El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 20

El cielo de la mañana ya se extendía sobre Blackland como un manto de acero frío, sin rastros del sol que se asomara a calentar las paredes grises del castillo. En uno de los balcones altos, donde el viento cortante traía consigo el aroma de la cercana ciudadela y la inquietud de sus habitantes, el príncipe Veren se encontraba de pie, sus manos descansaban en la barandilla de piedra mientras su mirada se perdía en el horizonte, más allá de las murallas, más allá de la seguridad ilusoria que ofrecían.

Arannis, con su figura esbelta envuelta en una capa ligera, se encontraba a su lado, observando el perfil tenso del príncipe. Su corazón latía con un peso que no podía explicar, una mezcla de preocupación y un afecto naciente que ella misma apenas comprendía.

—No puede ser cierto lo que acabas de decir —murmuró, su voz temblaba ligeramente, como si temiera que al decirlo en voz alta confirmaría la realidad.

Veren se giró lentamente, su rostro mostraba una mezcla de ira y desesperación contenida. Sus ojos, que normalmente brillaban con determinación, ahora reflejaban un abismo oscuro, como si hubiera visto algo más allá de lo que un hombre debería ver. Sus palabras, cuando llegaron, eran amargas, teñidas por el peso de la responsabilidad que lo aplastaba.

—Ya no existe un lugar seguro, Arannis —respondió, su voz era firme, pero cargada de una angustia que no podía ocultar.

Arannis sintió un escalofrío recorrer su espalda. El príncipe, siempre tan seguro de sí mismo, tan resuelto en sus decisiones, ahora parecía roto, sus palabras destilaban una desesperanza que se colaba en sus propios pensamientos.

—Yakart contaba con la mejor fortificación después de Blackland y Khoros —dijo ella, su voz intentaba aferrarse a algún atisbo de esperanza.

Veren apretó los puños, sus nudillos se volvieron blancos contra la piedra fría. Su mirada se endureció mientras sus labios se curvaban en una mueca de frustración.

>>Los malditos Varakros han demostrado que están más allá de cualquier defensa que pueda preparar este reino —espetó con una ira apenas contenida—. No importa cuán fuertes sean nuestras murallas, no importa cuántos hombres tengamos, ellos siempre van a encontrar una manera de destruirlo todo.

Arannis sintió que las palabras de Veren calaban hondo en su corazón. Podía ver en sus ojos el dolor de la pérdida, el miedo de no poder proteger a su gente, el peso insoportable de llevar sobre sus hombros el destino de todo un reino.

—No todo está perdido —intentó reconfortarlo, su voz era suave, pero llena de convicción.

Veren soltó una risa amarga, que resonó en el aire frío de la mañana.

—¿No oíste lo que quedó de Yakart? —Dijo, su voz se volvió más sombría—. Las guarniciones, el castillo, la fuerza de su líder… Todo reducido a cenizas. Los varakros no solo destruyen, Arannis, juegan con nosotros, como un cazador con su presa. Nos desesperan, nos desangran lentamente antes de darnos el golpe final.

Las palabras de Veren estaban llenas de una verdad que Arannis no podía negar, pero no estaba dispuesta a dejar que él se hundiera en esa oscuridad.

—Tiene que existir una manera —dijo, sus ojos reflejaban una determinación que no mostraba la duda que sentía en su interior.

Veren la miró, su expresión era un mar de tormento y desesperación, pero en sus ojos también había una chispa de algo más. Quizás era esperanza, o quizás la sombra de un último esfuerzo por encontrar una solución.

—Hay que suplicarle a Elowen que envíe a los magos de Zreno —dijo, sus palabras eran un susurro, como si dudara incluso en decirlo—. Aunque no sé si queda tiempo… o si él siquiera estaría dispuesto a ayudarnos.

Arannis asintió lentamente, comprendiendo el dilema del príncipe. Sabía que Elowen, el rey de los elfos Ereborn, era un líder sabio pero difícil de persuadir, y el tiempo parecía agotarse más rápido de lo que podían reaccionar.

—¿Y qué dice tu padre, el rey Horok? —preguntó, su voz era cautelosa, temiendo la respuesta.

Veren apartó la mirada, su mandíbula se tensó, y por un momento, el silencio entre ellos fue tan denso como las nubes sobre sus cabezas.

—Está en una reunión privada —dijo finalmente, con una amargura que apenas pudo ocultar—. Sé que en horas decisivas no contará con su hijo. No soy más que una sombra en su corte, un heredero que aún no ha demostrado nada de real valor.

Las palabras de Veren eran duras, y Arannis sintió cómo su propio corazón se quebraba un poco al escuchar la frustración y el dolor en su voz. Sin dudarlo, se acercó a él y lo abrazó, rodeando su cuerpo con sus brazos, sintiendo el frío de la mañana disiparse ligeramente con el calor que intentaba transmitirle.

—Vamos a encontrar una manera, Veren —susurró contra su pecho—. No pierdas la esperanza. Aún queda lucha en nosotros, y mientras tengamos eso, no estaremos derrotados.

El príncipe cerró los ojos, permitiendo que la calidez de Arannis lo envolviera, su mente atormentada por el peso de sus pensamientos se calmó ligeramente. Había algo en la presencia de ella que lograba sosegar las tormentas que rugían dentro de él.

Después de lo que pareció una eternidad, Veren se apartó ligeramente, mirándola a los ojos. Sus facciones, aunque aún marcadas por la tensión, mostraban una leve suavidad, una chispa de esperanza que no había sentido desde que las noticias de Yakart llegaron a Blackland.




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