El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 25

Las torres de Blackland emergían del horizonte como dientes de obsidiana clavados en la garganta del mundo.

A medida que el grupo descendía por las últimas lomas, el castillo se alzaba más grande, más real, y con él crecía la sensación de que el aire se había vuelto más pesado. La ciudadela estaba despierta, humo de forjas y cocinas escapando por chimeneas, antorchas encendidas pese al sol pálido, guardias moviéndose en las murallas como sombras nerviosas. No era la calma de una fortaleza segura; era la tensión de una presa que ha olido al depredador demasiado cerca.

Keane cabalgaba al frente con la mandíbula apretada, el manto tieso por la escarcha y el sudor. Los dedos le dolían de tanto sujetar las riendas. El rostro estaba manchado de barro y sangre seca, y sus ojos, abiertos de más, parecían incapaces de parpadear. A su espalda, los sobrevivientes avanzaban como una columna malherida, soldados con vendajes improvisados, mineros con las manos ensangrentadas por haber cavado y peleado con la misma desesperación, mulas cargadas con sacos de kercio que golpeaban contra los flancos con cada paso. Davor iba junto a él, más bajo sobre la montura, con el cuerpo ancho envuelto en pieles. En la espalda llevaba un fardo y, atado al costado, el metal oscuro que habían arrancado de Reihan, la esperanza convertida en mineral.

Keane alzó la mirada hacia las murallas cuando el portón se hizo grande y la distancia se volvió corta.

Entonces lo vio. A lo lejos, por el camino que venía desde Khoros, el valle se movía. No era un rebaño. No era una caravana. Eran las filas de un ejército.

Filas negras que avanzaban con disciplina, y estandartes que apenas se distinguían a esa distancia, pero que Keane conocía como se conoce el rostro de un enemigo, los colores de Morgan.

Sintió un golpe frío en el estómago.

—Ahí están… —murmuró.

Davor siguió su mirada. Sus ojos se achicaron, y su mandíbula se tensó bajo la barba.

—Llegaron —dijo, sin sorpresa. Como si lo hubiera sabido desde la emboscada.

Las puertas de Blackland se abrieron solo lo suficiente para tragarlos con rapidez.

Los guardias en el pórtico no hicieron preguntas innecesarias al ver el estado del grupo. Vieron la sangre, el cansancio, el prisionero. Vieron el brillo mate del kercio. Y vieron, detrás, el movimiento en el horizonte.

—¡Cierren! —rugió Keane al cruzar— ¡Cierren las malditas puertas!

Las bisagras gemían bajo el peso del portón. El hierro golpeó contra el marco con un estruendo que resonó por el patio central como un anuncio de funeral.

El interior de la ciudadela era un hormiguero de preparativos. Hombres corriendo con haces de flechas, herreros trasladando barras al rojo vivo, aprendices cargando baldes de agua y cubos de carbón. En un rincón, se apilaban piedras para arrojarlas desde la muralla. En otro, se oía el quejido de caballos nerviosos, olfateando la tensión en el aire.

Keane desmontó antes de que el caballo se detuviera del todo. Sus botas golpearon el suelo con un sonido húmedo.

—Necesito ver al comandante Riwen —dijo al primer guardia que se le cruzó—. Ahora.

No esperó respuesta. Empujó gente, atravesó el patio como un hombre que corre hacia el borde de un precipicio. Los soldados que lo reconocieron se apartaron. Algunos lo miraron con esa expresión en la que se mezclan respeto y miedo… respeto por quien regresa vivo de Reihan, miedo por la noticia que trae.

Riwen estaba cerca de la sala de mando, discutiendo con dos oficiales junto a un atril donde colgaba un mapa. Al ver la figura de Keane, su rostro cambió de inmediato. La dureza habitual se tensó, como si le hubieran golpeado una costilla.

—¿Qué demonios…? —empezó.

Keane no le dio espacio para la cortesía.

—Nos emboscaron —escupió—. En Reihan. Antes de llegar al depósito de las minas.

Riwen frunció el ceño.

—¿Quién?

Keane señaló hacia el patio donde traían al prisionero, arrastrándolo como un saco.

—Gente enviada por Ander Morgan.

La frase cayó como un hachazo.

Riwen parpadeó una vez, lento. Luego soltó una risa corta, incrédula, como si el absurdo le hubiera mordido la lengua.

—Eso es una locura. Morgan es aliado. Khoros juró.

—Juró lo que le convenía —cortó Keane, y su voz estaba ronca de rabia—. Capturamos a uno. Lo confesó antes de que lo calláramos. Lo traigo para que lo oiga el rey si hace falta.

Riwen miró al prisionero que era arrastrado por dos solados tras los pasos de Keane. Vio las marcas de la cuerda. Vio la sangre en la nieve seca del pantalón. Vio la forma en que evitaba levantar la cabeza.

—¿Estás seguro? —preguntó, y esta vez no había arrogancia. Había miedo. El tipo de miedo que solo nace cuando el enemigo está dentro del plan.

Keane se inclinó hacia él.

—Si me equivoco, me vas a arrancar el corazón con tus manos. Pero si tengo razón y abrimos las puertas… Blackland cae en una hora.

Riwen apretó la mandíbula.




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