la muerte de tu madre, cuando viniste a este mundo, eres lo único bueno que he hecho. Lo único de lo que estoy orgulloso.




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