El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 22

La mañana teñía de rojo los ventanales de la sala del trono en Blackland, como si el sol mismo ardiera de ira sobre el horizonte. El eco de las botas sobre las baldosas ennegrecidas por el paso del tiempo marcaba un ritmo pesado, interrumpido solo por el susurro de las banderas rasgadas que colgaban de los altos pilares. El trono de Horok se alzaba imponente en el extremo de la sala, un bloque de hierro tallado con formas de bestias en guerra.

El rey Horok, sentado como una montaña de carne endurecida por los años de batalla, apretaba los brazos del trono con tal fuerza que los nudillos de sus manos parecían a punto de reventar. Frente a él, el comandante Riwen, con su armadura aún manchada de polvo por la constante actividad de los últimos días, hablaba con un tono cortante que rebotaba en las piedras como una espada desenvainada.

—No podemos permitirlo —gruñó Riwen—. No ahora. No con las defensas de nuestro reino agrietadas y la moral hecha jirones. No podemos doblegarnos ante un traidor y sus desertores. Sería como poner la soga en nuestro propio cuello.

Horok asintió, cada movimiento de su platinada cabeza una sentencia.

—No pagaremos tributo a un perro —dijo, su voz ronca de furia contenida—. Si permitimos que Hunter imponga sus términos, mañana otro vendrá a pedir más, y el siguiente día otro. Y entonces, ¿qué quedará de Blackland sino ruinas habitadas por parásitos?

La atmósfera en la sala era densa, como si las paredes mismas contuvieran la respiración. El único que no participaba de la tormenta era Ikarus, el Archimago. De pie junto a uno de los pilares, su túnica grisácea parecía absorber la escasa luz de la mañana. Su rostro, enmarcado por una barba larga, delgada y cabellos de plata, permanecía sombrío, los ojos hundidos en un abismo de pensamientos.

Cuando la discusión amenazaba con escalar a gritos, Ikarus levantó una mano. El silencio cayó con un golpe seco.

El rey lo miró, la frente surcada por arrugas de irritación.

—¿Qué tienes que decir, Ikarus? —espetó Horok.

El mago avanzó unos pasos. Cada sonido de sus botas resonaba como una campanada fúnebre.

—Debemos de aceptar los términos de Hunter —repuso con calma.

La frase cayó en la sala como una piedra en un estanque muerto. Riwen dio un paso hacia adelante, su espada tintineando en la vaina. Horok se enderezó en su trono, ojos inyectados en sangre.

—¿Has perdido el juicio? Ese maldito bastardo te trató como basura y quieres ceder a sus peticiones —bramó el rey.

Ikarus no se inmutó.

—No me agrada —admitió—. Hunter es un hombre peligroso, quizás más que aquellos que ahora mismo rasgan nuestras fronteras. Pero negar su oferta por orgullo sería cavar nuestra propia tumba.

Horok bufó.

—¿Así de débil crees que es Blackland?

El mago entrecerró los ojos, pesados de un conocimiento oscuro.

—He sentido el peso de la magia en el viento, Su Majestad. He escuchado el susurro de los varakros, sus preparativos, su hambre por arrasar este lugar.

Caminó hacia el trono, cada palabra una piedra más en el muro de su argumento.

>>Mis artes no bastarán para detenerlos si atacan con todas sus fuerzas. Ni siquiera la combinación de acero y magia será suficiente.

Hizo una pausa, la tensión colgando como un cuchillo en el aire.

>>Hunter... —prosiguió—... lleva consigo un poder distinto. Hay algo en él, algo que podría inclinar la balanza, si su gente tiene su mismo potencial. Nos guste o no, necesitamos ese poder. Necesitamos a los desertores. Ahora que ya no tenemos a Yakart. Toda ayuda es necesaria.

Riwen maldijo en voz baja, pero no se atrevió a interrumpir.

Horok se recostó pesadamente en el trono. Sus ojos buscaron grietas en el suelo, como si allí pudiera encontrar una salida.

—¿Estás dispuesto a ceder tu lugar en el consejo de magos para sellar esta alianza? —preguntó, su voz como un filo de hielo.

Ikarus esbozó una sonrisa amarga.

—Estoy dispuesto a que sobreviva algo de este reino. Si dejamos que nuestro orgullo nuble la razón, pronto no habrá consejo que defender... ni reino que gobernar.

La respuesta flotó en el aire, dura y definitiva como un decreto de muerte.

Horok cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, la decisión se reflejaba en ellos, sombría y sin retorno.

La luz de la mañana caía como un cuchillo oblicuo sobre la posada de “El Dragón Azul” en el norte de la ciudadela. Dentro, la atmósfera era espesa por el humo del tabaco y el olor a cerveza rancia. Los pocos parroquianos se refugiaban en las sombras, sus rostros curtidos marcados por la fatiga y la resignación.

La puerta se abrió de golpe, dejando entrar un haz de luz brutal y a un hombre con la capa de los guardias reales. La mirada del soldado barrió la sala con la eficiencia de un cazador, hasta posarse sobre la figura sentada en una de las mesas del fondo.

Hunter levantó la vista, una sonrisa ladeada surcando su rostro curtido.




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