El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 23

La barcaza tocó tierra con un gemido de madera cansada, y el golpe contra la arena húmeda sonó como un hueso que se quiebra en la oscuridad. El agua retrocedió, dejando algas pegadas al casco y un hilo de espuma que se arrastró hacia el río como si quisiera volver a tragarse a los vivos.

El aire de Vyren olía distinto. No era el hedor de Grimward ni el hierro de la batalla; era un olor de hogar tembloroso, humo de chimeneas, tierra mojada, pino húmedo y ganado inquieto. Pero incluso ese aroma traía miedo. En la costa, las gaviotas volaban bajo, como si supieran que el cielo también podía ser una trampa.

Efrik saltó primero, hundiendo las botas en el barro costero. El agua le mordió los tobillos y le arrancó una maldición entre dientes, pero no detuvo el paso. La mirada recorrió el borde del bosque cercano, la línea de casas que se escondía tras una loma y el camino que subía hacia el pueblo como una vena oscura.

Habían pasado días desde Grimward, y el viaje los había envejecido a todos de maneras distintas. Dunyen parecía un hombre doblado por dentro, su rostro más pálido que el amanecer. Zayn caminaba como si cargara un peso invisible en la nuca, los ojos hundidos, el parpadeo lento, la boca apretada. Lyara sostenía a Magby en brazos, y la niña se aferraba a su cuello con dedos pequeños, como si el mundo fuera un precipicio. Isca llevaba la espada ahora en la espalda como una extensión de su espina, y su silencio tenía filo. Jana caminaba pegada a él, sin reclamar espacio, sin pedir consuelo, como si el miedo fuera una capa que ya no se quitaba.

Jay permaneció un momento en la barcaza, con una mano en el mástil y el rostro vuelto al agua, midiendo distancias con la mirada. Había algo en sus hombros que decía partida incluso antes de moverse.

—¡Aquí! —gritó una voz desde el sendero.

Entre la bruma marina apareció una figura con una túnica oscura y un bastón de madera pulida. Burel no avanzó con prisa, pero cada paso suyo llevaba autoridad, como si incluso la tierra se abriera para dejarlo pasar. La barba, gris y ordenada, le caía hasta el pecho; los ojos eran de ese tipo que parecían ver más de lo que se les mostraba.

Se detuvo frente a ellos y, sin preguntar quiénes eran, sin pedir nombres, buscó con la mirada un rostro que no estaba.

El silencio en su expresión fue un golpe.

Burel no dijo “¿Dónde está?”. No hizo falta. Sus ojos, al recorrer la comitiva, se detuvieron en el espacio vacío, como si la ausencia fuera un cuerpo más.

Efrik sintió cómo se le secaba la garganta. La brisa golpeó, llevando olor a algas y a madera mojada. Y la palabra se le quedó atascada como una espina.

—No volvió —soltó al fin, antes de que el maestro pudiera abrir la boca.

Los ojos de Burel se estrecharon apenas. Un gesto mínimo, pero en él se quebró algo antiguo.

—Hagi… —murmuró, como si el nombre fuera una piedra en la lengua.

Efrik se encogió de hombros, pero su arrogancia habitual no apareció. En su lugar había cansancio, uno sucio, pegado a los huesos.

—Grimward lo tragó —dijo—. Teníamos a Ren, teníamos a la mitad de la prisión ardiendo, y esos inquisidores… —se le escapó una risa sin alegría—. Esos no eran hombres. Hagi nos empujó a salir. Se quedó con ellos en el subsuelo. Ese fue su final.

Burel apretó el bastón hasta que la madera crujió. La bruma le humedeció la barba. Por un instante, pareció más viejo.

—Refugio —ordenó, sin levantar la voz—. Adentro. Ahora.

No había piedad en esa instrucción, solo urgencia. No era el tipo de hombre que lloraba en las puertas; las lágrimas, en Vyren, se guardaban para cuando ya no hubiese nada que proteger.

La comitiva se movió, y en ese movimiento se notó el estado real de cada uno. Dunyen fue alzado con cuidado. La sangre vieja había oscurecido el vendaje, y el olor a carne herida se mezcló con el salitre. Ren caminó apoyándose en Lyara por momentos. Magby temblaba en brazos de su hermana, y cada vez que el viento soplaba, la niña se escondía más. Shadow caminaba junto a ellos acompañando el paso.

Mientras avanzaban hacia el pueblo, Jana se detuvo junto a Jay. La costa quedaba atrás, y la barcaza parecía una sombra inútil encallada en la arena.

Jay la miró con la misma calma de quien ya tomó una decisión hace mucho. Jana dio un paso y le tomó la mano, apretándola con fuerza.

—No vamos a olvidarlo —dijo, y su voz salió áspera, como si hubiese tragado humo—. No vamos a olvidar lo que hiciste. Ni lo que hizo la Mau’Ra Nyra. Ni el pueblo asran.

Jay bajó la mirada hacia su mano unida a la de Jana, como si aquel gesto fuera una rareza en un mundo donde el agradecimiento solía ser una moneda falsa.

—No lo hice por gratitud —respondió él—. Lo hice porque alguien tenía que hacerlo.

Jana tragó saliva.

—Igual… —susurró—. Algún día lo vamos a devolver.

Jay soltó su mano con suavidad. Volvió a subir a la barcaza, tensó una soga, y el viento atrapó la vela como si el mar lo reclamara de nuevo. Jana se quedó en la orilla unos segundos más, observando cómo el bote giraba, se soltaba de la costa y se alejaba hacia la negrura del río, rumbo a Farhan, rumbo a una amenaza diferente.




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