El salón del trono estaba lleno de ecos.
No de voces, sino de silencios superpuestos, de respiraciones contenidas, de pasos que no se atrevían a sonar demasiado fuerte sobre la piedra pulida. Las antorchas ardían altas en los muros, pero su luz parecía insuficiente; proyectaban sombras que deformaban las columnas y alargaban los rostros como si todos allí fueran versiones más viejas, más cansadas, más culpables de sí mismos.
El rey Horok permanecía sentado en el trono de basalto negro, la espalda recta, las manos apoyadas sobre los apoya brazos tallados con símbolos antiguos del reino. Su corona ahora parecía que no brillaba, era un aro pesado, austero, sin ornamentos innecesarios, más una carga que un honor. Tenía el ceño fruncido y la mirada clavada en algún punto indeterminado frente a él, como si observara una versión invisible del pasado que se negaba a desaparecer.
Frente al trono, de pie, estaba el comandante Riwen.
El comandante se había retirado el casco. El cabello gris, húmedo de sudor, le caía sobre la frente. Sus manos estaban cerradas en puños que no temblaban, pero cuya rigidez delataba el esfuerzo por no estallar. Cada músculo de su cuerpo estaba preparado para la guerra, pero aquella batalla, lo sabía, no se libraría con acero.
—No debemos flexibilizar la postura —dijo Riwen, rompiendo el silencio—. No ahora.
La voz resonó con fuerza, clara, sin rodeos.
Horok giró lentamente la cabeza hacia él.
—Hablas como si ya estuviera decidido —respondió el rey—. Como si Ander Morgan fuese culpable sin derecho a defensa.
Riwen dio un paso al frente. Solo uno. Lo suficiente para que la distancia entre ambos se volviera incómoda.
—Habla su ausencia, majestad —replicó—. Habla el silencio del sur. Habla el hecho de que un ejército entero esté apostado frente a nuestras murallas sin su líder dando la cara.
Horok apretó la mandíbula.
—Ese ejército ha marchado días enteros para apoyarnos —dijo—. No puedo dejar a un aliado a su suerte a las puertas de mi castillo. No puedo.
La última frase sonó menos como una orden y más como una súplica dirigida a sí mismo.
Riwen lo vio. Lo entendió.
Pero no cedió.
—Un aliado no intenta comprar tiempo mientras rodea el castillo —expuso—. Un aliado no envía hombres a emboscar a los nuestros en Reihan. Un aliado no se oculta cuando se le pide que responda.
Horok se puso de pie.
El trono crujió cuando sus manos se clavaron en la piedra. El gesto fue brusco, cargado de ira contenida. Dio dos pasos hacia adelante, bajando del estrado, y la corona proyectó una sombra afilada sobre su rostro.
—¡Basta! —rugió—. No aceptaré que se trate a Morgan como un traidor sin pruebas irrefutables. ¡No aceptaré que el reino se desgarre por rumores y sospechas!
El eco de su voz golpeó los muros y regresó deformado.
Riwen no retrocedió.
Horok pasó una mano por su rostro, arrastrando los dedos por la barba canosa. Por un instante pareció un hombre viejo, no un rey. Uno que había tomado demasiadas decisiones creyendo que el control bastaba para mantener unido al mundo.
>>¿Sabes lo que veo, Riwen? —dijo con amargura—. Veo que mis más allegados ya no apoyan mi postura.
El comandante guardó silencio.
Horok giró sobre sí mismo, caminando por el salón como una fiera enjaulada.
>>Ikarus está perdido en las catacumbas —continuó—, jugando con esa niña como si fuera la gran solución a todos nuestros males. No sé si es una salvación o una bomba enterrada bajo mis pies.
Riwen cerró los ojos un instante. No discutió ese punto.
>>Tú —siguió Horok, deteniéndose frente a él— te alzas contra quien debería ser tu mayor aliado. Contra el hombre que ha sostenido este reino durante décadas.
—Me alzo por él —respondió Riwen, sin dudar—. Por el reino. Aunque me cueste la cabeza.
Horok exhaló con fuerza por la nariz.
—Y los magos… —prosiguió, la voz tornándose más baja—. Los pocos que aún nos apoyan están liderados por un narcisista con más sed de poder que cualquiera de los varakros que dice combatir.
Desde una de las arcadas laterales, apenas iluminado por la luz de una antorcha, Hunter escuchaba en silencio.
Tenía los brazos cruzados y una sonrisa apenas insinuada en los labios. No era burla. Era reconocimiento. Sabía que hablaban de él. Sabía que tenía razón… y aun así, no le importaba.
Riwen sintió la punzada de esa verdad, pero no se desvió.
—Hunter es un riesgo —admitió—. Pero como lo dejó en claro Ikarus, también es una fuerza que necesitamos. Como todo en esta guerra.
Horok volvió al estrado lentamente, como si cada paso le pesara años.
—Estoy rodeado de dudas —murmuró—. De hombres que me dicen que no confíe en nadie. Que cierre las puertas. Que prepare la ciudad para una masacre.
Se dejó caer en el trono.
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Editado: 31.03.2026