El primer grito no vino de las murallas.
Vino desde adentro, donde nadie esperaba que la piedra pudiera traicionar.
La ciudadela de Blackland estaba hecha para resistir el mundo. Sus pasillos eran estrechos, sus patios cerrados como puños, sus torres secundarias elevadas sobre depósitos y graneros que habían alimentado guerras antiguas. Allí dentro, hasta el eco parecía disciplinado. Pero aquella noche el eco cambió de dueño.
Una campana corta, mal tocada, sonó desde el ala este. No fue el llamado formal de alarma, ese cuerno grave que recorría las almenas, sino un repique torpe, nervioso, como un animal golpeando barrotes. Después, el ruido de botas, muchas, demasiado juntas, y el choque de metal en un pasillo que no debía conocer combate.
Riwen escuchó el sonido desde la escalera de guardia, a medio tramo de la muralla, donde aún se gritaban órdenes para la primera línea de defensa. Se detuvo en seco. El aire le trajo algo más que ruido… un olor.
Aceite.
No el de las antorchas, sino el que se guarda en barriles para cocinar, para lámparas, para sostener el invierno. Aceite que, en manos correctas, es sustento. En manos equivocadas, es una sentencia.
El comandante giró sobre sus talones.
—¡Nadie abandona la muralla sin relevo! —bramó, y su voz atravesó el tumulto como un látigo—. ¡Cien hombres quedan en posición! ¡Los arqueros no bajan!
Un subcapitán corrió hacia él, con el rostro blanco y la respiración rota.
—¡Señor… en la torre de las reservas! —alcanzó a decir—. ¡Hay fuego… y hombres… nuestros hombres…!
No terminó la frase. No hizo falta.
Riwen le arrebató la antorcha a un guardia y bajó por el corredor interior a zancadas, como si el castillo hubiera vuelto a ser un campo abierto. A su paso, los soldados se apartaban sin saber si temer más al enemigo o a ese hombre que caminaba como una condena con armadura.
Las paredes se estrechaban. La luz anaranjada de los braseros se volvió más agresiva, más irregular. En un recodo, un sirviente chocó contra él con un saco de flechas al hombro, casi cayendo.
—¡Atrás! —gruñó Riwen, empujándolo sin miramientos—. ¡Ve al patio oeste y quédate ahí!
El sirviente obedeció con los ojos vidriosos.
Al doblar el último pasillo, la ciudadela se abrió en un patio menor, cercado por tres torres secundarias. Eran torres sin gloria, sin estandartes, construidas para sostener lo que no debía ser visto, reservas, graneros, depósitos de brea, madera seca, hierro para reparaciones, sogas, telas.
Allí el caos era otra cosa.
Un grupo de soldados forcejeaba junto a la puerta de una torre. Otros corrían con cubos de agua, pero el agua se evaporaba antes de tocar el fuego, convirtiéndose en vapor hirviente que mordía la piel. Las llamas ya lamían la madera del marco, trepaban como serpientes rojas hacia las vigas superiores.
Y sobre todo, el humo.
Un humo espeso, negro, que no subía recto. Se arrastraba por los muros como si buscara ojos para cegarlos.
Riwen vio a un hombre con el emblema de Blackland en el pecho clavar una antorcha en un charco de aceite derramado. El fuego estalló de golpe, como si la tierra misma hubiera abierto la boca. El traidor intentó retroceder, pero un soldado le atravesó la pierna con una lanza, clavándolo al suelo.
El grito del hombre fue corto. No por falta de dolor, sino porque otro soldado, furioso, le hundió una daga bajo la mandíbula y lo dejó temblando como una marioneta rota.
Riwen no se detuvo a mirar. En la guerra, el espectáculo siempre pretende robar tiempo.
—¡Círculo! —rugió, alzando la espada—. ¡Círculo y cierre! ¡Nadie se escapa hacia los pasillos!
Sus hombres obedecieron por instinto. No porque entendieran, sino porque la voz de Riwen era la única cuerda firme en un abismo de ruido. Se desplegaron en semicírculo, escudos adelante, lanzas apuntando, cerrando los accesos como se cierra un corral antes de la matanza.
Una figura salió corriendo desde una puerta lateral, cubierta de hollín, con un saco al hombro. No llevaba armadura completa; llevaba una cota corta, un casco sin insignia. Riwen lo reconoció por la manera de correr, no era un soldado de guardia. Era alguien acostumbrado a moverse sin ser visto.
El hombre vio el cerco y trató de girar. Una flecha lo alcanzó en el hombro, clavándolo contra una columna. El saco cayó y se abrió, dentro había mechas, aceite, trapos enrollados.
Riwen avanzó y lo agarró del cabello, forzándolo a alzar la cara.
Los ojos del traidor estaban inyectados, no solo de miedo, sino de algo más… convicción. O desesperación fingida.
—¿Quién te paga? —preguntó Riwen, con una calma peligrosa.
El hombre escupió sangre y hollín.
—No me paga nadie —jadeó—. Lo hago por… por el futuro…
Riwen lo golpeó con el pomo de la espada.
Los dientes del hombre repiquetearon contra la piedra como granos de maíz. Cayó de rodillas, mareado.
—El futuro no existe si quemas las reservas —susurró Riwen, acercando la cara al oído del hombre—. Dime quién te mandó.
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Editado: 31.03.2026