El camino se abría entre colinas bajas y campos desérticos, una tierra suave donde las herraduras dejaban marcas que el viento borraba en solo unos segundos. El cielo estaba extrañamente cubierto por nubes densas, grises como plomo viejo, y el aire olía a humo lejano. Ese olor agrio que antecede a las desgracias grandes.
Veren cabalgaba con los hombros caídos. No era cansancio físico lo que lo doblaba, sino una carga más profunda, una que no se sacudía con el trote del caballo. El animal avanzaba a paso lento, obediente, como si percibiera el peso que llevaba su jinete por dentro. A cada costado del camino, la aldea de Dallh se extendía en un silencio incómodo… casas de adobe agrietado, cercos torcidos, un molino inmóvil cuyas aspas chirriaban de tanto en tanto cuando el viento las empujaba sin ganas.
Arannis cabalgaba a su lado, un poco detrás, observándolo sin invadirlo. La capa esmeralda se le movía apenas con cada paso, y el rostro, habitualmente firme, estaba marcado por una preocupación que no intentaba ocultar. Habían atravesado Dallh sin detenerse, sin palabras de bienvenida ni curiosidad en las miradas, los aldeanos se escondían detrás de puertas entornadas, como animales que presienten una tormenta antes de verla.
Veren fue el primero en hablar, pero su voz salió rota, áspera, como si llevara días sin ser usada.
—No sirvió de nada —dijo, sin mirar a Arannis—. Todo ese viaje… toda esa humillación.
El sonido de los cascos sobre el barro llenó el espacio que dejó la frase.
—No es cierto —respondió ella, con suavidad—. Saber la verdad también es un peso necesario.
Veren soltó una risa breve, amarga.
—¿La verdad? —murmuró—. La verdad es que mi padre permitió un horror que dio nacimiento a los varakros. La verdad es que Blackland sangra por la soberbia del consejo… por la sed de poder que nadie quiso frenar.
Apretó las riendas. El caballo alzó la cabeza, inquieto.
>>No puedo dejar de imaginarlo —continuó—. Niños. Jóvenes. Encadenados en catacumbas. Usados como carne para rituales. ¿Cómo se defiende un reino construido sobre eso?
Arannis adelantó su montura hasta quedar a su lado. El viento le llevó un mechón de cabello sobre el rostro; no lo apartó.
—No todos son culpables —dijo—. Un reino no es solo su rey ni su consejo. Es su gente.
Veren cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, estaban húmedos.
—Y aun así… —susurró—. No conseguí ayuda. Weygul nos dio la espalda. Vi en sus ojos que nos consideran responsables de nuestra propia condena.
Arannis bajó la mirada hacia el camino, midiendo sus palabras.
—Por eso deberíamos desviarnos a Zreno —dijo al fin—. Allí hay una defensa fuerte, alianzas vivas. Podríamos resistir. Esperar. No tienes por qué morir defendiendo errores ajenos.
Veren tiró suavemente de las riendas y detuvo el caballo. Arannis hizo lo mismo. El viento sopló con más fuerza en la cima de la colina, trayendo consigo el olor de la sequía y algo más… hierro, quizás, o humo distante.
Veren giró el rostro hacia ella. En sus ojos no había rabia, sino una tristeza obstinada.
—No puedo —dijo—. No ahora. No de esta manera.
—Veren… —intentó Arannis.
—No —la interrumpió, con una firmeza que la sorprendió—. Escúchame.
Se enderezó en la montura, como si aquel gesto le devolviera algo de sí mismo.
>>Blackland es mi hogar —continuó—. Sus murallas me vieron crecer. Sus calles… —tragó saliva—. Por más que mi padre se haya equivocado, por más que haya permitido horrores, yo no puedo abandonar a mi gente.
Arannis apretó los labios.
—El honor no te devolverá la vida si caes —replicó—. Zreno no significa ceder a la cobardía. Es supervivencia.
—Para mí sí lo sería —respondió Veren—. Si huyo ahora, ¿qué clase de príncipe soy? ¿Con qué cara podría volver a mirar a los ojos a las familias de los soldados que mueran defendiendo la ciudad?
El silencio se tendió entre ambos, denso como una tela mojada. Abajo, en la salida de Dallh, una chimenea comenzó a humear tímidamente. Un perro ladró y calló de inmediato.
Arannis abrió la boca para insistir, para buscar otro ángulo, otra herida por donde entrarle. No llegó a hacerlo.
Veren levantó una mano de golpe.
—Espera.
Clavó la mirada hacia el este, más allá de la aldea, hacia la línea ondulada de colinas que se perdía en la distancia. El sol, oculto tras las nubes, se filtraba en una franja pálida que iluminaba un punto lejano.
Allí.
Arannis siguió la dirección de su mirada. Al principio no vio nada, solo sombras y relieves. Luego, el movimiento.
Una mancha oscura avanzaba lentamente, organizada, rítmica. A medida que el ojo se acostumbraba, las formas se definían… filas, estandartes bajos, el brillo apagado del metal bajo el cielo cubierto.
Un ejército.
—Khoros… —murmuró Veren.
El corazón le dio un salto seco en el pecho. Se inclinó hacia adelante, como si el gesto pudiera acortar la distancia.
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Editado: 01.04.2026